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Virginia Woolf y la delicada arquitectura de «Una casa encantada»

Hablar de Virginia Woolf es adentrarse en una de las voces más refinadas y vanguardistas de la literatura británica del primer tercio del siglo XX. Nacida en Londres en 1882, formada en un hogar donde la educación, la lectura y la conversación intelectual eran alimento cotidiano, Woolf creció rodeada de bibliotecas, referentes literarios y debates que moldearon su sensibilidad. Desde joven tuvo acceso a los clásicos ingleses, a la filosofía, a la historia y a la poesía, un bagaje que más tarde confluiría en ese estilo suyo tan inconfundible: fluido, introspectivo, atento a los matices del pensamiento y a las pulsaciones de la conciencia.

Autora de obras esenciales como La señora Dalloway, Al faro, Orlando o Las olas, Woolf transformó la narrativa moderna gracias a su exploración del flujo de la conciencia, su ruptura con la linealidad tradicional y su profunda atención a los símbolos como engranajes secretos que sostienen la experiencia interior. Su prosa no describe: ilumina. No avanza: respira. Y en ese respirar se construye un tipo de literatura donde el tiempo es elástico, los objetos participan del alma humana y el lenguaje adquiere una dimensión casi musical.

Aunque sus cuentos no alcanzaron la misma celebración que sus novelas, quizá porque muchos fueron escritos en etapas tempranas o concebidos como esbozos narrativos, en ellos ya se advierte la sutil trama que organiza su obra entera: un lirismo que se desliza entre las sombras, una sensibilidad que convierte lo cotidiano en símbolo, y una búsqueda constante de nuevas formas para decir lo indecible.

Una casa encantada pertenece a esa constelación. En su brevedad, el relato se expresa con el virtuosismo de una pieza de cámara. Una pareja, dos parejas, la hierba del jardín, un cristal que es la muerte, las manzanas, las rosas, un latido que parece venir de lo profundo de la casa. Sugerencias, preguntas, voces que se funden en un murmullo que susurra y calla. Una casa que es, más que escenario, la metáfora de una escritura entre penumbras, donde lo incierto y lo silenciado constituyen una arquitectura propia.

En este pequeño relato, Woolf ensaya una sucesiva metáfora del lenguaje: lo espectral no es solo la presencia de los fantasmas, sino la representación misma del tiempo, del legado, del amor que persiste en aquello que se deja atrás. Como en La señora Dalloway, no hay una continuidad tradicional en la trama; lo que domina es la sensación, la atmósfera, ese modo casi poético de entrar en una escena que se sueña más que se narra. Uno no “sigue” la historia; la respira. Intuye lo que ocurre, pero en realidad lo que importa es el sentimiento, la vibración sutil del instante.

Aquí, sin embargo, la atmósfera se mueve en un registro que no solemos asociar a Woolf: una apariencia de cuento de terror, o al menos la insinuación de que caminamos por habitaciones donde algo inquietante se desliza. Pero ¿hasta qué punto estamos en un relato de terror? Quizá no del todo. Tal vez lo que se despliega sea, más bien, un poema de fantasmas donde asoman el amor en la soledad, el misterio, las manzanas convertidas en símbolo, el tiempo que se escapa, lo que queda detrás como un eco.

No es casual que algo de la atmósfera de Henry James —a quien Woolf admiraba profundamente— parezca deslizarse entre sus líneas: el uso del silencio, de la sugerencia, de lo no dicho como auténtico motor narrativo. El cuento fue publicado en Monday or Tuesday en 1921, y, curiosamente, existe una versión libre para el cine, A Ghost Story (2017), dirigida por David Lowery, que retoma parte de ese espíritu: lo que perdura, lo que se transforma, lo que se recuerda cuando todo lo demás ya no está.

En 1941, Virginia Woolf se suicidó en Sussex, vencida por las depresiones que la acompañaron durante toda su vida. Pero dejó una obra atravesada por una luz particular, por esa capacidad suya de convertir lo íntimo en universal y de hacer del lenguaje un territorio donde lo visible y lo invisible conviven.

Una casa encantada es, quizás, la prueba de que incluso en lo más breve sabía construir un mundo entero. Un mundo de símbolos, latidos y murmullos que, como los fantasmas del relato, siguen deambulando mucho después de cerrar la última página.

Sara Mendoza


Una casa encantada

Virginia Woolf

A cualquier hora que despertaras, una puerta se cerraba. Iban de habitación en habitación, de la mano, levantando aquí, abriendo allá, asegurándose: una pareja fantasmal.

«Aquí lo dejamos», dijo ella.
«Ah, pero aquí también», añadió él.
«Está arriba», murmuró ella.
«Y en el jardín», susurró él.
«Silencio», dijeron, «o los despertaremos».

Pero no era que nos despertaran. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», diría uno, y así seguiría leyendo una o dos páginas. «Ahora lo han encontrado», pensaría seguro, deteniendo el lápiz en el margen. Y entonces, cansado de leer, podría levantarse y ver con sus propios ojos: la casa vacía, las puertas abiertas, solo las palomas torcaces rebosantes de satisfacción y el zumbido de la trilladora que llegaba desde la granja. «¿Para qué vine aquí? ¿Qué quería encontrar?». Tenía las manos vacías. «¿Quizá esté arriba entonces?». Las manzanas estaban en el desván. Y así, abajo otra vez: el jardín quieto como siempre, solo el libro se había deslizado entre la hierba.

Pero lo habían encontrado en el salón. No es que uno pudiera verlos jamás. Los cristales reflejaban manzanas, rosas; todas las hojas eran verdes en el cristal. Si se movían en el salón, la manzana solo se volvía amarilla. Sin embargo, un momento después, si se abría la puerta, extendido por el suelo, colgado de las paredes, suspendido del techo… ¿qué? Mis manos estaban vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los pozos más profundos del silencio, la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro enterrado; la habitación…». Y el pulso se detuvo en seco. Oh, ¿era ese el tesoro enterrado?

Un momento después, la luz se había apagado. ¿En el jardín, entonces? Pero los árboles tejían oscuridad para un rayo de sol errante. Tan bello, tan raro, fríamente hundido bajo la superficie, el rayo que buscaba siempre ardía tras el cristal. La muerte era el cristal; la muerte estaba entre nosotros: alcanzó primero a la mujer, hace cientos de años, saliendo de la casa, sellando todas las ventanas; las habitaciones quedaron a oscuras. La dejó; la dejó y fue al norte, fue al este, vio las estrellas girar en el cielo del sur; buscó la casa de nuevo y la encontró hundida bajo los Downs. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo».

El viento ruge por la avenida. Los árboles se inclinan y se doblan a un lado y a otro. Los rayos de luna salpican y se derraman violentamente bajo la lluvia. Pero el haz de luz de la lámpara cae directo desde la ventana. La vela arde rígida e inmóvil. Deambulando por la casa, abriendo las ventanas, susurrando para no despertarnos, la pareja fantasmal busca su alegría.

«Aquí dormimos», dice ella.
Él añade: «Besos sin número».
«Despertando por la mañana…»
«Plata entre los árboles…»
«Arriba…»
«En el jardín…»
«Cuando llegó el verano…»
«En invierno, nevando…»

Las puertas se cierran a lo lejos, golpeando suavemente como el latido de un corazón.

Se acercan; se detienen en la puerta. El viento amaina, la lluvia se desliza plateada por el cristal. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a ninguna dama extendiendo su manto fantasmal. Sus manos protegen la linterna.

«Mira», susurra. «Profundamente dormidos. Amor en sus labios».

Inclinados, sosteniendo su lámpara de plata sobre nosotros, nos observan larga y profundamente. Hacen una pausa. El viento sopla recto; la llama se inclina ligeramente. Los rayos de luna cruzan el suelo y la pared, y al encontrarse, tiñen los rostros inclinados: los rostros meditabundos; los rostros que escrutan a los durmientes y buscan su alegría oculta.

«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa.
«Largos años…», suspira.
«Me encontraste de nuevo».
«Aquí», murmura, «durmiendo; leyendo en el jardín; riendo, rodando manzanas en el desván. Aquí dejamos nuestro tesoro…».

Al agacharme, su luz levanta mis párpados.
«¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late con fuerza el pulso de la casa.

Despierto y grito:
«¿Oh, es este tu tesoro enterrado? La luz en el corazón».

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Shirley Jackson: el horror oculto en lo cotidiano

Quiero que imaginemos a un crítico literario típico de mediados del siglo XX. Varón, trajeado, convencido de que sabe distinguir la “alta literatura” de los caprichos de las amas de casa aburridas. Lo veo leyendo un cuento de Shirley Jackson y frunciendo el ceño… no tanto por lo que cuenta, sino por el hecho de que es ella quien lo ha escrito.

Porque esto no era una exageración literaria: durante años, muchos reseñistas la trataron como una autora menor simplemente por ser mujer. La llamaban “escritora de fantasías domésticas”, insinuaban que escribía solo porque su vida familiar era estresante y llegaban a sugerir que su talento no era más que un subproducto de su tarea como madre y esposa. La reducían al cliché de “ama de casa con talento”, pero nunca “intelectual seria”. Era una forma de desacreditarla.

Al mismo tiempo, su marido —Stanley Edgar Hyman, crítico literario reconocido— era considerado un pilar intelectual. A ella, en cambio, se la relegaba al papel de esposa talentosa pero casi accidental, la mujer que escribía cuentos extraños mientras cuidaba a sus cuatro hijos. La biografía de Ruth Franklin demuestra cómo Jackson luchó contra el encasillamiento, contra la presión social de ser la anfitriona perfecta, la madre ejemplar y la escritora menor. A ello se sumaba otro juicio social absurdo: muchos la criticaban por ser más joven que su marido, como si eso fuera, también, una marca de inferioridad o frivolidad.

Todo esto alimentó su literatura. Y, paradójicamente, la crítica usaba esa misma tensión en su contra.

Pero Jackson, nacida en San Francisco en 1916, tenía algo que aquellos críticos subestimadores no podían ver: estaba retratando lo profundo y lo monstruoso sin monstruos. Lo que le interesaba era el vecindario, la rutina, los rituales familiares, el miedo que se cuela detrás de una taza de té. Y lo hacía con una claridad inquietante. Con el tiempo, otros lo comprendieron.

Joyce Carol Oates la llamó “la poeta del horror doméstico”: una autora capaz de convertir la casa, la familia y la comunidad en escenarios de terror social. Académicos feministas, sociólogos y estudiosos del gótico norteamericano rescataron su obra y la releyeron como una crítica feroz al patriarcado doméstico, a la presión de ser madre, de mantener la apariencia, de cumplir la norma. Lo que algunos llamaban “capricho”, otros comenzaron a ver como una visión revolucionaria: Jackson mostraba la violencia extraordinaria oculta en la vida ordinaria.

Su influencia no se detuvo ahí. Generaciones de escritores la leyeron y la honraron. Stephen King la considera una de sus mayores maestras: para él, Jackson no solo aterrorizaba, sino que abría puertas a lo psicológico, lo cotidiano, lo social. Su legado atraviesa décadas.


Biografía — dejemos que ella se presente a sí misma

Cuando le pidieron datos autobiográficos, ella misma escribió en Twentieth Century Authors (1955):

“Me disgusta mucho escribir sobre mí misma o mi trabajo… solo puedo ofrecer un escueto esbozo cronológico… Nací en San Francisco en 1919… Me casé en 1940… vivimos en Vermont… Nuestras principales exportaciones son libros y niños… mis libros incluyen The Lottery…”

Pero su vida fue mucho más compleja. Su relación con su madre fue tensa; su matrimonio, marcado por infidelidades y control económico. Su marido no creía en la monogamia y controlaba las finanzas —incluso el dinero que ella misma ganaba—. Jackson debía encargarse de las tareas domésticas y del cuidado de sus cuatro hijos, mientras intentaba escribir en ese ambiente de presión constante.

Todo eso deterioró su salud mental. Jackson sufría ansiedad severa, crisis nerviosas y aislamiento creciente. Su médico le recetó barbitúricos y anfetaminas —muy habituales en los años 50—, y cayó en un círculo de dependencia para intentar dormir y luego mantenerse despierta.

En 1965 murió de un ataque al corazón a los 48 años. Su salud física y mental llevaba años debilitándose.


¿Qué género creó realmente Shirley Jackson?

Quizá os estéis preguntando qué es exactamente lo que hace tan especial a Shirley Jackson, más allá de La lotería o de su aura de autora inquietante.

Pues bien: Jackson no inventó un género desde cero, pero sí abrió un camino completamente nuevo. Fue la gran configuradora del horror doméstico, el terror que nace dentro de la casa, en el vecindario, en el matrimonio, en las normas sociales que parecen inocentes pero esconden violencia.

Fue también pionera del terror psicológico moderno, anticipando debates sobre ansiedad, alienación, control social y opresión femenina mucho antes de que la crítica quisiera reconocerlo. Muchísimas autoras contemporáneas del thriller psicológico siguen caminando por las sendas que ella abrió.


La obra, la recepción y su propia voz

Shirley Jackson (1916–1965) fue autora de seis novelas, más de cien relatos, libros autobiográficos y cuentos infantiles. Sus obras más conocidas son La lotería (1948) y La maldición de Hill House (1959).

Cuando La lotería se publicó en The New Yorker, llegaron cientos de cartas indignadas. Jackson escribió en el San Francisco Chronicle:

“Explicar exactamente lo que esperaba que dijera la historia es muy difícil. Supongo que esperaba establecer un rito antiguo particularmente brutal en el presente y en mi propio pueblo para conmocionar a los lectores de la historia con una dramatización gráfica de la violencia inútil y la inhumanidad general en sus propias vidas.”

Su marido, Stanley Edgar Hyman, escribió en el prefacio póstumo de su obra que Jackson rechazaba entrevistas o explicaciones: decía que sus libros hablarían por ella “lo suficientemente claro a lo largo de los años”. Insistía en que sus visiones oscuras no eran fantasías neuróticas, como algunos críticos decían, sino una anatomía fiel de la era de la Guerra Fría.

Y Jackson llegó a disfrutar del impacto subversivo de su trabajo. Como contaba Hyman, ella:

“Siempre estuvo orgullosa de que la Unión Sudafricana prohibiese La lotería, y sintió que al menos ellos habían entendido la historia.”


En definitiva, Shirley Jackson no escribió para gustar: escribió para mostrar lo invisible, para revelar la violencia y el miedo que habitan en lo cotidiano. Pagó un precio por ello, pero convirtió sus sombras en historias que siguen resonando. Su legado persiste porque su voz, firme y clara, se niega a desaparecer.

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El eco de las paredes: la vigencia de «El papel pintado amarillo» en la era de la ansiedad

Hace poco leí una columna que empezaba con una frase que, más que una observación, parecía una confesión generacional: “Somos la generación que no sabe si le late el corazón o la ansiedad.”
Me pareció tan certera que busqué una lectura que pudiera ponerle nombre a esa sensación difusa de desvelo y taquicardia moral. No quería un manual ni un diagnóstico, sino una historia que me mirara de frente. Así llegué —o tal vez regresé, porque hay libros que uno siempre encuentra dos veces— a El papel pintado amarillo de Charlotte Perkins Gilman, un relato tan breve como insoportable, tan antiguo como actual.

Escrito en 1892 y todavía palpitante, este cuento no solo es una pieza fundacional del feminismo literario, sino también una de las primeras narraciones en abordar la salud mental femenina con lucidez y horror contenido. Leerlo hoy, más de un siglo después, es como mirar por una rendija nuestra propia época: una sociedad exhausta, ansiosa y medicada, que sigue confundiendo el silencio con la cura.

No exagero al decir que El papel pintado amarillo debería leerse en los institutos. No solo por su valor literario o su importancia histórica, sino por su capacidad divulgativa y terapéutica. Porque más allá de las etiquetas —cuento gótico, relato psicológico, alegoría feminista—, Gilman logró hacer algo que pocas autoras han conseguido: escribir un diagnóstico emocional que trasciende su tiempo.

Seis de cada diez jóvenes de entre 25 y 29 años ha tomado ansiolíticos en el último lustro. Es una cifra que duele, y que demuestra que el relato de Gilman sigue vigente no como curiosidad literaria, sino como advertencia.


La autora que convirtió su propio encierro en arte

Charlotte Perkins Gilman no imaginó esta historia desde la distancia, sino desde la experiencia. Tras el nacimiento de su hija, sufrió una depresión posparto severa. Buscó ayuda médica, pero la respuesta fue una orden de silencio. Su médico —el famoso neurólogo S. Weir Mitchell— le recetó la llamada cura del reposo: prohibición de toda actividad intelectual, aislamiento y obediencia doméstica.

“Vive como una niña buena y no pienses tanto”, le recomendaron.

Esa frase, tan paternal como devastadora, la llevó al borde de la locura. Cuando se recuperó, escribió El papel pintado amarillo como una forma de salvarse y, en cierto modo, de vengarse. Su objetivo era denunciar la brutalidad con que el sistema médico trataba las dolencias femeninas, a menudo diagnosticadas como “histeria”, “melancolía” o “fantasía excesiva”.

El cuento fue recibido con escándalo. La comunidad médica se sintió atacada; algunos críticos lo consideraron un ataque injustificado a la autoridad científica. Pero hubo quien entendió su poder. Gilman recibió cartas de mujeres que se habían reconocido en la protagonista, que habían sentido el mismo ahogo. Para muchas, aquel relato fue la primera medicina que realmente les curó.


Un descenso en espiral

La trama es sencilla, casi claustrofóbica. Una mujer —sin nombre, sin voz pública— se muda a una casa de campo con su marido, John, un médico que la trata por “nerviosismo”. Él asegura que su mujer no está enferma, que solo necesita reposo, comer bien y no pensar demasiado. Le prohíbe escribir, recibir visitas o realizar cualquier actividad mental. La confina en una habitación con un papel pintado de color amarillo enfermizo.

A partir de ahí, la narración se convierte en un diario íntimo, escrito a escondidas. La protagonista empieza a obsesionarse con los extraños patrones del papel: ve formas, rostros, mujeres que se mueven detrás del dibujo. Aquella habitación se transforma en una cárcel mental, un espejo del encierro físico y emocional que vive.

Lo que comienza como una simple incomodidad estética termina en una metáfora aterradora de la alienación femenina. Las mujeres atrapadas en el papel son, en realidad, las que fueron confinadas a la obediencia, las que se arrastran bajo la mirada del poder masculino.

John, el marido, no es un monstruo evidente. Ama a su esposa, pero su amor está construido sobre la negación de su autonomía. Habla por ella, decide por ella, le impone reposo “por su bien”. La infantiliza con frases dulces que suenan a sentencia.

Ese paternalismo condescendiente es, quizá, el mayor villano del cuento: la idea de que cuidar es controlar, que proteger es silenciar.

La mujer, cada vez más sola, empieza a mentir: finge estar mejor para que la dejen tranquila. Pero el encierro prolongado transforma el papel amarillo en su único motivo para despertar, en su única compañía. Su cordura se deshilacha lentamente, hasta que, al final, se arranca el papel de las paredes en un intento de liberar a las figuras atrapadas. Y en esa liberación alegórica, ella misma se rompe.

El desenlace no es una catarsis, sino una revelación: la locura no es el castigo, es la salida.


El simbolismo del papel

El papel pintado no es solo un elemento decorativo. Es un símbolo de los muros invisibles que sostienen el patriarcado. Sus patrones laberínticos reflejan la confusión mental de la protagonista, pero también la estructura social que la oprime.

A medida que la protagonista se obsesiona con el papel, el lector entiende que la verdadera enfermedad no está en su mente, sino en el sistema que la rodea. Es un relato sobre la medicalización del malestar, sobre cómo la autoridad masculina se apropia del cuerpo y la mente de la mujer bajo el disfraz de la ciencia.

Gilman logra que lo doméstico —una habitación, un papel de pared, un matrimonio— se convierta en escenario de horror. Esa sutileza narrativa es una de las razones por las que el cuento sigue estremeciendo: no hay sangre ni gritos, solo la lentitud del encierro, el goteo invisible de la desesperación.


Escritura, locura y resistencia

Hay un detalle que suele pasar inadvertido: la protagonista escribe su diario a escondidas. Ese acto mínimo, casi clandestino, es su forma de resistencia. A pesar de la prohibición, la escritura se convierte en su única forma de existir.

Gilman convierte la palabra en antídoto. Donde el médico prescribe silencio, ella responde con texto. Donde el marido impone reposo, ella crea movimiento interior. Esa tensión entre escritura y represión define gran parte de la literatura femenina posterior.

La autora sabía que escribir podía costarle la cordura, pero no hacerlo era peor. Y esa misma paradoja sigue latiendo en muchas voces contemporáneas: las que escriben para entender su ansiedad, para nombrar su cansancio o para darle forma al caos.


De Gilman a Plath: la herencia de un grito

La influencia de El papel pintado amarillo es inmensa, aunque pocas veces se le da el reconocimiento que merece. Su sombra se extiende hasta obras como La campana de cristal de Sylvia Plath, los ensayos de Virginia Woolf o los cuentos de Shirley Jackson. Todas ellas, a su modo, heredaron la pregunta que Gilman dejó en el aire: ¿qué ocurre cuando una mente lúcida es tratada como un defecto?

En Plath encontramos la misma tensión entre intelecto y enfermedad; en Woolf, la misma conciencia de que el lenguaje puede ser un salvavidas o una cadena; en Jackson, el mismo miedo a los espacios domésticos que devoran la identidad.

Lo que une a todas es una certeza: la locura no siempre es un derrumbe, a veces es la única forma de protesta.

Desde un punto de vista literario, el relato de Gilman también prefigura el realismo psicológico moderno. Su narración en primera persona, fragmentada y obsesiva, anticipa técnicas que luego serían esenciales para la literatura del siglo XX. Es un texto que descompone la cordura con la precisión de un bisturí, que utiliza el simbolismo para describir estados mentales mucho antes de que el psicoanálisis se popularizara.


Una lectura urgente

Leer El papel pintado amarillo hoy no es un ejercicio arqueológico, sino una forma de reconocerse. El siglo ha cambiado, pero el eco sigue ahí: en las estadísticas de ansiedad, en los discursos de autocuidado que muchas veces suenan a mandato, en la soledad silenciosa de quienes siguen sin ser creídos.

Gilman nos recuerda que la salud mental no es solo una cuestión médica, sino también social y estructural. Que el amor sin escucha se convierte en jaula, y que la empatía sigue siendo el tratamiento más eficaz —y el más escaso.

En tiempos en que la productividad se disfraza de virtud y el descanso parece un lujo, su cuento nos obliga a frenar. A mirar ese papel amarillo que recubre nuestras propias paredes mentales.

Quizá por eso El papel pintado amarillo sigue siendo uno de esos textos que, al cerrarlo, no se van. Se queda adherido a la piel, como un resto de pintura vieja, recordándonos que la verdadera cordura consiste, muchas veces, en atreverse a romper el patrón.


Sara Mendoza Serrano

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Bajo la tormenta: el alma de Frankenstein según Guillermo del Toro

En el verano de 1816, una tormenta se cernió sobre las montañas de Suiza. En la villa Diodati, un grupo de jóvenes refugiados del mal tiempo decidió jugar a asustarse. Entre ellos estaban Lord Byron, Percy Bysshe Shelley, su hermanastra Claire Clairmont, el médico John Polidori y una muchacha de apenas dieciocho años: Mary Wollstonecraft Godwin. Aquella noche, mientras los relámpagos iluminaban el lago Lemán, Byron propuso escribir un relato de terror. Lo que surgió de esa velada cambiaría la historia de la literatura: Frankenstein o el moderno Prometeo.

Ese año fue conocido como el año sin verano. La erupción del volcán Tambora había teñido los cielos de ceniza y cubierto Europa de un frío persistente. En ese paisaje de tinieblas y soledad nació una de las reflexiones más profundas sobre la creación, la muerte y la moral humana. Y, sin embargo, más de dos siglos después, seguimos preguntándonos por qué la mayoría de las adaptaciones cinematográficas de Frankenstein se han limitado a mostrarnos al monstruo y no al hombre; por qué la criatura se convirtió en icono de feria —atornillado, torpe, carente de emoción— y no en símbolo del alma que ansía ser amada.

Esa pregunta es, precisamente, la que Guillermo del Toro parece haberse hecho antes de concebir su propia visión. Con Frankenstein (Netflix, 2025), el cineasta mexicano logra algo que muy pocos habían conseguido: acercarse de verdad al espíritu de Mary Shelley. No solo adapta, sino que interpreta y honra la esencia de la obra original.

La mirada de un creador sobre otro creador

Del Toro entiende que Frankenstein no es una historia de terror, sino una tragedia romántica. Un espejo del alma humana donde el miedo no surge del monstruo, sino del reflejo que devuelve. Desde su inconfundible estética gótica y su sensibilidad hacia lo marginal, el director construye una película profundamente literaria.

El relato arranca —como en la novela— con Víctor Frankenstein perdido entre los hielos del Ártico, rescatado por una expedición y narrando su historia en forma de confesión. Desde ese primer plano blanco, desolador, el espectador comprende que está ante algo más que un espectáculo visual: una meditación sobre la culpa y la creación.

La película se estructura en actos claramente definidos, cada uno explorando una faceta del conflicto: el impulso de jugar a ser Dios, la responsabilidad del creador, el abandono y la soledad de la criatura. Lo que en Shelley era palabra y reflexión, Del Toro lo traduce en imagen, color y textura.


La elección del elenco: el alma detrás de la mirada

La elección de Oscar Isaac como Víctor Frankenstein es uno de los mayores aciertos. Su interpretación combina la arrogancia del científico con una melancolía latente, la de quien busca trascender a través del dolor. Isaac convierte a Víctor en un villano trágico, movido por la pérdida y la soberbia, capaz de despertar compasión incluso en su crueldad.

Frente a él, Jacob Elordi da vida a la criatura. Originalmente, el papel iba a ser interpretado por Andrew Garfield, pero la sustitución terminó siendo providencial. Elordi aporta una humanidad devastadora: su monstruo no es un ser grotesco, sino un alma recién nacida, que aprende a sufrir antes que a vivir. Del Toro lo filma con ternura y espanto, como si cada gesto suyo fuera un recordatorio de que la existencia es un milagro doloroso.

Aun así, hay un matiz que choca: la armonía excesiva de las facciones de Elordi resta algo de credibilidad a su condición de ser creado a partir de fragmentos humanos. Su belleza resulta tan pulcra que desdibuja por momentos el contraste entre vida y deformidad que Shelley concibió. Un leve descuido físico o una imperfección más evidente habría subrayado mejor la tragedia de su nacimiento.

Completan el reparto Mia Goth, como Elizabeth Lavenza, la cuñada de Víctor, y Christoph Waltz, en el papel de Heinrich Harlander, un mecenas que encarna la corrupción del poder y la ciencia. Si bien el personaje de Waltz aporta matices interesantes al universo del film, su desenlace resulta algo abrupto, una nota discordante dentro de una sinfonía bien orquestada.


Reescribir sin traicionar

Del Toro no pretende copiar la novela. La reinterpreta, y en esa reinterpretación reside su mayor logro.
Algunos cambios, lejos de traicionar el espíritu de Shelley, lo actualizan. Elizabeth, en esta versión, ya no es la prometida de Víctor, sino su cuñada, lo que intensifica el aislamiento del protagonista y refuerza la fractura emocional de la historia. Su motivación no nace solo del ansia de conocimiento, sino también de una pérdida personal que lo consume. Así, el científico deja de ser un joven imprudente para convertirse en un hombre marcado por el duelo, lo que da mayor coherencia a su obsesión por vencer a la muerte.

Por otro lado, la criatura, interpretada por Elordi, gana una dignidad que rara vez había tenido en pantalla. Su proceso de aprendizaje, su mirada sobre el mundo, su búsqueda de amor y su conciencia del rechazo están tratados con una sensibilidad que recuerda más a un poema visual que a una película de terror. Del Toro devuelve al monstruo su humanidad, y con ello restituye la verdadera tragedia de la historia: no es el hombre quien crea al monstruo, sino el abandono lo que lo convierte en uno.


El lenguaje de la imagen

Visualmente, Frankenstein es una obra de arte.
La dirección de fotografía se apoya en una paleta que transita entre el azul glacial, el dorado envejecido y los grises verdosos de la podredumbre. Cada color responde a una emoción: la inocencia perdida, la soberbia del conocimiento, la pureza corrompida. Del Toro, que siempre ha sido un narrador cromático, utiliza la teoría del color como otro modo de contar la historia.

La escena de la creación es un despliegue de simbolismo: grotesca y hermosa a la vez, mezcla lo animado con lo visceral. Es imposible no pensar en El laberinto del fauno o La forma del agua, donde la monstruosidad siempre se presenta como una extensión del alma humana.

Los planos detalle —manos, ojos, costuras, agua y nieve— se repiten con intención poética. Cada encuadre parece una pintura romántica, una metáfora visual del desgarro interior. Y la música, compuesta por Alexandre Desplat, fluye como una corriente emocional que une la muerte con la ternura. Hay temas casi imperceptibles, susurros de cuerdas que acompañan los momentos más íntimos, y estallidos orquestales que marcan los dilemas morales del protagonista.


Sombras y luces

Aunque la película brilla en casi todos sus aspectos, no está exenta de pequeños tropiezos. El personaje de Christoph Waltz, como ya se mencionó, resulta más anecdótico que esencial, y su arco se diluye en la segunda mitad. Asimismo, el ritmo se ralentiza en algunos pasajes intermedios, donde la reflexión se impone al impulso narrativo.

A esto se suma una ambigüedad en el tratamiento de Elizabeth, que roza la contradicción: su vínculo con la criatura, más sugerido que explicado, parece forzar una conexión emocional o incluso romántica que no termina de encontrar sentido dentro de la lógica de la historia. Este matiz, más simbólico que coherente, enturbia ligeramente la construcción de un personaje que, por lo demás, brilla en su melancolía.

Y, como ya se apuntaba, la perfección de Elordi —esa belleza casi marmórea que lo acerca más a un ángel que a un ser remendado— introduce una disonancia visual que desactiva parte del impacto trágico de la criatura. Tal vez un toque más de imperfección habría recordado mejor que fue creado con retazos de muerte.

Pese a ello, Frankenstein se sostiene con una fuerza poética arrolladora. Cada error parece casi deliberado, como si formara parte del propio tema de la película: la imposibilidad de crear algo perfecto cuando el alma humana está hecha de fragmentos.


El monstruo que somos

En última instancia, Frankenstein de Guillermo del Toro no es una historia sobre la creación de un monstruo, sino sobre el nacimiento de una conciencia. El horror no reside en la criatura, sino en el abandono. Del Toro logra que el espectador se reconozca en ella: en su necesidad de amor, en su desamparo, en su deseo de ser visto.

El film se cierra con un eco del principio: la nieve, el silencio, la palabra confesada. Y ahí comprendemos que la tormenta nunca fue solo meteorológica. Era también interior. La misma que acompañó a Mary Shelley en 1816, la que da origen a la literatura y al cine, la que agita a los creadores cuando intentan insuflar vida a algo que los trasciende.

Frankenstein es, así, una carta de amor a la imperfección humana. Una reflexión sobre el poder, el castigo y la ternura. Y una obra que devuelve al mito su grandeza poética, su duelo entre luz y oscuridad.

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“Ser o no ser: el eco de un hijo perdido”

Reseña literaria de Hamnet, de Maggie O’Farrell

Por Sara Mendoza Serrano

“Ser o no ser”, el célebre verso de Shakespeare que ha trascendido siglos, cobra un sentido radicalmente humano en Hamnet, la novela con la que Maggie O’Farrell devuelve al mito su carne y su temblor. En estas páginas no encontramos al genio intocable del teatro inglés, sino al hombre que perdió a su hijo y, quizás, halló en el arte la única forma posible de eternizarlo. O’Farrell parte de una ausencia histórica —la casi inexistente mención a Hamnet Shakespeare en los documentos de la época— para construir un relato donde la imaginación, la ternura y el dolor se entrelazan con una delicadeza que roza lo sagrado.

El libro nace de una premisa tan sencilla como poderosa: ¿qué ocurre con aquellos nombres que la Historia apenas susurra? Maggie O’Farrell, movida por el deseo de rendir homenaje a ese niño olvidado, reescribe con su voz aquello que los cronistas han dado por cierto sin pruebas. Lo primero que reivindica es la verdad del nombre de la mujer de Shakespeare: Anne Hathaway, figura históricamente desdibujada, reaparece aquí bajo su auténtico nombre, Agnes, tal como su padre lo escribió en el testamento. Con ese simple gesto, O’Farrell recupera la identidad de una mujer condenada a ser apenas un pie de página en la biografía de su esposo y la eleva al rango de protagonista luminosa, de alma libre y fuerza telúrica.

Agnes, a diferencia de la versión dócil o convencional que el mito patriarcal quiso legarnos, es en Hamnet un ser extraordinario, unido a la naturaleza y a los saberes antiguos. Vive a medio camino entre lo terrenal y lo espiritual, es una curandera, una mujer de intuiciones tan agudas que su entorno la percibe como una hechicera. Ella encarna la sabiduría femenina ancestral, esa que ha sobrevivido al tiempo a pesar de ser silenciada. Y es precisamente esta figura la que O’Farrell enaltece con una fuerza sobrenatural, no sólo como esposa o madre, sino como símbolo de sensibilidad, resistencia y poder interior. Frente a ella, la autora rebaja la imagen del héroe —del “gran William Shakespeare”— al plano más humano posible: el del muchacho frágil, humillado por un padre autoritario, que encuentra en las letras un refugio y en Agnes la primera forma de libertad.

El amor entre ambos, que en otras manos podría haber sido un simple episodio biográfico, se convierte aquí en un punto de partida para explorar las fisuras de la existencia. En la primera parte de la novela, O’Farrell nos muestra a ese joven preceptor de latín que, tras conocer a la mujer que transformará su vida, se enfrenta a un destino de claroscuros. La autora alterna los tiempos narrativos —el pasado del enamoramiento, el presente del duelo— para tejer una estructura de contrapuntos que mantiene viva la tensión emocional. Desde las primeras páginas sabemos que Hamnet, el hijo, morirá, pero no importa tanto el qué como el cómo: el viaje es hacia la comprensión íntima del dolor, hacia esa forma de tragedia doméstica que solo el amor verdadero puede sostener.

La muerte de Hamnet, causada presumiblemente por la peste, se convierte en el eje invisible de toda la obra. O’Farrell no necesita nombrar la enfermedad, del mismo modo que Shakespeare jamás lo hizo en sus escritos; basta con la atmósfera opresiva, la sensación de fragilidad que atraviesa cada línea. El niño no tiene tumba conocida, y esa ausencia física se amplifica en la literatura como símbolo universal de todas las pérdidas. A partir de ahí, la novela se adentra en las distintas maneras de afrontar el duelo: Agnes, rota y lúcida, se hunde en el dolor sin dejar de sentir; el padre, incapaz de enfrentar la tragedia, se refugia en el trabajo, en la distancia, en la palabra. La comunicación entre ambos se quiebra, y el lector asiste a ese abismo con una mezcla de rabia y ternura.

Lo fascinante de Hamnet es que no ofrece consuelo fácil. Maggie O’Farrell nos obliga a mirar de frente la imperfección humana, las zonas oscuras del amor, la incapacidad de muchos para sostener el peso de la pérdida. Y lo hace con una escritura hipnótica, cargada de lirismo, donde cada detalle cotidiano —una flor, un gesto, un trozo de tela— parece contener el universo entero de un sentimiento. La prosa es tan sensorial que uno casi puede oler la madera húmeda de la casa, escuchar el murmullo del viento entre los árboles, sentir el pulso de un mundo que sigue girando aunque la vida se haya detenido para sus personajes.

Entre los múltiples tipos de amor que la autora explora, hay uno que brilla con especial pureza: el amor fraternal. En medio del dolor adulto y la confusión del matrimonio, O’Farrell nos muestra dos relaciones que son espejo de lo que el amor debería ser: la de Bartholomew hacia su hermana Agnes, y la de Hamnet hacia su gemela Judith. Bartholomew, tosco y protector, representa el sentido práctico, la presencia constante, el refugio silencioso. Su relación con Agnes es una demostración de amor verdadero en su forma más sencilla: la del cuidado, el apoyo incondicional, la defensa frente al juicio ajeno. Él es quien la sostiene cuando todo se derrumba, quien la comprende sin palabras, y en ese gesto cotidiano, casi invisible, reside la belleza de lo fraternal.

Por su parte, Hamnet y Judith —los mellizos— encarnan la ternura más pura de la novela. El lazo entre ellos trasciende la infancia: es intuición, empatía, una conexión que no entiende de lógica ni de muerte. Cuando la enfermedad se instala en casa, Hamnet hace lo impensable por salvar a su hermana, revelando una entrega que sólo puede definirse como amor absoluto. Esa decisión, ese intercambio de destino, impregna el relato de un simbolismo profundo. O’Farrell convierte el amor entre los hermanos en una suerte de milagro terrenal, un recordatorio de que la pureza emocional no pertenece a los adultos, sino a los niños, que aman sin medida ni esperanza.

De algún modo, la novela entera se articula sobre estos dos ejes: el amor que huye y el amor que permanece. Agnes y su hermano, Hamnet y Judith, representan la constancia frente al abandono, la sensibilidad frente al silencio. Maggie O’Farrell, al narrar estas relaciones, nos recuerda que el amor verdadero no siempre es el romántico, ni el que se canta en los versos, sino aquel que sostiene en la sombra, que comprende sin exigir, que sobrevive incluso a la muerte.

La fuerza poética de Hamnet reside también en su manera de dialogar con el universo shakesperiano sin depender de él. Aunque el protagonista masculino nunca sea nombrado, la autora nos invita a reconocer en sus gestos al futuro dramaturgo. Pero no se trata de glorificarlo, sino de desmontar la figura del genio para mostrar al hombre vulnerable que hubo detrás. La tragedia de Hamnet se convierte así en el germen simbólico de Hamlet: el hijo perdido transformado en arte, el fantasma convertido en memoria. Las alusiones a la obra son sutiles —la muerte, el destino, la presencia del espectro—, pero conforman un tejido invisible que une ambas creaciones. O’Farrell, sin pretenderlo, rinde al escritor su homenaje más sincero: el de devolverle la humanidad que la Historia le arrebató.

El tramo final de la novela es de una belleza devastadora. La prosa se vuelve más contenida, más lírica, y el duelo alcanza una dimensión casi mística. Agnes, incapaz de aceptar la desaparición del hijo, emprende un viaje interior que es a la vez una forma de renacer. O’Farrell no nos ofrece redención ni justicia, pero sí un instante de reconciliación poética: el encuentro simbólico entre la madre y la obra del padre, entre la pérdida y la creación. El lector queda suspendido en ese punto exacto donde el arte se convierte en la única respuesta posible al dolor.

Hamnet no es solo una novela histórica ni una reinterpretación de la vida de Shakespeare: es un canto a la fragilidad, una meditación sobre la memoria y una exploración radical del amor en todas sus formas. O’Farrell escribe con la precisión de una orfebre y la sensibilidad de una poeta, construyendo un relato que late entre la realidad y el mito, entre el cuerpo y el espíritu. La suya es una voz que no busca idealizar, sino comprender; que no teme la tristeza, porque en ella encuentra belleza.

En última instancia, Hamnet nos enfrenta a la pregunta shakesperiana desde otro ángulo: no “ser o no ser”, sino “recordar o dejar morir”. Y Maggie O’Farrell elige recordar. En sus páginas, el niño sin tumba, la madre sin consuelo y el padre sin palabras siguen respirando. La historia, al fin, les devuelve su lugar en el mundo.

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El Priorato del Naranjo, de Samantha Shannon: la ambición de un mundo que se desborda

La literatura fantástica ha sido, desde sus inicios, una de las ramas más fértiles de la imaginación humana. En ella confluyen la épica, la mitología, la filosofía y el sueño: todo lo que el ser humano anhela entender o transformar encuentra espacio bajo el amparo de un mundo inventado. Desde los primeros mitos clásicos hasta las grandes sagas modernas, este género ha permitido a los lectores vivir vidas que jamás existieron y recorrer tierras que, sin embargo, sentimos reales.

Autores como J. R. R. Tolkien abrieron un sendero casi sagrado al demostrar que un universo inventado puede sostenerse sobre su propio idioma, su propia historia y su teología interna. George R. R. Martin, décadas después, llevó ese realismo a un territorio más oscuro, donde la política y la moral se enredan hasta el punto de hacer tambalear el concepto de héroe. Más tarde, Patrick Rothfuss, con su Crónica del asesino de reyes, ofreció un ejercicio poético de introspección dentro del propio mito.

Y, por supuesto, no puede obviarse el legado narrativo de J. K. Rowling, cuya saga de Harry Potter —más allá de cualquier debate externo a la obra— revitalizó el género fantástico para toda una generación. Su influencia sigue latiendo en cada intento contemporáneo por unir la magia con las emociones humanas más cotidianas, demostrando que la fantasía puede ser, también, un espacio de crecimiento interior y de empatía.

Todos ellos, a su manera, han recordado al mundo que la fantasía no es un mero escapismo, sino un espejo simbólico donde se proyectan las luces y sombras de la humanidad.

En esa línea de herencia llega Samantha Shannon, una autora británica nacida en 1991 que, con El priorato del naranjo, ha intentado inscribir su nombre entre los grandes constructores de mundos. Publicada en 2019, la novela se presentó con una promesa poderosa: un relato feminista ambientado en un universo de reinos enfrentados, religiones rivales y dragones ancestrales. Un libro que, con casi mil páginas, busca unir lo épico con lo reivindicativo, la tradición fantástica con la mirada contemporánea.


Un mundo dividido por la fe y el fuego

En El priorato del naranjo, el mundo se encuentra dividido entre el Este y el Oeste. En el Occidente reina Sabran IX, la última descendiente de una línea de monarcas cuya existencia asegura la protección frente a un antiguo dragón maligno conocido como el Sin Nombre. En el Oriente, en cambio, los dragones son venerados como criaturas sabias y benevolentes. Dos visiones opuestas del mismo símbolo que han derivado en siglos de incomprensión, conflictos y supersticiones.

En medio de esta tensión se mueve Ead Duryan, una mujer del Priorato del Naranjo —una hermandad secreta dedicada a la magia antigua—, que se infiltra en la corte occidental para proteger a Sabran de los intentos de asesinato que amenazan su vida y su linaje. Paralelamente, otros personajes, desde un alquimista caído en desgracia hasta una joven cazadora de dragones, entretejen una trama que se extiende por múltiples territorios y culturas.

La novela, en su concepción, es de una ambición desbordante. Shannon crea genealogías, religiones, idiomas, leyendas, mitos fundacionales y estructuras políticas propias. La cartografía del libro es rica y minuciosa, y el esfuerzo documental que la autora ha invertido en ella es digno de reconocimiento. Sin embargo, esa misma vastedad es, en ocasiones, su mayor enemigo.


Un viaje entre promesas y excesos

No suelo leer literatura fantástica con frecuencia. Mis estanterías se inclinan más hacia el misterio, la poesía y el realismo con tintes románticos; sin embargo, las reseñas entusiastas que inundaban Instagram y TikTok me animaron a dar el salto. No me asustaba enfrentarme a un volumen cercano al millar de páginas —no sería la primera vez—, y el planteamiento feminista me resultaba atractivo.

Pero, con el paso de las páginas, la ilusión se fue desgranando. Lo que se anunciaba como “el Juego de Tronos feminista” pronto comenzó a mostrar sus grietas. Y aunque entiendo el porqué de la comparación —un universo complejo, una monarquía amenazada, luchas de poder y personajes femeninos fuertes—, la ejecución no alcanza la solidez que el proyecto requería.

Shannon parece haber querido contener tres novelas en una sola. De hecho, es sabido que su idea original era escribir una trilogía, pero el resultado final se presenta comprimido en un único volumen, y esa decisión pesa. El lector apenas tiene tiempo de adentrarse en la historia cuando la narración lo arrastra a otro reino, otra familia, otro punto de vista. Hay decenas de nombres, linajes y ciudades, y aunque todos ellos están bien descritos, el ritmo narrativo termina siendo víctima de su propio laberinto.

La estructura de capítulos alternos, que en manos de autores como Martin funciona para construir un mosaico vivo, aquí se convierte en un obstáculo: el lector no llega a establecer una conexión emocional profunda con los personajes antes de ser desplazado a otro escenario.


Relaciones forzadas y un desenlace apresurado

La relación entre Sabran y Ead, eje central del relato, pretende ser un canto a la libertad amorosa y a la sororidad, pero en su desarrollo se percibe cierta rigidez. Falta naturalidad en la forma en que ambas se acercan, y las escenas que deberían emocionar resultan forzadas o poco verosímiles.

En cambio, los pasajes dedicados a los villanos y a la mitología del dragón son, paradójicamente, los más inspirados. Hay momentos en los que Shannon roza el lirismo épico y deja entrever la autora que podría ser: la que sabe envolver la acción en un aura de misterio ancestral. Sin embargo, estos destellos son fugaces. Algunos hilos argumentales que prometían grandeza desaparecen sin explicación o se resuelven de manera precipitada.

El final, que debería ser la culminación del conflicto entre el bien y el mal, se siente apresurado. El gran villano, que durante cientos de páginas se perfila como una fuerza temible, se desvanece “como una pompa de jabón”, sin el peso dramático que la narración venía construyendo. Las soluciones llegan de forma conveniente, sin el esfuerzo narrativo que justificaría la magnitud del universo que Shannon ha levantado.


El problema de la traducción y el estilo

Otro punto a mencionar es la traducción al español, que en ocasiones presenta erratas y pérdidas de matiz. En un texto donde la atmósfera y los nombres propios son tan importantes, una palabra imprecisa puede deslucir la experiencia lectora. La estética del lenguaje, que en inglés posee una musicalidad evidente, se percibe más árida en esta versión.

Aun así, el estilo original de Shannon tampoco logra sostener del todo el peso de su ambición. En su intento de mantener la solemnidad de la alta fantasía, la autora sacrifica la frescura y el ritmo. Hay párrafos donde el exceso descriptivo ahoga la emoción; donde el mapa pesa más que el corazón.

Y, sin embargo, hay algo profundamente honesto en esa torpeza. Shannon ama lo que escribe, y se nota. Su entusiasmo es palpable, su deseo de construir un universo que no repita los cánones masculinos del género es evidente, y eso merece respeto. Pero la literatura no siempre recompensa la pasión sin medida: también exige control, pausa y una arquitectura narrativa firme.


La piedra en la isla de las plumas

Hay escenas que marcaron mi lectura —no por admiración, sino por desconcierto—. La famosa escena de la piedra en la isla de las plumas casi me hizo abandonar el libro. No por aburrimiento, sino por frustración: la resolución carece de lógica interna, y lo que debería ser épico se torna involuntariamente cómico. Fue uno de esos momentos en que no disfruté la lectura, la luché.

Pese a ello, no todo es desilusión. Hay capítulos, sobre todo los relacionados con la mitología de los dragones y los guardianes del fuego, donde Shannon alcanza una belleza casi poética. Ahí uno puede sentir la sombra de Tolkien, el eco de las leyendas orientales, la influencia de la épica antigua. Son pasajes que hacen soñar con lo que El priorato del naranjo pudo haber sido si la autora hubiese dado espacio a la respiración, al silencio entre las palabras.


Entre la ambición y el desbordamiento

La fantasía, cuando se ejecuta con equilibrio, puede convertirse en una metáfora poderosa sobre el mundo real. Lo demostró Tolkien al convertir la Tierra Media en un espejo del siglo XX, lo confirmó Ursula K. Le Guin al explorar el poder y el género desde lo simbólico, y lo ha reafirmado Martin al mostrar la brutalidad política en clave medieval. Shannon aspira a entrar en esa tradición, pero su obra, en lugar de fluir, se desborda.

Hay en El priorato del naranjo una energía arrolladora, una voz que busca abrirse paso en un territorio históricamente dominado por hombres. Pero esa necesidad de abarcarlo todo —el feminismo, la política, la religión, la mitología, la diversidad cultural— acaba por diluir la fuerza del relato. Es una novela que tiene mucho optimismo pero poco raciocinio, mucha imaginación pero escasa mesura.


Conclusión: la fantasía y sus límites

El priorato del naranjo no es una mala novela; es, quizá, una novela mal medida. Y eso la hace doblemente interesante. Porque detrás de su caos late una intención genuina: ofrecer a las mujeres un lugar protagonista en el género fantástico sin convertirlas en arquetipos. Shannon logra, al menos, abrir ese camino.

En un momento en que la fantasía se reinventa gracias a voces jóvenes y diversas, esta obra recuerda que crear mundos no es solo una cuestión de imaginación, sino también de estructura, ritmo y emoción. La autora quiso construir una catedral, pero los cimientos no resistieron el peso del techo.

Aun así, El priorato del naranjo deja una huella. Es un recordatorio de que la literatura fantástica sigue viva, sigue intentando responder —a través de dragones, reinas y profecías— a las preguntas de siempre: ¿quiénes somos, qué creemos, qué tememos? Shannon no ha logrado su obra maestra, pero ha dejado una puerta entreabierta para que otros la crucen y sigan soñando.

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“Elizabeth Gilbert: del viaje espiritual de Come, reza, ama a la polémica confesión de Hasta la orilla del río”

Elizabeth Gilbert saltó a la fama mundial con Come, reza, ama, un relato personal de búsqueda espiritual y autodescubrimiento que inspiró a millones de lectores. Lo que nadie esperaba era que, décadas después, la misma autora se vería en el ojo del huracán por un relato que muchos califican de perturbador y moralmente cuestionable. Su nuevo libro, Hasta la orilla del río, ha puesto al descubierto un lado de Gilbert que hasta ahora permanecía oculto: confesiones sobre su relación con su difunta pareja, Rayya Elias, que incluyen desde facilitar su recaída en drogas hasta planear su asesinato.

El plot twist es brutal: la misma voz literaria que nos invitó a viajar por Italia, India e Indonesia, ahora narra episodios que muchos consideran “explotadores”, mientras que Gilbert defiende su derecho a contar su historia tras recibir, según ella, la aprobación del espíritu de Rayya desde el más allá. Esta contradicción entre la imagen pública de la autora y las revelaciones de su última memoria ha generado un debate intenso sobre ética, responsabilidad y cultura de la cancelación.

La autora y su camino hacia el éxito

Elizabeth Gilbert nació en Connecticut y comenzó su carrera literaria escribiendo ensayos y relatos para revistas. Con Come, reza, ama, Gilbert alcanzó un éxito global sin precedentes, convirtiéndose en un referente del género de memorias de autodescubrimiento. La obra fue traducida a decenas de idiomas, inspiró una película protagonizada por Julia Roberts y consolidó la imagen de Gilbert como una guía espiritual contemporánea.

Sin embargo, el contraste con Hasta la orilla del río es radical. En este libro, Gilbert narra su relación con Rayya Elias, amiga y pareja desde 2016. La memoria detalla cómo, tras el diagnóstico de cáncer de Rayya, Gilbert facilitó su recaída en drogas y planificó un asesinato que nunca llegó a consumarse. Años después, la autora describe su relación con Rayya como una experiencia de aprendizaje y crecimiento personal, incluso afirmando haber recibido la aprobación del espíritu de su pareja fallecida para publicar estos detalles.

Opinión pública y críticas

La reacción del público y la crítica no se hizo esperar. Mientras algunos lectores valoran la honestidad brutal de Gilbert y la consideran un relato sobre los límites de la empatía y la responsabilidad personal, otros la califican de explotadora y moralmente reprobable, especialmente la familia de Rayya, que se opone a la publicación. La memoria plantea preguntas difíciles: ¿dónde está la línea entre confesión literaria y crueldad? ¿Hasta qué punto un escritor puede monetizar historias que involucran la vida y muerte de otros?

Este debate se inserta en un contexto más amplio de la cultura de la cancelación. Gilbert ha recibido críticas extremas, pero sigue activa y reconocida, mientras que otras autoras han sido atacadas por opiniones mucho más triviales, como declarar un personaje favorito en una saga literaria. Esto evidencia la doble vara de medir que se aplica en la opinión pública y el juicio mediático sobre figuras culturales.

La delgada línea entre ética y literatura

Hasta la orilla del río es un recordatorio de que la literatura autobiográfica no solo refleja experiencias, sino que también cuestiona los límites de la exposición personal y de la responsabilidad ética hacia otros. Gilbert ha defendido su derecho a narrar su historia, argumentando que la memoria es un acto de catarsis y aprendizaje. Para muchos lectores, la obra es fascinante; para otros, perturbadora y condenable. En cualquier caso, demuestra que la fama literaria y el éxito editorial no eximen a un autor de enfrentarse a las consecuencias morales de sus actos, pasados o presentes.

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La duquesa perdida

Autor anónimo

Introducción

La duquesa perdida es un relato anónimo de finales del siglo XIX que combina misterio, intriga y un fino toque de ironía. La trama gira en torno al duque de Datchet y su esposa Mabel, quienes se ven envueltos en una confusión extraordinaria a raíz de cartas misteriosas, un supuesto secuestro y un enredo que pone a prueba tanto la credulidad como el ingenio de los protagonistas.

El relato, con su estilo directo y diálogos ágiles, es una muestra del tipo de narraciones breves que circulaban en la prensa y revistas literarias de la época, donde la atmósfera detectivesca y las situaciones inverosímiles captaban rápidamente la atención del lector.

Traducción: Sara Mendoza Serrano

I

—¿Ha regresado la duquesa? —preguntó el duque.

—No, Su Gracia —respondió Knowles.

Knowles entró en la habitación con una carta sobre una bandeja. Cuando el duque la tomó, Knowles se quedó de pie. El duque lo miró.

—¿Es necesaria una respuesta? —insistió.

—No, excelencia —dijo Knowles tras vacilar un instante—. Ha ocurrido algo un poco extraño. El carruaje ha regresado sin la duquesa y los hombres aseguran que pensaban que Su Gracia estaba dentro.

—¿Qué quieres decir? —replicó el duque.

—No me explico, excelencia. Quizá desearía ver a Barnes.

Barnes era el cochero. El duque indicó que subiera. Quando Knowles salió y quedaron a solas, su excelencia pareció ligeramente irritado. Miró su reloj y murmuró:

—Le dije que sería mejor que descansara hasta las cuatro. Dice que no se siente bien, y sin embargo, uno pensaría que era consciente de la fatiga que implica tener al príncipe a punto de cenar y una multitud de invitados. En particular, deseaba que se tumbara un par de horas.

Knowles hizo pasar no solo a Barnes, sino también a Moysey, el lacayo. Ambos se mostraron inquietos. El duque los examinó con severidad.

—¿Cuál es el problema? —preguntó.

Barnes explicó lo mejor que pudo.

—Si le parece bien, señoría —dijo—, estábamos esperando a la duquesa en la puerta de la tienda de telas de Cane y Wilson. La duquesa salió, subió al carruaje; Moysey cerró la puerta y Su Señoría dijo: «¡A casa!». Y, sin embargo, cuando llegamos a la casa, no estaba allí.

—¿Ella no estaba dónde? —preguntó el duque, alarmado.

—Su Gracia no estaba en el carruaje, Su Gracia.

—¿Qué demonios quieres decir?

—Su Gracia subió al carruaje —insistió Barnes—; yo cerré la puerta, y Moysey dijo: «¡A casa, Moysey!», y Barnes marchó directo a casa. No paramos en ningún sitio y nada extraño ocurrió en el camino; y, sin embargo, cuando llegamos, el carruaje estaba vacío.

El duque dio un respingo.

—¿Me estás diciendo que la duquesa se bajó del carruaje mientras ustedes conducían a toda prisa por las calles sin avisar y sin que os dierais cuenta?

—El carruaje estaba vacío cuando llegamos a casa, Su Gracia —repitió Barnes.

—¿Estaba abierta alguna de las puertas? —preguntó el duque.

—No, Su Gracia.

—Habéis tramado algún desastre infernal. Habéis causado un bochorno. No recogisteis a la duquesa y ahora tratáis de endosarme esta historia para salvaros.

Barnes fue convocado a jurar.

—Juro por la Biblia, excelencia, que la duquesa subió al carruaje frente a Cane y Wilson.

Moysey apoyó a su camarada.

—Lo juro, excelencia. Ella subió al carruaje; yo cerré la puerta y ella dijo: «¡A casa, Moysey!».

El duque no supo qué hacer ni qué pensar de la historia y de sus narradores.

—¿Qué carruaje teníais? —preguntó.

—El carruaje de Su Gracia —respondieron.

Knowles intervino:

—Encargué el carruaje porque entendí que la duquesa no se sentía muy bien y que había bastante viento, excelencia.

El duque le espetó:

—¿Y eso qué tiene que ver? ¿Sugieres que era más probable que la duquesa saltara de un carruaje en marcha por las calles que de cualquier otro modo?

La mirada del duque se fijó en la carta que Knowles le había traído. La dejó sobre el escritorio y la tomó acto seguido. Estaba dirigida:

«A Su Gracia el Duque de Datchet.
¡SOLDADO!
¡MUY URGENTE!»

El nombre estaba escrito con una letra fina y casi femenina. Las palabras en la esquina del sobre eran grandes y en negrita, como pintadas con la punta de un plumín. El sobre era inusualmente grueso; parecía contener más que una simple carta.

El duque abrió el sobre y algo cayó sobre la mesa: un mechón de pelo de mujer. Al mirarlo, el rostro del duque palideció ligeramente. Leyó la carta:

«Su excelencia tendrá la amabilidad de traer quinientas libras en oro al extremo de Piccadilly de Burlington Arcade dentro de una hora de recibir esta nota. La duquesa de Datchet ha sido secuestrada. Una duquesa de imitación subió al carruaje que esperaba fuera de Cane and Wilson, y se apeó en la calzada. A menos que su excelencia haga lo pedido, el dedo meñique de la mano izquierda de la duquesa de Datchet será cortado de inmediato y enviado a casa a tiempo para recibir al príncipe a cenar. Otras partes de Su Gracia seguirán. Un mechón de su cabello se adjunta como garantía de nuestras buenas intenciones.

Antes de las 5:30 p.m., se solicita a Su Gracia que se presente en el extremo de Piccadilly de Burlington Arcade con quinientas libras en oro. Allí se le acercará un individuo con sombrero de copa blanco y gardenia en el ojal. Tendrá plena libertad de detenerlo o de llamar a la policía; en tal caso, el brazo izquierdo de la duquesa, cortado a la altura del hombro, será enviado a su casa para la cena, sin que ello impida otras contingencias extremas. No obstante, se le aconseja entregar las quinientas libras al individuo, porque así la propia duquesa estará en casa a tiempo para la cena y con una de las mejores historias que hayan escuchado sus distinguidos invitados.

¡Recuerde! No más tarde de las 5:30, a menos que desee recibir el dedo meñique de Su Gracia.»

El duque quedó atónito; no era hombre de grandes efusiones, pero aquello le heló la sangre. Releyó la carta varias veces, maldijo y luego tomó el mechón que había caído del sobre. ¿Era de su esposa? ¿Podía una duquesa ser secuestrada en plena luz del día en el corazón de Londres y enviada a casa hecha pedazos? El cabello se le parecía tanto que la mera semejanza le heló la sangre. Se volvió hacia Barnes y Moysey como si quisiera arrancarles la verdad.

—¡Sinvergüenzas! —gritó.

Avanzó con intención vehemente, pero no llegó a actuar violentamente. Señaló a los dos hombres con el dedo acusador.

—¿Juraríais que fue la duquesa quien subió al carruaje fuera de Cane y Wilson?

Barnes comenzó a tartamudear.

—Juro, excelencia, que yo… yo pensé…

El duque interrumpió con brusquedad:

—No te pregunto qué pensaste. Te pregunto: ¿me juras que lo era?

La cólera del duque fue too much para Barnes, que se quedó sin respuesta. Moysey mostró más aplomo.

—En aquel momento habría jurado que así era, señoría. Pero ahora me parece todo una locura.

—¡Una locura! —repitió el duque—. ¿Lo llamas locura? En esta carta dicen que la mujer que subió no era la duquesa. Podéis pensar lo que os plazca; yo os digo esto: dentro de una hora dejaréis mi servicio y podéis considerarnos afortunados si esta noche no estáis despiertos en la comisaría.

Justo entonces entró otro criado con una segunda carta para el duque. La escritura del sobre era idéntica a la primera: el mismo trazo, la misma urgencia. El criado declaró que la había recibido de una dama que se marchó en coche inmediatamente después de entregarla. El duque, furioso, preguntó por qué no la detuvieron.

—Su Gracia —balbuceó el criado—, no me pareció correcto impedir que una dama entrara y se fuera así.

El duque le lanzó una mirada que bastó para que el sirviente se retirara.

—¡Otro engaño! —dijo el duque mientras abría el nuevo sobre.

Dentro había una hoja y, en su interior, un sobre más pequeño, perfumado y de excelente calidad. En el centro, con una letra conocida, se leía: «Al duque de Datchet».

—La letra de Mabel —murmuró el duque, con dedos temblorosos, al abrir el sobre.

La carta era áspera y olía a perfumería. En ella estaba escrito:

«MI QUERIDO HEREWARD: ¡Por el amor de Dios, haz lo que esta gente te pide! No sé qué ha pasado ni dónde estoy, pero estoy casi loca. Ya me han cortado un poco de pelo y me dicen que, si no les das quinientas libras en oro antes de las cinco y media, también me cortarán el dedo meñique. Prefiero morir antes que perder el dedo meñique… y… no sé qué más.

Por la señal que te envío, y que nunca —hasta ahora— se ha separado de mi pecho, te conjuro que me ayudes.

¡Aquí… ayúdame!»

Al leer, el rostro del duque se volvió pálido como la hoja. Pasó la carta a Knowles.

—Supongo que eso también es un engaño —dijo con voz débil.

Knowles permaneció en silencio, indeciso: su habitual desgana le impedía afirmarlo categóricamente.

—¿Qué piensa hacer vuestra gracia? —preguntó finalmente.

El duque respondió con amarga resolución:

—Con su permiso, voy a rescatar a la duquesa de las manos de este miserable. Voy a llevar las quinientas libras en oro. Y después hará falta que alguien pague por esta farsa: quienquiera que sea pagará por estas quinientas libras, y por mucho más. —Hizo una pausa—. Saldré ahora mismo.


II

Al salir del banco, el duque de Datchet se detuvo un momento en la escalinata con una bolsa de lona pesada en la mano. En su semblante había una tensión evidente. Ivor Dacre pasaba por allí y no dejó escapar la oportunidad de comentar con su habitual languidez:

—¿Has estado robando el banco? ¿Llamo un carro?

Nadie presta mucha atención a Ivor Dacre; es primo del duque y un hombre de agradable frivolidad, así que el duque esbozó una sonrisa forzada.

—¿Se ha reventado la caldera de la cocina? Cuando vi a la duquesa hace un momento me pregunté si habría sido así —añadió Dacre con su socarronería.

El duque se sobresaltó.

—¡Acabas de ver a la duquesa, Ivor! ¿Cuándo?

Dacre parecía perplejo; la idea de una duquesa vagando por la ciudad no le encajaba.

—Tal vez hace media hora; tal vez un poco más —respondió con vaga precisión.

—¡Hace media hora! ¿Estás seguro? ¿Dónde la viste?

Dacre arrugó el entrecejo de manera imprecisa.

—Abajo, en Waterloo Place —dijo por fin—. Iba como una fiera, en un taxi.

—¿Solo? —preguntó el duque.

Dacre dudó y, con ese tono pausado que le era propio, añadió:

—Me imagino que no.

—¿Quién la acompañaba? —insistió el duque.

—No puedo decirlo precisamente —replicó Dacre—. Si me ofrecieras el banco no podría decírtelo.

El duque, que ya conocía la gravedad del asunto, estalló.

—¡Ivor, la han secuestrado!

Dacre reaccionó como si el asunto le resultara ya tan extraño como hilarante.

—Llamaré un taxi, viejo; será mejor que me dejes acompañarte —dijo vacilante.

El duque le agarró el brazo.

—¡Imbécil! ¿No entiendes que estoy diciendo la verdad? Mi mujer ha sido secuestrada y me exigen quinientas libras.

Dacre no supo si estaba bromeando.

—No sé si es broma o si te encuentras mal… En fin, llame a ese taxi.

—¡Ivor, eres un tonto! ¿No distingues lo serio de lo frívolo? —bramó el duque—. Voy al extremo de la arcada. ¡Ven si quieres! Necesito un testigo.

Dacre accedió a regañadientes. Enfilando Burlington Arcade, los dos hombres pasaban deprisa; la gente los miraba. El duque apenas veía nada; iba en un estado de tensión extrema. Dacre, en cambio, observaba con esa languidez gozosa que le era habitual.

Al llegar al extremo de Piccadilly, se detuvieron. Dacre apoyó el bastón y bromeó sobre no ver al caballero de sombrero blanco y gardenia. El duque consultó su reloj:

—Aún no son las cinco y media. Llegaré a tiempo —dijo.

De pronto, una voz desde atrás dijo:

—Espero no haberos hecho esperar.

Se volvieron y vieron a un joven vestido con impecable elegancia, portando un sombrero de copa blanco y una gardenia en el ojal. Era un muchacho de rostro radiante, afeitado y de ojos azules, con la sonrisa inocente de quien no sospecha malicia.

El duque lo fulminó con la mirada; Dacre lo miró y sonrió.

—¿Quién eres? —preguntó el duque.

—¡Ah, esa es la pregunta! —respondió el joven con voz refinada y musical—. Soy un individuo que tiene la desgracia de necesitar quinientas libras.

—¿Eres tú el sinvergüenza que me escribió esa carta? —preguntó el duque, al borde del estrangulamiento.

El joven no se inmutó.

—Soy el sinvergüenza al que se refiere esa carta. He venido, como indica, al extremo de Piccadilly antes de las cinco y media; llevo sombrero blanco y gardenia.

—¿Dónde está mi esposa? —demandó el duque.

El desconocido esgrimió su bastón con gesto pausado, como quien habla a un padre con afecto.

—Su excelencia llegará a casa casi tan pronto como usted —dijo—, si me entrega el dinero que, por lo que veo, lleva preparado en esa bolsa de lona. Desgraciadamente, en estos asuntos uno no tiene elección: uno se ve obligado a pedir oro.

—¿Y si en vez de darte el dinero te sujeto por el cuello y te ahogo? —amenazó el duque.

—O supongamos —interrumpió Dacre con jocosa solemnidad— que usted entrega al caballero a la misericordia del primer policía que encontremos.

El joven volvió su sonrisa hacia Dacre.

—¿Es este caballero amigo de Su Excelencia? ¡Ah! Conozco al señor Dacre, aunque él quizá no me conozca —dijo con una risita cordial—. Tengo todo el honor de su compañía.

—Lo eras… hasta este momento —murmuró Dacre.

El joven, sin perder compostura, devolvió su atención al duque.

—Como su carta sugiere, Su Gracia es libre de detenerme —dijo—. Solo que, si no se recibe una determinada comunicación a su debido tiempo, el hermoso brazo blanco de la duquesa de Datchet será cortado a la altura del hombro.

—¡Eres un perro! —exclamó el duque.

El duque habría reaccionado con violencia, pero Dacre intervino para contenerlo.

—¡Tranquilo, anciano! —dijo Dacre—. Este tipo parece un granuja.

El joven se encogió de hombros con aire despreocupado.

—Oh, mi querido Dacre, algunas veces el dinero falta; supongo que a usted también le hace falta alguna vez —replicó, en una alusión que pareció divertir a Dacre.

—Tienes una mano magnífica —observó Dacre con sorna.

—Algunos hombres nacen así —respondió el joven.

—Hombres como usted no se hacen; nacen —dijo Dacre.

—Exacto —asintió el joven con una graciosa reverencia—. Pero no perdamos tiempo. En estos asuntos los minutos cuentan.

Dacre intervino antes de que el duque respondiera y, con la suave ironía de siempre, dejó que la escena siguiera su curso…

—Si sigues mi consejo, Datchet —dijo Dacre—, llamarás a ese alguacil que baja ahora por la galería y le entregarás a este caballero. No creo que tengas que temer que la duquesa pierda su brazo, ni siquiera su dedo meñique. Los sinvergüenzas de este tipo son más receptivos a la razón cuando tienen esposas en las muñecas.

El duque vaciló. Lo haría, pero no lo haría. El desconocido, al mirarlo, parecía divertido.

—Mi querido duque, no dude en seguir la valiosa sugerencia del señor Dacre. Como ya le he dicho, ¿por qué no? Al menos sería interesante ver si la duquesa pierde o no su brazo; casi tan interesante para usted como para el señor Dacre. Esos chantajistas y secuestradores utilizan amenazas tan vacías… Además, tendría el placer de verme encerrado. Mi prisión perpetua lo compensaría, incluso a cambio del brazo mutilado de su esposa. ¡Y quinientas libras es una suma tan grande para pagar… solo por una esposa! ¿Por qué no seguir, entonces, la sugerencia del señor Dacre? Aquí viene el policía. Permítame que le haga una seña; lo haré con mucho gusto.

Sacó su reloj, un cronógrafo de oro.

—Apenas quedan diez minutos para que pueda enviar la comunicación de la que le hablé, para que llegue a tiempo. Como entonces será demasiado tarde y los instrumentos ya están preparados para la pequeña operación que Su Gracia espera con impaciencia, tal vez sería mejor que, después de todo, me dejara usted a cargo. Se habría ahorrado sus quinientas libras y, en todo caso, tendría algo a cambio del miembro mutilado de Su Gracia. ¡Ah, aquí está el alguacil! ¡Oficial!

El desconocido hablaba con un aire tan agradable y cordial que era imposible saber si lo hacía en serio o en broma. Ese detalle impresionó al duque mucho más que cualquier tono melodramático. E, incluso, contra su propio sentido común, impresionó también a Ivor Dacre.

Aquel joven bien cuidado parecía la viva representación de un diablo moderno: impecable en modales, de sonrisa constante, un caballero hasta en el crimen.

El policía se acercó.

—¿Me desea, señor?

—No, no te deseo. Creo que eres el duque de Datchet.

El alguacil, que conocía bien de vista al duque, lo saludó al volverse este hacia él. Datchet estaba pálido, casi desencajado. Se esforzaba por controlarse. Hubo un silencio. Dacre quiso intervenir, pero el duque lo detuvo de un brazo.

—No, agente, no lo quiero. Esta persona se ha equivocado.

El policía vaciló, confundido por aquel malentendido, saludó de nuevo y se alejó. El extraño todavía sostenía el reloj.

—Solo ocho minutos —dijo.

El duque trató de encontrar palabras.

—Si te doy estas quinientas libras, tú… tú…

El extraño rió suavemente.

—Demos por hecho los adjetivos. Además, solo los muchachos se insultan; los hombres actúan. Si me da ahora mismo los quinientos soberanos que lleva en esa bolsa —en cinco minutos será demasiado tarde—, le prometo que, dentro de una hora, a lo sumo hora y media, la duquesa de Datchet volverá a su lado completamente ilesa… salvo, claro está, como ya sabe, por algunos cabellos de su cabeza.

El duque lo miró sombrío.

—No tengo tales intenciones hasta que regrese la duquesa.

—¡Ah, hasta que vuelva la duquesa! —rió el extraño—. Por supuesto, entonces el trato habrá terminado. Cuando vuelva a disfrutar de su compañía, tendrá libertad para poner a todos los sabuesos de Europa tras mis pasos. Y espero que lo haga, ¿por qué no?

El duque alzó la bolsa de lona.

—Mi querido duque, ¡mil gracias! Verá a su excelencia en Datchet House, por mi honor, probablemente dentro de una hora.

El joven desapareció con la bolsa en Piccadilly.

—Bueno —comentó Ivor Dacre, mientras caminaban hacia Burlington Gardens—, si un caballero ha de ser robado, siempre es mejor que otro caballero lo robe.


III

El señor Dacre echó una mirada de reojo a su compañero. El duque de Datchet parecía más inquieto que nunca. Finalmente habló, sombrío:

—Ivor, ¿crees que ese sinvergüenza se atreverá a engañarme?

—Creo —murmuró Dacre— que ya se ha atrevido bastante.

—No me refiero a eso. Lo que quiero decir es: ¿cómo puedo saber, ahora que tiene el dinero, que no mantendrá a Mabel en sus garras?

—Eso es… ¿cómo lo vas a saber?

—Creo que algo así se ha hecho en Estados Unidos.

—Pensé que allí se contentaban con secuestrarlos después de muertos. No sabía que hubieran llegado tan lejos como con los vivos.

—Creo que he oído hablar de algo parecido.

—Posiblemente; allí hay gigantes.

—Y en ese caso, cuando sus demandas fueron satisfechas, los villanos se negaron a cumplir y pidieron más.

El duque apretó los puños.

—Ivor, si ese hombre no cumple y Mabel no llega en una hora, ¡me volveré loco!

—Mi querido Datchet, confiemos un poco en el tiempo… y un poco en la palabra de honor de tu amigo del sombrero blanco y la gardenia. Deberías haber pensado en estas eventualidades antes de darle el dinero. En serio: supongamos que, en lugar de volvernos locos, volvemos a casa.

Pidieron un coche de caballos. El duque apenas podía contener la impaciencia.

—Dígale al muchacho que vaya más rápido.

—Si va más rápido, acabará multado —replicó Dacre con su flema habitual.

El duque murmuró:

—¿Sabes que el príncipe viene a cenar?

—Lo sé perfectamente.

—Te lo tomas con una frialdad pasmosa. ¡Qué fácil es llevar las cargas ajenas! Ivor, si Mabel no aparece, será como si me asesinaran.

—Me solidarizo contigo, Datchet, de veras. Pero si la duquesa no aparece, no hagas un escándalo: déjame ver qué puedo hacer.

Cuando llegaron a Datchet House, el duque subió corriendo los escalones de tres en tres. La puerta se abrió de golpe.

—¿Ha regresado la duquesa?

—¡Aquí estoy!

Una voz descendía desde arriba. Era ella. La duquesa bajó corriendo las escaleras y se lanzó a sus brazos. Él la besó, ella lo besó a él, delante de los criados.

—Entonces, ¿no estás del todo muerto? —exclamó ella.

—Ya casi lo consigo —respondió él.

—Hereward, ¿te lastimaron gravemente?

—¿Crees que podría haber resultado herido de otra manera que grave?

—¡Querido mío! ¿Era una furgoneta de Pickford?

El duque se quedó perplejo.

—¿Una furgoneta de Pickford? No lo entiendo. Pero ven, Mabel. Ivor, acompáñanos.

Se retiraron a una antesala. El duque tomó las manos de su esposa.

—Entonces, ¿no tienes ningún daño, salvo ese mechón de pelo? ¿De dónde lo sacó el villano?

Ella lo miró extrañada.

—¿Qué mechón de pelo?

El duque sacó un sobre del bolsillo y le mostró el mechón brillante.

—Lo haré enmarcar.

—¿Lo enmarcarás? —preguntó ella, dudosa—. ¿Qué es eso?

—Es el mechón de pelo que me envió ese bribón. ¿No te dijo que me lo había enviado?

La duquesa lo miraba con temor.

—Hereward, ¿el accidente te ha afectado la mente?

Él replicó con aspereza:

—¿Cómo no iba a afectarme? ¿Acaso crees que mi cerebro es de acero?

Ella se apartó, asustada, y lanzó a Dacre una mirada interrogante.

—Señor Dacre, dígame, ¿mi marido está loco?

Él avanzó para tomar nuevamente sus dos manos entre las suyas; pero, para su inconfundible angustia, ella se apartó de él.

—Hereward… no me toques. ¿Cómo es que no te vi? ¿Por qué no esperaste hasta que viniera?

—¿Esperar hasta que vinieras? —El desconcierto del duque aumentó.

—Seguramente, si tus heridas resultaron, después de todo, ser leves, esa fue una razón más para que hayas esperado, después de haberme mandado llamar de esa manera.

—¿Te he mandado llamar… yo? —El tono del duque era grave—. Querida, quizá sea mejor que subas.

—No hasta que tengamos una explicación. Debías saber que yo debía venir. ¿Por qué no me esperaste después de enviarme eso?

La duquesa le tendió algo al duque. Él lo tomó. Era una tarjeta, su propia tarjeta de visita. En el reverso había algo escrito. Leyó en voz alta lo que estaba escrito:

«Mabel, ven a verme inmediatamente con el porteador. Me dicen que no pueden llevarme a casa».

—Parece mi propia letra.

—¡Parece que sí! Es tu letra.

—Así lo parece… y está escrito con una pluma temblorosa.

—Mi querido, en un momento como ese a cualquiera le temblaría la mano.

—Mabel, ¿dónde conseguiste esto?

—Me lo trajeron en casa de Cane y Wilson.

—¿Quién lo trajo?

—Pues el hombre que tú enviaste.

—¡El hombre que envié! —Una luz se iluminó en el cerebro del duque. Retrocedió un paso—. ¡Es el señuelo!

Su Gracia repitió, desconcertada:

—¿El señuelo?

—¡Qué canalla! ¡Te ha puesto una trampa con semejante cebo! Mi pobre e inocente niña, ¿acaso creías que era culpa mía? Dime, Mabel, ¿dónde te ha cortado el pelo?

—¿Cortarme el pelo?

La duquesa se llevó la mano a la cabeza como para asegurarse de que su cabello estaba allí.

—¿A dónde te llevó?

—Me llevó a Draper’s Buildings.

—¿Los edificios de Draper?

—Nunca había estado en la ciudad, pero me dijo que se trataba de Draper’s Buildings. ¿No está cerca de la Bolsa de Valores?

—¿Cerca de la Bolsa de Valores? —Parecía un lugar bastante curioso para llevar a una víctima secuestrada. ¡Qué audacia la de aquel hombre!

—Me dijo que usted salía de la Bolsa cuando una camioneta lo atropelló. Dijo que pensó que era una camioneta de Pickford’s. ¿Era una camioneta de Pickford’s?

—No, no era una furgoneta de Pickford. Mabel, ¿estabas en Draper’s Buildings cuando escribiste esa carta?

—¿Qué carta escribí?

—¿Ya lo has olvidado? No creo que haya una sola palabra en ella que no quede grabada en mi memoria hasta la muerte.

—¿Qué quieres decir?

—Seguramente no me habrás escrito una carta así y luego la habrás olvidado.

Le entregó la carta que había llegado en la segunda comunicación. Ella la miró de reojo. Luego la cogió con un pequeño jadeo.

—Hereward, si no le importa, creo que tomaré una silla. —Se sentó—. ¿Qué… qué es esto? —Mientras leía la carta, las diversas expresiones que atravesaban su rostro eran, en sí mismas, un estudio de psicología—. ¿Es posible que imagines que, en cualquier circunstancia concebible, yo podría haber escrito una carta como ésta?

—¡Mabel!

Ella se puso de pie con énfasis.

—¡Hereward, no digas que pensaste que esto vino de mí!

—¿No es tuya? —recordó la recepción diplomática que Knowles dio a la epístola cuando apareció por primera vez—. Supongo que dirás a continuación que esto no es un mechón de tu pelo.

—¡Mi querido, ¿qué abeja tienes en el sombrero?! ¡Este es un mechón de mi pelo! ¡Pero si no se parece en nada a mi pelo!

Lo cual era, ciertamente, inexacto: en lo que se refiere al color, coincidía casi a la perfección. El duque se volvió hacia el señor Dacre.

—Ivor, he tenido que pasar por muchas cosas esta tarde. Si tengo que pasar por mucho más, algo se romperá. —Se tocó la frente—. Creo que me toca a mí sentarme en una silla. —No en la que había dejado libre la duquesa, sino en otra frente a ella. Estiró las piernas, metió las manos en los bolsillos y dijo, en un tono no sombrío, pero sí absolutamente amenazador:—. Mabel, ¿puedo preguntarte si te han secuestrado?

—¿Secuestrado?

—La palabra que usé fue “secuestrado”. Pero la deletrearé si quieres. O buscaré un diccionario para que veas su significado.

La duquesa parecía empezar a dudar de si estaba despierta o soñando. Se volvió hacia Ivor.

—Señor Dacre, ¿el accidente ha afectado el cerebro de Hereward?

El duque quitó las palabras de la boca de su primo:

—En ese punto, querida, déjame tranquilizarte. No sé si tienes la impresión de que, después de que me atropellara un furgón de Pickford, yo estaría en la misma forma que antes; pero, en cualquier caso, no me ha atropellado un furgón de Pickford. En lo que a mí respecta, no ha habido ningún accidente. Deshazte de esa ilusión.

—¡Oh!

—Pareces sorprendida. Uno podría pensar incluso que lo lamentas. Pero, ¿puedo preguntarte qué hiciste cuando llegaste a Draper’s Buildings?

—¡Lo hice! ¡Te estaba buscando!

—¡En efecto! Y después de haber buscado en vano, ¿cuál fue el siguiente punto de tu programa?

La dama se alejó aún más de él.

—Hereward, ¿has estado bromeando a mi costa? ¿Has sido tan cruel? —Las lágrimas asomaron a sus ojos.

Levantándose, el duque puso su mano sobre su brazo.

—Mabel, dime: ¿qué hiciste cuando me buscaste en vano?

—Te busqué arriba y abajo y por todas partes. Era un lugar bastante grande, me llevó mucho tiempo. Pensé que debía distraerme. Nadie parecía saber nada sobre ti, ni siquiera que había ocurrido un accidente; todo eran oficinas. No pude entender nada, y la gente tampoco parecía poder entenderme. Así que, cuando no pude encontrarte por ningún lado, volví directamente a casa.

El duque permaneció en silencio un momento. Luego, con solemne gravedad, se volvió hacia el señor Dacre y le hizo la siguiente pregunta:

—Ivor, ¿de qué te ríes?

El señor Dacre se pasó la mano por la boca con un gesto bastante sospechoso.

—Mi querido amigo, ¡sólo una sonrisa!

La duquesa miró de uno a otro.

—¿Qué han estado haciendo ustedes dos? ¿Cuál es el chiste?

Con un aire de solemnidad sobrenatural, el duque sacó dos cartas del bolsillo del pecho de su abrigo.

—Mabel, ya has visto tu carta. Ya has visto el mechón de tu pelo. Mira esto… y aquello.

Le entregó las dos comunicaciones tan singulares que habían llegado de manera tan misteriosa, una tras otra. Ella las leyó con los ojos muy abiertos.

—¡Hereward! ¿De dónde han salido estas cosas?

El duque estaba de pie, con las piernas abiertas y las manos en los bolsillos.

—Daría otras quinientas libras por saberlo. ¿Quieres que te cuente lo que he estado haciendo? He estado regalando quinientos soberanos de oro a un perfecto desconocido, con sombrero de copa y una gardenia en el ojal.

—¿Para qué?

—Si has examinado los documentos que tienes en la mano, tendrás una vaga idea. Ivor, cuando sea tu funeral, sonreiré. Mabel, duquesa de Datchet, el vacío que representa mi cerebro empieza a darse cuenta de que he sido víctima de una de las bromas más bonitas que jamás se hayan planeado. Cuando ese tipo te trajo esa tarjeta en Cane and Wilson’s (que, no necesito decirte, nunca vino de mí), alguien salió por la puerta principal tan exactamente igual a ti que tanto Barnes como Moysey la confundieron contigo. Moysey la hizo subir al carruaje y Barnes la llevó a casa. Pero cuando el carruaje llegó a casa, estaba vacío. Tu doble se había apeado en la carretera.

La duquesa emitió un sonido que era mitad jadeo, mitad suspiro.

—¡Hereward!

—Barnes y Moysey, con una inocencia hermosa e infantil, cuando descubrieron que habían traído el coche a casa vacío, vinieron inmediatamente a decirme que habías saltado del carruaje mientras circulaba a toda velocidad por las calles. Mientras yo digería esa información, llegó la primera epístola, con el mechón de tu pelo. Antes de que tuviera tiempo de asimilarla, llegó la segunda epístola, con tu carta dentro.

—¡Parece increíble!

—Parece increíble, pero es insondable la locura del hombre, especialmente de un hombre que ama a su esposa. —El duque se acercó al señor Dacre—. No quiero, Ivor, sugerir nada que tenga que ver con sobornos ni corrupción, pero si puedes guardarte este asunto y no mencionarlo a tus amigos, nuestro conocido del sombrero blanco y gardenia es bienvenido a quedarse con sus quinientas libras y… Mabel, ¿de qué diablos te ríes?

De pronto, la duquesa pareció presa de una risa inextinguible.

—¡Hereward! —exclamó—. ¡Imagínate cómo debe estar riéndose de ti ese hombre!

Y el duque de Datchet pensó en ello.

Publicado en Literatura, Relatos Completos

La habitación de la torre | E. F. Benson

Relato incluido en La habitación de la torre y otras historias.

Introducción

Edward Frederic Benson (1867-1940) fue un prolífico escritor británico, conocido por sus novelas, ensayos y relatos de terror. Hijo del arzobispo de Canterbury, Benson cultivó distintos géneros, pero pasó a la posteridad sobre todo por su serie satírica Mapp and Lucia y por sus cuentos de fantasmas, que lo situaron junto a autores como M. R. James en la tradición victoriana y eduardiana del relato sobrenatural.

Publicado en 1912 dentro de la colección The Room in the Tower, and Other Stories (La habitación de la torre y otras historias), este cuento se ha convertido en una de las piezas más representativas de Benson. La historia aborda la naturaleza inquietante de los sueños recurrentes, el presagio y lo sobrenatural, con un ambiente cargado de misterio que culmina en un desenlace perturbador.

La habitación de la torre.

Traducido por Sara Mendoza.

Es probable que toda persona que sueña constantemente haya tenido al menos una experiencia de un suceso o una secuencia de circunstancias que le vinieron a la mente durante el sueño y que, posteriormente, se materializaron en el mundo real. Pero, en mi opinión, lejos de ser extraño, sería mucho más extraño que este cumplimiento no ocurriera ocasionalmente, ya que nuestros sueños, por regla general, tratan sobre personas que conocemos y lugares que nos son familiares, como podría suceder de forma muy natural en la vigilia. Es cierto que estos sueños a menudo se ven interrumpidos por algún incidente absurdo o fantástico, que los excluye de su cumplimiento posterior, pero, a simple vista, no parece improbable que un sueño imaginado por alguien que sueña constantemente se haga realidad ocasionalmente.

No hace mucho, por ejemplo, experimenté el cumplimiento de un sueño que no me parece nada destacable ni tiene ningún significado psíquico. Sucedió de la siguiente manera. Un amigo mío, que vive en el extranjero, tiene la amabilidad de escribirme aproximadamente una vez cada quince días. Así, cuando han transcurrido aproximadamente catorce días desde la última vez que supe de él, mi mente, consciente o inconscientemente, espera una carta suya. Una noche de la semana pasada soñé que, al subir a vestirme para la cena, oí, como solía oír, al cartero llamar a mi puerta, y en lugar de eso bajé. Allí, entre otra correspondencia, había una carta suya. Entonces entró lo fantástico: al abrirla, encontré dentro el as de diamantes y, garabateando sobre él con su conocida caligrafía, decía: «Le envío esto para su custodia, ya que sabe que es un riesgo irrazonable guardar ases en Italia».

La noche siguiente, me disponía a subir a vestirme cuando oí al cartero llamar, e hice exactamente lo mismo que había hecho en mi sueño. Allí, entre otras cartas, había una de mi amigo. Solo que no contenía el as de diamantes. De haberlo hecho, le habría dado más importancia al asunto, que, tal como está, me parece una coincidencia perfectamente normal. Sin duda, consciente o inconscientemente, esperaba una carta suya, y esto me hizo pensar en mi sueño. De igual manera, el hecho de que mi amigo no me hubiera escrito durante dos semanas le sugirió que lo hiciera. Pero a veces no es tan fácil encontrar una explicación así, y para la siguiente historia no encuentro explicación alguna. Salió de la oscuridad y a la oscuridad ha vuelto.

Toda mi vida he sido un soñador habitual: son pocas las noches en que, al despertar por la mañana, no descubro que he tenido alguna experiencia mental, y a veces, durante toda la noche, aparentemente, me suceden una serie de aventuras deslumbrantes. Casi sin excepción, estas aventuras son placenteras, aunque a menudo simplemente triviales. Voy a hablar de una excepción.

Fue cuando tenía unos dieciséis años cuando tuve un sueño, y así fue como sucedió. Empezó cuando me dejaron en la puerta de una gran casa de ladrillo rojo, donde, según entendí, me alojaría. El sirviente que me abrió la puerta me dijo que se estaba sirviendo el té en el jardín y me condujo a través de un recibidor bajo con paneles oscuros y una gran chimenea, hasta un alegre césped verde rodeado de parterres. Había un pequeño grupo de personas reunidas alrededor de la mesa de té, pero todos eran desconocidos para mí, excepto uno: un compañero de escuela llamado Jack Stone, sin duda el hijo de la casa, quien me presentó a sus padres y a un par de hermanas. Recuerdo que me quedé algo sorprendido de encontrarme allí, pues apenas conocía al chico en cuestión, y lo que sabía de él me disgustaba bastante; además, había dejado la escuela hacía casi un año. La tarde era muy calurosa y reinaba una opresión insoportable. Al otro lado del césped había un muro de ladrillos rojos con una valla de hierro. Una puerta en el centro, afuera de la cual se alzaba un nogal. Nos sentamos a la sombra de la casa, frente a una hilera de ventanales, dentro de los cuales pude ver una mesa con un mantel puesto que relucía con cristales y plata. La fachada del jardín era muy larga, y en un extremo se alzaba una torre de tres pisos, que me pareció mucho más antigua que el resto del edificio.

Al poco rato, la señora Stone, que, como el resto del grupo, había permanecido sentada en absoluto silencio, me dijo: «Jack te mostrará tu habitación: te he dado la habitación de la torre». Inexplicablemente, me dio un vuelco el corazón al oír sus palabras. Sentí como si ya supiera que me tocaría la habitación de la torre, y que contenía algo terrible y significativo. Jack se levantó al instante, y comprendí que tenía que seguirlo. En silencio, cruzamos el vestíbulo, subimos una gran escalera de roble con muchos rincones y llegamos a un pequeño rellano con dos puertas. Empujó una para que entrara y, sin entrar él mismo, la cerró tras de mí. Entonces supe que mi conjetura había sido correcta: había algo espantoso en la habitación, y con el terror de la pesadilla creciendo rápidamente y envolviéndome, desperté presa de un espasmo de terror.

Ese sueño, o variaciones del mismo, me ocurrió intermitentemente durante quince años. Casi siempre se presentaba exactamente así: la llegada, el té servido en el césped, el silencio sepulcral seguido de aquel… Sentencia de muerte, el ascenso con Jack Stone a la habitación de la torre donde moraba el horror, y siempre terminaba con la pesadilla de terror ante lo que había en la habitación, aunque nunca vi qué era. En otras ocasiones experimenté variaciones sobre este mismo tema. A veces, por ejemplo, estábamos cenando en el comedor, a cuyas ventanas me había asomado la primera noche cuando el sueño de esta casa me visitó, pero dondequiera que estuviéramos, reinaba el mismo silencio, la misma sensación de terrible opresión y aprensión. Y sabía que ese silencio siempre se rompía cuando la señora Stone me decía: «Jack te enseñará tu habitación: te he dado la habitación de la torre». Ante lo cual, invariablemente, tenía que seguirlo por la escalera de roble con sus múltiples rincones e ingresar en el lugar que temía cada vez más cada vez que lo visitaba en sueños.

O, de nuevo, me encontraba jugando a las cartas en silencio en un salón iluminado con enormes lámparas de araña que proporcionaban una luz cegadora. No tengo ni idea de qué era el juego; lo que recuerdo, con una sensación de miserable anticipación, es que pronto la señora Stone se levantaría y me diría: «Jack te enseñará tu habitación: te he dado la habitación de la torre». Esta sala donde jugábamos a las cartas estaba junto al comedor y, como ya he dicho, siempre estaba brillantemente iluminada, mientras que el resto de la casa estaba lleno de penumbra y sombras. Y, sin embargo, ¡cuántas veces! A pesar de esos ramos de luces, no he examinado con atención las cartas que me repartieron, sin poder distinguirlas por alguna razón. Sus diseños también eran extraños: no había palos rojos, sino todos negros, y entre ellos había ciertas cartas completamente negras. Las odiaba y las temía.

A medida que este sueño se repetía, fui conociendo la mayor parte de la casa. Había un salón de fumar más allá del salón, al final de un pasillo con una puerta de tapete verde. Siempre estaba muy oscuro allí, y cada vez que iba me cruzaba con alguien que no podía ver al salir por la puerta. También se produjeron cambios curiosos en los personajes que poblaban el sueño, como podrían ocurrirles a las personas vivas. La señora Stone, por ejemplo, quien, cuando la vi por primera vez, tenía el cabello negro, se puso canosa, y en lugar de levantarse con brío, como lo había hecho al principio cuando dijo: «Jack te enseñará tu habitación: te he dado la habitación de la torre», se levantó muy débilmente, como si las fuerzas la abandonaran. Jack también creció y se convirtió en un joven de aspecto bastante enfermizo, con bigote castaño, mientras que una de las hermanas dejó de aparecer, y supe que estaba casada.

Entonces sucedió que no tuve este sueño durante seis meses o más, y comencé a esperar, con un temor tan inexplicable, que hubiera desaparecido para siempre. Pero una noche, después de esto, me vi de nuevo acompañado al jardín para tomar el té, y la señora Stone no estaba allí, mientras que los demás vestían de negro. Enseguida adiviné la razón, y mi corazón dio un vuelco al pensar que quizá esta vez no tendría que dormir en la habitación de la torre, y aunque normalmente todos permanecíamos en silencio, en esta ocasión la sensación de alivio me hizo hablar y reír como nunca antes. Pero incluso entonces la situación no fue del todo cómoda, pues nadie más habló, sino que todos se miraron disimuladamente. Y pronto el tonto hilo de mi conversación se agotó, y gradualmente, a medida que la luz se desvanecía, una aprensión peor que cualquier otra que hubiera experimentado se apoderó de mí.

De repente, una voz que conocía bien rompió el silencio: la voz de la señora Stone, que decía: «Jack te enseñará tu habitación: te he dado la habitación de la torre». Parecía provenir de cerca de la puerta del muro de ladrillo rojo que delimitaba el césped, y al levantar la vista, vi que el césped exterior estaba sembrado de lápidas. Una curiosa luz grisácea brillaba desde ellas, y pude leer la inscripción de la tumba más cercana: «En memoria de Julia Stone». Como de costumbre, Jack se levantó, y de nuevo lo seguí por el pasillo y subí la escalera con muchos rincones. En esta ocasión estaba más oscuro que de costumbre, y cuando entré en la habitación de la torre, apenas pude ver los muebles, cuya posición ya me resultaba familiar. Además, había un terrible olor a descomposición en la habitación y desperté gritando.

El sueño, con las variaciones y desarrollos que he mencionado, se prolongó a intervalos durante quince años. A veces lo soñaba dos o tres noches seguidas; una vez hubo un intervalo de seis meses, pero, tomando un promedio razonable, diría que lo soñaba casi mensualmente. Tenía, como es evidente, algo de pesadilla, ya que siempre terminaba con el mismo terror espantoso, que lejos de disminuir, me parecía cobrar nuevo miedo cada vez que lo experimentaba. Tenía, además, una extraña y terrible consistencia. Los personajes, como ya he mencionado, envejecían con regularidad, la muerte y el matrimonio visitaban a esta silenciosa familia, y nunca volví a verla en el sueño tras la muerte de la señora Stone. Pero siempre era su voz la que me decía que la habitación de la torre estaba preparada para mí, y tanto si tomábamos el té en el jardín como si la escena se desarrollaba en una de las habitaciones con vistas a él, siempre podía ver su lápida justo al otro lado de la verja de hierro. Lo mismo ocurrió con la hija casada; por lo general no estaba presente, pero una o dos veces regresó acompañada de un hombre que supuse que era su esposo. Él también, como los demás, siempre guardaba silencio.

Pero, debido a la constante repetición del sueño, había dejado de atribuirle, en mis horas de vigilia, cualquier relación con la realidad. No volví a ver a Jack Stone durante todos esos años, ni vi una casa que se pareciera a la casa oscura de mi sueño. Y entonces algo sucedió.

Estuve en Londres ese año, hasta finales de julio, y durante la primera semana de agosto me alojé con un amigo en una casa que había alquilado para los meses de verano, en el distrito de Ashdown Forest, en Sussex. Salí de Londres temprano, pues John Clinton me esperaba en la estación de Forest Row. Pasaríamos el día jugando al golf e iríamos a su casa por la noche. Llevaba su coche, y sobre las cinco de la tarde, después de un día encantador, partimos para el viaje en coche, que era de unas diez millas. Como aún era muy temprano, no tomamos el té en la casa club, sino que esperamos a llegar a casa. Mientras conducíamos, el tiempo, que hasta entonces había sido, aunque caluroso, deliciosamente fresco, me pareció cambiar de tono y volverse muy estancado y opresivo, y sentí esa indefinible sensación de aprensión ominosa a la que estoy acostumbrado antes de la tormenta. John, sin embargo, no compartía mi opinión, atribuyendo mi pérdida de ligereza a haber perdido ambos partidos. Los acontecimientos, sin embargo, demostraron que tenía razón, aunque no creo que la tormenta que estalló esa noche fuera la única causa de mi depresión.

Nuestro camino transcurría por profundos carriles con altos peraltes, y antes de haber llegado muy lejos me quedé dormido y estaba solo. Me despertó la parada del motor. Y con un repentino escalofrío, en parte de miedo, pero sobre todo de curiosidad, me encontré en la puerta de la casa de mis sueños. Atravesamos, casi preguntándome si seguía soñando, un recibidor bajo con paneles de roble y salimos al césped, donde se servía el té a la sombra de la casa. Estaba rodeada de parterres, un muro de ladrillo rojo con una puerta la delimitaba por un lado, y más allá había un espacio de hierba áspera con un nogal. La fachada de la casa era muy larga, y en un extremo se alzaba una torre de tres pisos, notablemente más antigua que el resto.

Aquí, por un momento, desapareció toda semejanza con el sueño repetido. No había una familia silenciosa y de algún modo terrible, sino una gran reunión de personas sumamente alegres, todas conocidas por mí. Y a pesar del horror del sueño mismo, no sentía nada de él ahora que la escena se reproducía ante mí. Pero sí sentía una intensa curiosidad por lo que iba a suceder.

El té continuó su alegre curso, y al poco rato la señora Clinton se levantó. Y en ese momento creo que supe lo que iba a decir. Me habló, y lo que dijo fue:
—Jack te mostrará tu habitación: te he dado la habitación en la torre.—

En ese momento, durante medio segundo, el horror del sueño me invadió de nuevo. Pero pasó rápidamente, y de nuevo no sentí nada más que una curiosidad intensa. No tardé mucho en quedar plenamente satisfecho.

John se volvió hacia mí.
—En lo alto de la casa —dijo—, pero creo que estarás cómodo. Estamos a tope. ¿Te gustaría ir a verlo ahora? ¡Por Dios! Creo que tienes razón, y parece que vamos a tener una tormenta. ¡Qué oscuro se ha puesto!

Me levanté y lo seguí. Cruzamos el vestíbulo y subimos la escalera, que me resultaba familiar. Entonces abrió la puerta y entré. En ese instante, un terror irracional me invadió de nuevo. No sabía con certeza qué temía: simplemente temía. Entonces, como un recuerdo repentino, cuando uno recuerda un nombre que se le ha escapado hace tiempo, supe a qué temía. Temía a la señora Stone, cuya tumba, con la siniestra inscripción «En mala memoria», había visto tantas veces en sueños justo al otro lado del césped. Y entonces, una vez más, el miedo desapareció tan por completo que me pregunté qué podía temer, y me encontré sobria, tranquila y cuerda, en la habitación de la torre, cuyo nombre había oído tantas veces en sueños, y cuya escena me resultaba tan familiar.

Miré a mi alrededor con cierto sentido de propiedad y descubrí que nada había cambiado desde las noches de ensueño en que la conocí tan bien. Justo a la izquierda de la puerta estaba la cama, a lo largo de la pared, con la cabecera en el ángulo. En línea con ella estaban la chimenea y una pequeña estantería; frente a la puerta, la pared exterior estaba atravesada por dos ventanas enrejadas, entre las cuales se encontraba el tocador, mientras que, a lo largo de la cuarta pared, se encontraban el lavabo y un gran armario. Mi equipaje ya estaba desempacado, pues los utensilios para vestirse y desvestirse estaban ordenados sobre el lavabo y la mesa de tocador, mientras que mi ropa de la cena estaba extendida sobre la colcha de la cama.

Y entonces, con un repentino sobresalto de inexplicable consternación, vi dos objetos bastante llamativos que no había visto antes en mis sueños: uno, un óleo a tamaño natural de la señora Stone, y el otro, un boceto en blanco y negro de Jack Stone, representándolo tal como se me había aparecido apenas una semana antes en el último de la serie de estos sueños repetidos: un hombre de unos treinta años, bastante reservado y de aspecto maligno. Su retrato colgaba entre las ventanas, mirando directamente al otro retrato, que colgaba junto a la cama. Entonces miré de nuevo, y al hacerlo, sentí una vez más el horror de la pesadilla apoderarse de mí.

Representaba a la señora Stone tal como la había visto por última vez en mis sueños: vieja, marchita y con el pelo blanco. Pero a pesar de la evidente debilidad del cuerpo, una exuberancia y una vitalidad espantosas brillaban a través de la envoltura de la carne, una vitalidad completamente maligna. La maldad irradiaba de sus ojos estrechos y lascivos; reía en su boca demoníaca. Todo el rostro rebosaba una alegría secreta y aterradora; las manos, unidas sobre la rodilla, parecían temblar de alegría contenida e indescriptible. Entonces vi también que estaba firmada en la esquina inferior izquierda, y preguntándome quién sería la artista, miré con más atención y leí la inscripción: «Julia Stone por Julia Stone».

Se oyó un golpe en la puerta y entró John Clinton.
—¿Tienes todo lo que quieres? — preguntó.
—Más de lo que quiero —, dije señalando el cuadro.
Él se rio.
—Una anciana de rasgos duros —dijo—. Recuerdo que también estaba sola. De todas formas, no debía de haberse enorgullecido mucho.
—¿Pero no lo ves? —dije—. Apenas es un rostro humano. Es el rostro de alguna bruja, de algún demonio.

Lo miró más de cerca.
—Sí; no es muy agradable —dijo—. No es muy amable con los pacientes, ¿verdad? Sí; me imagino la pesadilla si me duermo con eso cerca de la cama. Haré que lo bajen si quieres.

—Realmente me gustaría que lo hicieras —, dije.
Tocó la campana y, con la ayuda de un sirviente, desmontamos el cuadro y lo sacamos al rellano, colocándolo con la cara hacia la pared.
—¡Caramba! ¡Qué pesada es la anciana! —dijo John, secándose la frente—. Me pregunto si tenía algo en la cabeza.

El peso extraordinario de la imagen también me impactó. Estaba a punto de responder, cuando vi mi propia mano. Tenía sangre en abundancia, cubriendo toda la palma.
—Me he cortado de alguna manera —, dije.
John dio una pequeña exclamación de sorpresa.
—Yo también —, dijo.

Al mismo tiempo, el lacayo sacó su pañuelo y se limpió la mano. Vi que también había sangre en su pañuelo.
John y yo volvimos a la habitación de la torre y nos lavamos la sangre; pero ni en su mano ni en la mía había el más mínimo rasguño ni corte. Me pareció que, tras comprobarlo, ambos, por una especie de consentimiento tácito, no volvimos a mencionarlo. Algo en mi caso se me había ocurrido vagamente en lo que no quería pensar. Era solo una conjetura, pero me pareció saber que a él también le había ocurrido.

El calor y la opresión del aire, pues la tormenta que esperábamos aún no había azotado, aumentaron mucho después de la cena, y durante un tiempo la mayoría del grupo, entre los que estábamos John Clinton y yo, nos sentamos afuera, en el camino que bordeaba el césped donde habíamos tomado el té. La noche era completamente oscura, y ningún destello de estrella ni rayo de luna podía penetrar el manto de nubes que cubría el cielo. Poco a poco, nuestra reunión se fue reduciendo; las mujeres subieron a acostarse, los hombres se dispersaron hacia la sala de fumar o de billar, y a las once, mi anfitrión y yo éramos los únicos que quedábamos.

Toda la noche pensé que John tenía algo en mente, y en cuanto estuvimos solos, habló.
—El hombre que nos ayudó con la imagen también tenía sangre en la mano, ¿te diste cuenta?— dijo.
—Le pregunté hace un momento si se había cortado, pero dijo que no encontraba ninguna marca. —¿De dónde salió esa sangre?—.

A fuerza de decirme que no iba a pensar en ello, había conseguido no hacerlo, y no quería, sobre todo a la hora de dormir.
—No lo sé—, dije, — y realmente no me importa mientras el retrato de la señora Julia Stone no esté junto a mi cama —.

Él se levantó.
—Pero es raro —dijo—. ¡Ja! Ahora verás otra cosa rara.

Un perro suyo, un terrier irlandés, había salido de la casa mientras hablábamos. La puerta que daba al recibidor estaba abierta, y un rayo de luz brillante iluminaba el césped hasta la verja de hierro que daba a la hierba áspera del exterior, donde se alzaba el nogal.

Vi que el perro estaba erizado, de rabia y miedo; tenía los labios fruncidos, mostrando los dientes, como si estuviera a punto de abalanzarse sobre algo, y gruñía para sí mismo. No se fijó en absoluto en su amo ni en mí, sino que caminó rígido y tenso por la hierba hacia la verja de hierro. Allí se quedó un momento, mirando a través de los barrotes y sin dejar de gruñir. Entonces, de repente, pareció perder el valor: lanzó un largo aullido y regresó a la casa con un curioso movimiento, como agazapado.
—Lo hace media docena de veces al día —dijo John—. Ve algo que odia y teme a la vez.

Caminé hacia la puerta y la miré. Algo se movía en la hierba afuera, y pronto un sonido que no pude identificar al instante llegó a mis oídos. Entonces recordé lo que era: era el ronroneo de un gato. Encendí una cerilla y vi al ronroneador, un gran persa azul, dando vueltas en un pequeño círculo justo afuera de la puerta, con pasos altos y extasiado, con la cola en alto como una bandera. Sus ojos brillaban, y de vez en cuando agachaba la cabeza y olfateaba la hierba.

Me reí.
—Me temo que ese misterio ha terminado —dije—. Aquí hay un gato enorme pasando la noche de Walpurgis completamente solo.
—Sí, ese es Darío”—, dijo John. —Pasa la mitad del día y toda la noche allí. Pero ese no es el fin del misterio del perro, pues Toby y él son mejores amigos, pero el comienzo del misterio del gato. ¿Qué hace el gato ahí? ¿Y por qué Darío está contento, mientras que Toby está aterrorizado?”

En ese momento recordé el horrible detalle de mis sueños: vi a través de la puerta, justo donde estaba el gato, la lápida blanca con la siniestra inscripción. Pero antes de que pudiera responder, empezó a llover, tan repentina y fuerte como si se hubiera abierto un grifo, y al mismo tiempo, el gran felino se coló entre los barrotes de la puerta y cruzó el césped saltando hacia la casa en busca de refugio. Luego se sentó en el umbral, mirando con ansiedad la oscuridad. Escupió y golpeó a John con la pata, mientras él lo empujaba para cerrar la puerta.

De alguna manera, con el retrato de Julia Stone en el pasillo exterior, la habitación de la torre no me alarmó en absoluto, y al acostarme, con mucho sueño y pesadez, solo me interesaba el curioso incidente de nuestras manos sangrantes y la conducta del gato y el perro. Lo último que miré antes de apagar la luz fue el espacio cuadrado vacío junto a mi cama donde había estado el retrato. Allí, el papel conservaba su tono original de rojo oscuro; en el resto de las paredes se había desvanecido. Entonces apagué la vela y me quedé dormido al instante.

Mi despertar fue igualmente instantáneo y me senté. Me incorporé de golpe en la cama, creyendo que una luz brillante me había dado en la cara, aunque ya estaba completamente oscuro. Sabía exactamente dónde estaba, en la habitación que había temido en sueños, pero ningún horror que hubiera sentido durmiendo se acercaba al miedo que ahora me invadía y me helaba el cerebro. Inmediatamente después, un trueno retumbó justo encima de la casa, pero la probabilidad de que solo fuera un relámpago lo que me despertó no tranquilizó a mi corazón desbocado. Sabía que algo estaba en la habitación conmigo, e instintivamente extendí la mano derecha, la más cercana a la pared, para apartarlo. Y mi mano tocó el borde de un marco que colgaba cerca de mí.

Salté de la cama, volcando la mesita que estaba junto a ella, y oí mi reloj, la vela y las cerillas caer al suelo. Pero por el momento no necesité luz, pues un destello cegador surgió de entre las nubes y me mostró que junto a mi cama colgaba de nuevo el retrato de la señora Stone. Y al instante la habitación volvió a quedar a oscuras.

Pero en ese destello vi también otra cosa: una figura inclinada sobre el borde de mi cama, observándome. Vestía una prenda blanca ceñida, manchada y con moho, y el rostro era el del retrato. Arriba, el trueno resonó y rugió, y cuando cesó y reinó un silencio sepulcral, oí el susurro de un movimiento que se acercaba a mí.

Y, más horrible aún, percibí un olor a corrupción y descomposición. Entonces una mano se posó en mi cuello, y cerca de mi oído oí una respiración agitada y ansiosa. Sin embargo, sabía que esta cosa, aunque podía percibirse por el tacto, el olfato, la vista y el oído, aún no era de este mundo, sino algo que había salido del cuerpo y tenía el poder de manifestarse. Entonces, una voz, ya familiar para mí, habló.
«Sabía que vendrías a la habitación de la torre», dijo. «Te he esperado mucho tiempo. Por fin has venido. Esta noche tendré un festín; dentro de poco, lo haremos juntos.»

Y la respiración rápida se acercaba a mí, podía sentirla en mi cuello. Ante eso, el terror, que creo que me había paralizado momentáneamente, dio paso al instinto de supervivencia. Golpeé con fuerza con ambos brazos, pateando al mismo tiempo, y oí un pequeño chillido animal, y algo blando cayó con un golpe sordo a mi lado. Di un par de pasos hacia adelante, casi tropezando con lo que fuera que estaba allí, y por pura suerte encontré el pomo de la puerta. Un segundo después, salí corriendo al rellano y cerré la puerta de golpe. Casi al mismo tiempo, oí que una puerta se abría en algún lugar de abajo, y John Clinton, con una vela en la mano, subió corriendo las escaleras.

—¿Qué pasa?— dijo. — Duermo justo debajo de ti, y oí un ruido como si… ¡Cielos, tienes sangre en el hombro!”

Me quedé allí, según me contó después, balanceándome de un lado a otro, blanco como una sábana, con la marca en mi hombro como si una mano cubierta de sangre hubiera estado allí.
—Está ahí —dije, señalando—. Ella, ya sabes. El retrato también está ahí, colgado donde lo sacamos.

Entonces él se rio.
—Mi querido amigo, esto no es más que una pesadilla—, dijo.
Él me empujó y abrió la puerta, yo estaba allí simplemente inerte por el terror, incapaz de detenerlo, incapaz de moverme.
—¡Uf! ¡Qué olor tan asqueroso! —dijo.

Luego se hizo el silencio; había desaparecido de mi vista tras la puerta abierta. Al instante volvió a salir, tan pálido como yo, y la cerró al instante.
Sí, el retrato estaba ahí, y en el suelo había una cosa, una cosa manchada de tierra, como aquella en la que entierran a la gente.

La secuela puede ser breve; de hecho, algunos de mis lectores quizá ya hayan adivinado de qué se trataba, si recuerdan aquel inexplicable incidente ocurrido en el cementerio de West Fawley, hace unos ocho años, donde se intentó enterrar tres veces el cuerpo de una mujer que se había suicidado. En cada ocasión, el ataúd se encontró, a los pocos días, sobresaliendo de la tierra. Tras el tercer intento, para que no se hablara del asunto, el cuerpo fue enterrado en otro lugar, en tierra no consagrada. Fue enterrado justo afuera de la verja del jardín de la casa donde vivía esta mujer. Se había suicidado en una habitación en lo alto de la torre de esa casa. Su nombre era Julia Stone.

Posteriormente, el cuerpo fue desenterrado nuevamente en secreto y se encontró que el ataúd estaba lleno de sangre.

Publicado en Literatura, Relatos Completos

II. La cruz sangrienta | La hechicera del Strand

Por L.T Meade y Robert Eustace

Introducción

En “La cruz sangrienta”, el detective aficionado Dixon Druce se encuentra en la lujosa mansión de su amigo George Rowland, quien presume de una reliquia familiar inigualable: un collar de perlas de valor incalculable.
Sin embargo, la presencia de la joven y enigmática Antonia Ripley, prometida de Rowland y marcada por un pasado misterioso, despierta sospechas. Su comportamiento esquivo y su insistencia en viajar a Londres la conducen, junto a Druce, al encuentro de la fascinante y peligrosa Madame Sara, cuya sombra comienza a proyectarse sobre el destino de los Rowland.

II. La cruz sangrienta

Traducido por Sara Mendoza.

En noviembre de 1899, me encontré como huésped en casa de uno de mis viejos amigos: George Rowland. Su hermosa casa en Yorkshire era un lugar de vacaciones ideal. Se llamaba Rowland’s Folly y se había construido sobre una antigua vivienda del reinado del primer Jorge. La casa estaba repleta de todos los lujos modernos. Sin embargo, casi le costó a su primer propietario —si no toda su fortuna, sí la reliquia más preciada de la familia— un collar de perlas de un valor casi fabuloso. Había sido obtenido como botín por un tal Geoffrey Rowland en la época de la batalla de Agincourt, originalmente pertenecía a uno de los duques de Génova e incluso estuvo bajo la custodia del Papa durante un breve periodo. Desde el momento en que Geoffrey Rowland tomó posesión del collar, hubo varios intentos de quitárselo mediante espada, fuego, agua y veneno, pero sin éxito. El collar, con sus ochenta perlas lisas, simétricas, en forma de pera, de color blanco translúcido y con un tenue brillo iridiscente, seguía en posesión de la familia y probablemente permanecería allí, como me contó George Rowland, hasta el fin de los tiempos. Cada novia lucía el collar el día de su boda, tras lo cual se guardaba en la cámara acorazada y, por regla general, no se volvía a ver hasta la siguiente boda. Se estimaba que el valor de las perlas era de entre dos y tres mil libras cada una, pero el valor histórico del collar hacía que su precio fuera casi inalcanzable.

Se informó que, en el otoño de ese mismo año, un millonario estadounidense había ofrecido comprárselo a la familia a su propio precio, pero como no se escucharon los términos, las negociaciones fracasaron.

George Rowland pertenecía a la familia más antigua y orgullosa del West Riding, y ningún hombre parecía más caballero ni más apto para mantener antiguas dignidades que él. Se enorgullecía de presumir que, desde sus inicios, ninguna mancha de deshonra había tocado su casa, y que las mujeres de la familia eran tan buenas como los hombres, de sangre pura, de moral irreprochable y de ideas nobles.

Fui a Rowland’s Folly en noviembre y encontré una anfitriona agradable, hospitalaria y alegre en Lady Kennedy, la única hermana de Rowland. Sin embargo, Antonia Ripley era el centro de atención. Rowland estaba comprometido con Antonia, y la historia era romántica. Lady Kennedy me lo contó todo.

—Es una chica sin dinero y sin familia —comentó la buena mujer con cierta brusquedad—. No me imagino en qué estaría pensando George.

—¿Cómo la conoció tu hermano? —pregunté.

—Ambos estuvimos en Italia el otoño pasado; nos alojábamos en Nápoles, en el Vesuvio. Una señora inglesa, de apellido Studley, se hospedaba allí. Murió mientras estábamos en el hotel. Tenía a su cargo a una joven, la misma Antonia que ahora está comprometida con mi hermano. Antes de morir, nos rogó que la ayudáramos, diciendo que la niña no tenía dinero ni amigos. Todo el dinero de la señora Studley se perdió con ella. Se lo prometimos, pues no podíamos hacer otra cosa. George se enamoró casi a primera vista. La pequeña Antonia se aseguró de su futuro al comprometerse con mi hermano. No tengo nada que decir en contra de la muchacha, pero me desagrada mucho este tipo de matrimonio. Además, es más extranjera que inglesa.

—¿No puede la señorita Ripley contarte nada sobre su historia? —pregunté.

—Nada, excepto que la señora Studley la adoptó cuando era pequeña. Dice, además, que tiene un vago recuerdo de un gran edificio lleno de gente y de un hombre que le ofreció los brazos y se lo llevaron a la fuerza. Eso es todo. Es una niña muy simpática y amable, con modales conmovedores y un rostro patético; pero nadie sabe cuál era su ascendencia. ¡Ah, ahí estás, Antonia! ¿Qué te pasa ahora?

La muchacha cruzó la habitación a trompicones. Era como un cervatillo joven; de tez tersa y aceitunada, ojos oscuros y misteriosamente hermosa, con un paso elegante que rara vez se concede a una inglesa.

—Ya llegó mi vestido de encaje —dijo—. Markham lo está desempacando, pero el corpiño es de escote bajo.

Lady Kennedy frunció el ceño.

—Eres demasiado absurda, Antonia —dijo—. ¿Por qué no te vistes como las demás? Te aseguro que esa peculiaridad tuya de llevar siempre el vestido alto por la noche le molesta a George.

—¿De verdad? —respondió ella, y dio un paso atrás llevándose la mano al cuello, justo debajo de la garganta; una costumbre suya constante, como después tuve ocasión de observar—. Estaré vestida apropiadamente la noche del baile.

Su rostro se puso carmesí, luego pálido.

—Solo faltan quince días para ese momento, pero estaré lista.

Había cierta solemnidad en sus palabras. Se dio la vuelta y salió de la habitación.

—Antonia es una chica muy difícil —dijo Lady Kennedy—. ¿Por qué no se porta como las demás? Se esfuerza tanto por llevar un vestido de noche formal que me quita la paciencia, pero es pura locura.

—Una niña muy dulce a pesar de todo —comenté.

—Sí; a los hombres les gusta.

Poco después, mientras paseaba por la terraza, me encontré con la señorita Ripley. Estaba sentada en una silla baja. Noté lo pequeña, delgada y joven que parecía, y lo patética que era la expresión de su rostro. Al verme, pareció dudar; luego vino a mi lado.

—¿Puedo caminar con usted, señor Druce? —preguntó.

—Estoy a su servicio —respondí—. ¿Adónde vamos?

—No importa. Quiero saber si me ayudarás.

—Por supuesto, si puedo, señorita Ripley.

—Es lo más importante. Quiero ir a Londres.

—¿Seguro que eso no es muy difícil?

—No me dejan ir sola, y ambas están muy ocupadas. Acabo de enviarle un telegrama a una amiga. Quiero verla. Sé que me recibirá. ¿Puedo permitirme que me acompañe?

—Mi querida señorita Ripley, por supuesto —dije—. Con gusto la ayudaré.

—Debe hacerse —dijo en voz baja—. Lo he pospuesto demasiado. Cuando me case con él, no quedará decepcionado.

—No te entiendo —comenté—, pero iré contigo con la mayor disposición.

Ella sonrió; y al día siguiente, para mi sorpresa, me encontré viajando en primera clase a Londres, con la pequeña señorita Ripley como acompañante. Ni Rowland ni su hermana lo aprobaron, pero Antonia se salió con la suya, y el hecho de que yo la acompañara me ayudó a evitar algunas dificultades.

Durante nuestro viaje, ella se inclinó hacia mí y dijo en voz baja:

—¿Has oído hablar alguna vez de esa mujer tan maravillosa y grandiosa, Madame Sara?

La miré fijamente.

—Seguro que he oído hablar de Madame Sara —dije con énfasis—, pero confío sinceramente en que usted no tenga nada que ver con ella.

—La conozco casi toda la vida —dijo la niña—. La señora Studley también la conocía. La quiero mucho. Confío en ella. Voy a verla ahora mismo.

—¿Qué quieres decir?

—Fue a ella a quien le escribí ayer. Ella me recibirá; ella me ayudará. Regreso al Folly esta noche. ¿Podrías ser tan amable de acompañarme a casa?

—Ciertamente.

En Euston, subí a mi acompañante a un coche de punto, quedando en encontrarme con ella en el andén de salidas a las seis menos veinte de esa tarde. Luego, tomando otro coche, me dirigí lo más rápido posible a la dirección de Vandeleur. Durante la última parte de mi viaje a la ciudad, un repentino y casi inexplicable deseo de consultar a Vandeleur se apoderó de mí. Tuve la suerte de encontrar a este hombre tan ocupado en casa y con un momento libre. Soltó una exclamación de alegría al oír mi nombre y luego vino hacia mí con la mano extendida.

—Estaba a punto de enviarte un telegrama, Druce —dijo—. ¿De dónde vienes?

—De nada menos que Rowland’s Folly —fue mi respuesta.

—Cada vez es más asombroso. ¿Entonces conociste a la señorita Ripley, la prometida de George Rowland?

—¿Has oído hablar del compromiso, Vandeleur?

—¿Quién no? ¿Qué clase de señorita es?

—Puedo contarte todo lo que quieras saber, porque he viajado a la ciudad con ella.

—¡Ah!

Se quedó en silencio durante un minuto, evidentemente pensando; luego, acercando una silla a la mía, se sentó.

—¿Cuánto tiempo llevas en Rowland’s Folly? —preguntó.

—Casi una semana. Me quedaré hasta después de la boda. Considero a Rowland un hombre afortunado. Se casará con una niñita encantadora.

—¿Crees eso? Por cierto, ¿alguna vez has notado alguna peculiaridad en ella?

—Sólo que es singularmente amable y atractiva.

—Pero cualquier hábito… por favor, piénsalo bien antes de responderme.

—De verdad, Vandeleur, sus preguntas me sorprenden. La señorita Ripley es una persona con ideas propias y no le da vergüenza ser fiel a sus principios. Ya sabe, por supuesto, que en una casa como Rowland’s Folly es costumbre que las damas vengan a cenar vestidas de gala. Ahora bien, la señorita Ripley no se adapta a esta moda, sino que lleva el vestido hasta el cuello, por muy alegre y festiva que sea la ocasión.

—¡Ah! No parece que haya mucho ahí, ¿verdad?

—No estoy del todo de acuerdo contigo. Se ha presionado a la niña para que se ajuste a las normas habituales, y Lady Kennedy, una mujer con edad suficiente para ser su madre, se muestra bastante estricta al respecto.

—¿Pero la chica se mantiene firme en su determinación?

—Por supuesto, aunque promete ceder y usar el vestido convencional en el baile que se dará en su honor una semana antes de la boda.

Vandeleur permaneció en silencio durante casi un minuto; luego, bajando la voz, dijo lentamente:

—¿La señorita Ripley mencionó alguna vez en su presencia el nombre de nuestra enemiga mutua, Madame Sara?

—¡Qué extraño que lo preguntes! Hoy, durante nuestro viaje a la ciudad, me dijo que conocía a esa mujer; la conoce desde hace casi toda su vida. ¡Pobrecita!, incluso la quiere. Vandeleur, esa joven está ahora con Madame Sara.

—No te alarmes, Druce; no hay peligro inmediato; pero puedo decirte que, a través de mis agentes secretos, he descubierto que Madame tiene otra piedra en el asador, que una vez más se prepara para convulsionar la sociedad, y que la pequeña señorita Ripley es la víctima.

—Debes estar equivocado.

—Estoy tan seguro que quiero tu ayuda. ¿Vas a volver a Rowland’s Folly?

—Esta noche.

—¿Y la señorita Ripley?

—Ella va conmigo. Nos encontramos en Euston para tomar el tren de las seis.

—Hasta ahora, bien. Por cierto, ¿te ha hablado Rowland últimamente del collar de perlas?

—No; ¿por qué lo preguntas?

—Porque tengo entendido que su intención era que las perlas fueran ligeramente alteradas y reajustadas para que se adaptaran al fino cuello de la señorita Ripley; también que se colocara un broche de diamantes en lugar del que estaba algo inseguro y sujeto al collar de perlas. Los señores Theodore y Mark, de Bond Street, se encargarían de la tarea. Todo estaba en marcha, y un mensajero, acompañado de dos detectives, debía ir a Rowland’s Folly a buscar el tesoro, cuando todo el asunto fue anulado, pues Rowland cambió de opinión y decidió que la cámara acorazada de Folly era el mejor lugar para guardar el collar.

—No me ha mencionado el tema —dije—. ¿Cómo lo sabes?

—Tengo a mis emisarios. Una cosa es segura: la pequeña señorita Ripley lucirá las perlas el día de su boda, y la familia italiana, parientes lejanos del actual duque de Génova, a quien pertenecían las perlas y a quien le fueron robadas poco antes de la batalla de Agincourt, está tomando medidas para conseguirlas. ¿Ha oído la historia del millonario estadounidense? Bueno, era una farsa: el collar, en realidad, iba a ser entregado a la familia en cuanto lo comprara. Ahora bien, Druce, así están las cosas: Madame Sara es una aventurera, la mujer más inteligente del mundo; la señorita Ripley es muy joven e ignorante. La señorita Ripley lucirá las perlas el día de su boda, y Madame las quiere. Puede deducir el resto.

—¿Qué quieres que haga? —pregunté.

—Vuelve y observa. Si ves algo que despierte sospechas, envíame un telegrama.

—¿Qué tal si se lo contamos a Rowland?

—Preferiría no consultarlo. Quiero proteger a la señorita Ripley y, al mismo tiempo, poner a Madame en mi poder. Logró eludirnos la última vez, pero no lo hará esta vez. Mi idea es engatusarla para su ruina. Pero, Druce, cada día se confía más en ella, se la persigue y se la admira más. Apela a las mayores debilidades del mundo. Conoce secretos valiosos y es experta en el arte de restaurar la belleza y, en cierta medida, de vencer los estragos del tiempo. Actualmente la ayuda un árabe, uno de los hombres más peligrosos que he visto, con la sutileza de una serpiente y prestidigitación en cada uno de sus diez dedos. No es fácil atraparla.

—¿Y aún así pretendes hacerlo?

—Algún día, algún día. Quizás ahora.

Sus ojos brillaban. Pocas veces lo había visto tan emocionado.

Al poco rato lo dejé. La señorita Ripley me recibió en Euston. Estaba callada, sin reaccionar, y parecía deprimida. Una vez la vi llevarse la mano al cuello.

—¿Tienes dolor? —pregunté.

—Por su pregunta, señor Druce, usted podría ser médico.

—Pero respóndeme —dije.

Ella permaneció en silencio durante un minuto; luego habló lentamente:

—Eres buena, y creo que debería decírtelo. ¿Pero lo mantendrás en secreto? Quizás te preguntes por qué no uso un vestido escotado por la noche. Te diré por qué. En mi cuello, justo debajo de la garganta, me salió una verruga o lunar: grande, marrón y feo. Los médicos italianos no lo extirparon debido a la posición. Se encuentra justo encima de lo que dijeron que era una arteria aberrante, y extirparlo podría causar una hemorragia muy peligrosa.

—Un riesgo terrible —comenté.

—Un día, Madame lo vio —continuó—; dijo que los médicos se equivocaban y que podría extirparlo fácilmente sin dejar rastro. Dudé mucho tiempo, pero ayer, cuando Lady Kennedy me habló así, me decidí. Telegrafié a Madame y fui a verla hoy. Me dio cloroformo y me extirpó el lunar. Tengo el cuello vendado y me duele un poco. No debo quitarme el vendaje hasta que me vuelva a ver. Está muy contenta con el resultado y dice que mi cuello ahora estará hermoso como el de cualquier otra mujer, y que la noche del baile podré lucir el precioso vestido de encaje de Bruselas que me regaló Lady Kennedy. Ese es mi secreto. ¿Lo respetarás?

—Lo prometo —respondí—.

Poco después, llegamos al final de nuestro viaje.

Pasaron algunos días. Una mañana, durante el desayuno, noté que la pequeña señora solo jugaba con la comida. Había una carta abierta junto a su plato. Rowland, a cuyo lado siempre se sentaba, se volvió hacia ella.

—¿Qué te pasa, Antonia? —preguntó—. ¿Has recibido alguna carta desagradable?

—Es de… —dijo ella, vacilante.

—¿De quién, querida?

—Señora Sara.

—¿Qué te oí decir? —exclamó Lady Kennedy.

—He recibido una carta de Madame Sara, Lady Kennedy.

Esa mujer impactante del Strand, ¿esa aventurera? Querida, ¿es posible que la conozcas? Su nombre está en boca de todos. Es bastante famosa.

Al instante, la sala se llenó de voces, algunas hablando en voz alta, otras con dulzura, pero todas alabando a Madame Sara. Incluso los hombres la apoyaron; en cuanto a las mujeres, eran unánimes en cuanto a sus encantos y su genio.

En medio del alboroto, la pequeña Antonia rompió a llorar y salió de la habitación. Rowland la siguió. No sé qué ocurrió después, pero esa misma mañana me encontré con Lady Kennedy.

—Bueno —dijo—, esa niña ha ganado, como sabía que haría. Madame Sara quiere venir, y George dice que invitarán a la amiga de Antonia. Me alegraré cuando el matrimonio termine y pueda salir de esto. Es realmente detestable que en los últimos días de mi reinado tenga que darle a esa mujer la entrada a la casa.

Me dejó y caminé hasta el vestíbulo. Allí vi a Rowland. Tenía un impreso telegráfico en la mano, con algunas palabras escritas.

—¡Ah, Druce! —dijo—. Estoy enviando un telegrama a la estación. ¿Qué? ¿Quieres enviar uno tú también?

Porque me había sentado junto a la mesa donde estaban los formularios telegráficos.

—Si no crees que me estoy tomando demasiadas libertades, Rowland —dije de repente—, me gustaría invitar a un amigo mío a venir por un día o dos.

—Veinte amigos, si quieres, mi querido Druce. ¡Qué hombre eres al disculparte por una nimiedad! ¿Quién es tu amigo especial?

—Nada menos que Eric Vandeleur, el cirujano policía de Westminster.

—¡Qué! ¡Vandeleur es el hombre más alegre y jovial que he conocido! ¿Le gustaría venir?

Los ojos de Rowland brillaban de emoción.

—Creo que sí; más aún si me permite decirle que le daría la bienvenida.

—Dile que será bien recibido, que tendrá la mejor habitación de la casa y el mejor caballo. ¡Que venga, Druce!

Nuestros dos telegramas fueron enviados. Durante la mañana, recibimos respuestas afirmativas a ambos.

Esa tarde llegó Madame Sara. Llegó en el último tren. Enviaron el carruaje a recogerla. Entró en casa poco antes de medianoche. Yo estaba en el recibidor cuando llegó, y experimenté una momentánea sensación de placer al verla sobresaltarse al encontrar sus ojos con los míos. Pero no era una mujer que se dejara sorprender. Se me acercó de inmediato con la mano extendida y una voz ansiosa.

—Esto es encantador, señor Druce —dijo—. No creo que nada me guste más.

Luego añadió, volviéndose hacia Rowland:

—El señor Dixon Druce es un viejo amigo mío.

Rowland me miró desconcertado. Madame se giró y empezó a hablar con su anfitriona. Antonia estaba de pie cerca de uno de los salones abiertos. Llevaba un vestido suave de seda verde pálido. Pocas veces había visto una criatura más grácil. Pero la expresión de su rostro me perturbó. Tenía ahora la mirada fascinada de un pájaro cuando una serpiente lo atrae. ¿Sería Madame Sara la serpiente? ¿Le tenía miedo Antonia a esta mujer?

Al día siguiente, Lady Kennedy vino a mí con una confidencia.

—Me alegra que venga tu amigo policía —dijo—. Será más seguro.

—Vandeleur llega a las doce —respondí.

—Bueno, me alegro. Esa mujer cada vez me gusta menos. Me sorprendió que se atreviera a llamarte amiga.

—Oh, ya nos hemos visto antes por negocios —respondí con cautela.

—¿No me dirá nada más, señor Druce?

—Debe disculparme, Lady Kennedy.

—Su seguridad es ilimitada —continuó la buena señora—. Ha traído consigo a una criada o niñera, una mujer de aspecto extraordinario. Eso, quizás, sea admisible; pero también ha traído a su sirviente negro, un árabe llamado Achmed. Debo decir que es una persona pintoresca con su peculiar vestido oriental. Iba todo de amarillo flameante esta mañana, y el bordado de su chaqueta valía una fortuna. Pero es la audacia de la mujer lo que me molesta. Sigue hablando como si fuera alguien importante.

—Es una persona muy enfática —no pude evitar responder—. La sociedad londinense está a sus pies.

—Solo espero que Antonia tome sus remedios y la deje ir. Esa mujer no tiene ninguna bienvenida por mi parte —dijo indignada la dueña de Rowland’s Folly.

No vi a Antonia esa mañana, y a la hora acordada fui a la estación a recibir a Vandeleur. Llegó de muy buen humor, no hizo ninguna pregunta sobre Antonia, recibió la información de que Madame Sara estaba en casa con un silencio impasible y parecía absorto en los placeres del momento.

—¡La locura de Rowland! —dijo, mirando a su alrededor mientras nos acercábamos a una de las casas más elegantes de todo Yorkshire—. Una locura, sin duda, y aun así agradable, Druce, ¿verdad? Me imagino —añadió con una leve sonrisa— que me lo voy a pasar genial aquí.

—Espero que puedas desenredar esta madeja muy enredada —respondí.

Se encogió de hombros. De repente, su actitud cambió.

—¿Quién es esa mujer? —dijo con un tono de ansiedad evidente en su voz.

—¿Quién? —pregunté.

—Esa mujer en la terraza con vestido de enfermera.

—No lo sé. La trajo aquí Madame Sara, que es una especie de criada y enfermera. Supongo que pondrán a la pobre Antonia a su cuidado.

—Que no me vea, Druce, eso es todo. Ah, aquí está nuestro anfitrión.

Vandeleur aceleró sus movimientos y al instante siguiente estaba estrechando la mano de Rowland.

El resto del día transcurrió sin novedades. No vi a Antonia. Ni siquiera apareció a cenar. Rowland, sin embargo, me aseguró que estaba descansando lo necesario y que se encontraría bien al día siguiente. Parecía dispuesto a ser amable con Madame Sara, y le molestó el comportamiento de su hermana con su invitada.

Poco después de cenar, mientras me encontraba en uno de los salones de fumadores, sentí una mano ligera sobre mi brazo y, al girarme, me encontré con la espléndida pose y la mirada audaz, brillante y desafiante de la propia Madame.

—Señor Druce —dijo—, un momento. Es justo que usted y yo seamos sinceros. Sé por qué está aquí. Ha venido con el único propósito de espiarme y arruinar lo que considera mi juego. Pero comprenda, señor Druce, que corre peligro si interfiere en los planes de alguien como yo. Más vale prevenir que curar.

Alguien entró en la habitación y Madame salió.

Faltaba solo una semana para el baile, y ya se estaban realizando los preparativos para el gran evento. Junto a la casa de la izquierda había una gran sala construida para este fin.

Rowland y yo estábamos caminando por esta habitación en una mañana especial; él estaba comentando sus méritos arquitectónicos y diciéndome qué banda pensaba tener en la galería de músicos, cuando Antonia entró en la habitación.

—¡Qué pálida estás, pequeña Tonia! —dijo.

Este era su nombre favorito para ella. Puso la mano bajo su barbilla, levantó su dulce y sonrojado rostro y la miró a los ojos.

—Ah, quieres mi respuesta. ¡Qué gatita tan insistente! Harás lo que quieras, Tonia, sí, claro. Te concederé lo que nunca se ha concedido. De todas formas, ¿qué dirá mi señora?

Se encogió de hombros.

—Pero ¿me dejarás usarlos aunque ella esté enojada o no? —insistió Antonia.

—Sí, hija, lo he dicho.

Ella tomó su mano y se la llevó a los labios, luego, con una reverencia, salió de la habitación.

—Una pequeña ave rara y brillante —dijo Rowland, volviéndose hacia mí—. ¿Sabes? Siento que he hecho algo extraordinario por mí mismo al conseguir a la pequeña Antonia. Sin una suegra problemática, sin hermanos ni hermanas, ni míos a quienes considerar, solo a la niña. Soy muy feliz y tengo mucha suerte. Me alegra que mi pequeña no tenga antecedentes. Es simplemente su pequeña y delicada esencia, ni más ni menos.

—¿Qué quería contigo ahora? —pregunté.

—Brujita —dijo riendo—. Las perlas, las perlas. Insiste en llevar el gran collar la noche del baile. Querida niña. Me imagino cómo brillarán las joyas en su hermoso cuello.

No respondí, pero estaba seguro de que la petición de la pequeña Antonia no provenía de ella misma. Pensé en buscar a Vandeleur y contarle lo sucedido, pero el siguiente comentario de Rowland truncó mi proyecto de raíz.

—Por cierto, tu amigo prometió volver para cenar. Salió temprano esta mañana.

—¿Vandeleur? —grité.

—Sí, se ha ido a la ciudad. ¡Qué buen muchacho!

—Cuenta una buena historia —respondí.

¡Genial! ¿Quién lo consideraría el mayor experto en criminalística del momento? Pero, gracias a Dios, no necesitamos sus servicios en Rowland’s Folly.

Vandeleur regresó tarde por la noche. Entró en la casa justo antes de la cena. Observé por el brillo de sus ojos y la intensa gravedad de su actitud que estaba satisfecho consigo mismo. Esto, en su caso, siempre era una buena señal. Durante la cena, se mostró radiante, cortés con todos, y en particular con Madame Sara.

Tarde esa noche, cuando me preparaba para irme a la cama, él entró en mi habitación sin llamar.

—Bueno, Druce —dijo—, está bien.

—¡Está bien! —grité—. ¿Qué quieres decir?

—Pronto lo sabrás. En cuanto vi a esa mujer, tuve mis sospechas. Hoy estuve en la ciudad haciendo unas averiguaciones muy interesantes. Ya estoy preparado para todo. Espera un desenlace sorprendente muy pronto, pero ten por seguro que, por muy sombrías que sean las apariencias, la novia está a salvo, y también las perlas.

Me dejó sin esperar mi respuesta.

Pasó el día siguiente, y el siguiente. Parecía estar en ascuas. La pequeña Antonia estaba alegre y lista como un pájaro. Lady Kennedy, por orden de Rowland, había extendido la invitación de Madame para el día después del baile; la pequeña Antonia dio un respingo al oírla.

—La amo —dijo la muchacha.

Llegaban cada vez más invitados; los días volaban con fuerza y las noches eran animadas. Madame era una potencia en sí misma. Vandeleur era otro. Estos dos, enemigos acérrimos en el fondo, se ayudaban mutuamente para que todo saliera de maravilla para el resto de los invitados. Rowland estaba de un humor excelente.

Por fin, la víspera del baile llegó y pasó. El gran golpe de Vandeleur no había dado sus frutos. Me retiré a la cama como de costumbre. La noche era tormentosa: la lluvia repiqueteaba contra los cristales, el viento suspiraba y se estremecía. Acababa de apagar la vela y estaba a punto de buscar el olvido en el sueño cuando, una vez más, Vandeleur, con su estilo poco ceremonioso, irrumpió en mi habitación.

—Te necesito inmediatamente, Druce, en la habitación de la criada de Madame Sara. Ponte la ropa lo más rápido que puedas y acompáñame allí.

Salió de la habitación tan bruscamente como había entrado. Me vestí a toda prisa y, con paso sigiloso, en plena noche, acompañado por la tempestad cada vez más intensa, busqué la habitación en cuestión.

La encontré brillantemente iluminada; Vandeleur paseaba de un lado a otro como si él mismo fuera el espíritu de la tormenta; y allí estaba, lo más asombroso de todo, la enfermera que Madame Sara había traído a Rowland’s Folly, y cuyo nombre nunca había oído, amordazada y atada a una silla colocada en el centro de la habitación.

—Bueno, creo que eso es todo, enfermera —dijo Vandeleur cuando entré—. Siéntese, Druce. Nos entendemos perfectamente, ¿verdad, enfermera? Y los hechos son sencillamente maravillosos. Su nombre, tal como figura en los archivos de delitos de Westminster, no es el que usted ha revelado, Mary Jessop, sino el de Rebecca Curt. Se escapó de la prisión de Portland la noche del 30 de noviembre, hace justo un año. No habría podido escapar sin la connivencia de la dama a cuyo servicio está ahora. Su delito fue falsificación, con un intento de envenenamiento muy audaz y contundente. Su víctima fue una inválida inofensiva. Por lo tanto, su conocimiento del delito es, podríamos decir, extenso. Aún le quedan once años de condena. Sin duda, ha servido bien a Madame Sara, pero quizá pueda servirme mejor a mí. Sabe las consecuencias si se niega, pues se lo expliqué con franqueza y claridad antes de que este caballero entrara en la habitación. Druce, ¿me haría el favor de cerrar la puerta con llave mientras le quito la mordaza a la prisionera?

Me apresuré a obedecer. La mujer respiró con más libertad cuando le quitaron la mordaza. Tenía la cara completamente roja y oscura. Sus ojos torcidos nos dedicaron muchas miradas furtivas.

—Bueno, entonces, Rebecca Curt, tenga la amabilidad de empezar —dijo Vandeleur—. Cuéntenos todo lo que pueda.

Ella tragó saliva con dificultad y dijo:

—Me has obligado…

—No nos importa esa parte —interrumpió Vandeleur—. Cuéntenos la historia, por favor, señora Curt.

Si las miradas mataran, Rebecca Curt habría matado a Vandeleur en ese momento. Él le devolvió una mirada amable y sosa, y ella comenzó su relato:

—Madame sabe un secreto sobre Antonia Ripley.

—¿De qué naturaleza? —preguntó Vandeleur.

—Se trata de su ascendencia.

—¿Y eso es…?

La mujer vaciló y se retorció.

—Los nombres de sus padres, por favor —dijo Vandeleur, con voz fría como el hielo y dura como el hierro.

—Su padre era italiano de nacimiento.

—¿Su nombre?

—El conde Gioletti. Estaba infelizmente casado y, en un ataque de celos, apuñaló a su esposa inglesa cuando Antonia tenía tres años. Fue ejecutado por el crimen el 20 de junio de 18… La niña fue adoptada y sacada del país por una dama inglesa presente en el tribunal, la señora Studley. Madame Sara también estuvo presente. Se interesó mucho en el juicio y posteriormente tuvo una entrevista con la señora Studley. Se acordó que Antonia sería llamada por el apellido Ripley, el nombre de un antiguo pariente de la señora Studley, y que su verdadero nombre e historia nunca le serían revelados.

—Entiendo —dijo Vandeleur con suavidad—. Esto es muy interesante, ¿verdad, Druce?

Asentí, demasiado absorto en observar el rostro de la mujer como para tener tiempo para palabras.

—Pero ahora —continuó Vandeleur—, hay razones por las que Madame debería cambiar de opinión respecto a mantener el asunto en secreto. ¿No es así, señora Curt?

—Sí —dijo la señora Curt—. Tendrás la amabilidad de continuar.

—Madame tiene un objetivo: chantajear a la señora. Quiere tenerla completamente bajo su control.

—¡En efecto! ¿Lo está consiguiendo?

—Sí.

—¿Cómo lo ha logrado? Ten mucho cuidado con lo que dices, por favor.

—El estilo es sutil: la joven tenía un lunar o verruga que la desfiguraba en el cuello, justo debajo de la garganta. Madame se lo quitó.

—Es un proceso bastante sencillo, no lo dudo —dijo Vandeleur en tono despreocupado.

—Sí, fue fácil. Estuve presente. La joven fue conducida a una cámara con luz roja.

Los extraordinarios ojos de Vandeleur se encendieron de repente. Tomó una silla y la acercó tanto a la de la señora Curt que su rostro quedó a unos treinta centímetros del suyo.

—Ahora, ten mucho cuidado con lo que dices —comentó—. Ya sabes las consecuencias que te esperan si esta narración no es absolutamente fiable.

Ella empezó a temblar, pero continuó:

—Estuve presente en la operación. No se permitió que penetrara ni un solo rayo de luz. La paciente fue sometida a cloroformo. Le extirparon el lunar. Después, la señora escribió algo en su cuello. Las palabras eran muy pequeñas y pulcras: formaban una cruz en el cuello de la joven. Después supe lo que decían.

—Repítelos —exigí.

—No puedo. Lo sabrás en el momento de la victoria.

—Quiero saberlo ahora. Un detective de mi división en Westminster viene mañana temprano. Trae esposas y…

—Te lo diré —interrumpió la mujer—. Las palabras fueron estas:

—“SOY LA HIJA DE PAOLO GIOLETTI, QUE FUE EJECUTADO POR EL ASESINATO DE MI MADRE, EL 20 DE JUNIO DE 18–.”

—¿Cómo fueron escritas las palabras? —preguntó Vandeleur.

—Con nitrato de plata.

—¡Demonio! —murmuró Vandeleur.

Se levantó de un salto y empezó a pasearse por la habitación. Nunca le había visto el rostro tan negro de ira incontrolable.

—¿Sabes lo que significa esto? —me dijo por fin—. El nitrato de plata corroe la carne y es permanente. Una vez expuesto a la luz, el caso es desesperado, y la niña indefensa se convierte en su propia verdugo.

La enfermera miró hacia arriba inquieta.

—La operación se realizó en una habitación con luz roja —dijo—, y hasta el momento no se han visto las palabras. A menos que la joven exponga su cuello a los rayos azules de la luz común, nunca lo harán. Para darle la oportunidad de guardar su secreto mortal, la señora ha hecho cortar y preparar un gran carbunclo del rojo más intenso. Tiene forma de cruz y está suspendido de un fino hilo de oro, casi invisible. La señora debe usarlo cuando vista su traje de gala. Se mantendrá en su lugar, ya que la parte posterior de la cruz estará espolvoreada con goma de mascar.

—Pero no puede ser que Madame pretenda ocultar las fatídicas palabras —dijo Vandeleur—. Está ocultando algo, enfermera.

Su rostro se puso rojo como un tomate. Tras una pausa, pronunció las siguientes palabras con gran reticencia:

—La señorita lleva el carbunclo como recompensa.

—Ah —dijo Vandeleur—, ahora empezamos a ver la luz del día. ¿Como recompensa por qué?

—Madame quiere algo que la signora pueda darle. Es un caso de intercambio: el carbunclo que oculta el secreto fatal se entrega a cambio de lo que la signora puede transferir a Madame.

—Por fin lo entiendo —dijo Vandeleur—. De verdad, Druce, me siento privilegiado de decir que, de todos los malévolos… —se interrumpió bruscamente—. No importa, nos quedamos con la niñera. Niñera, ha respondido a todas mis preguntas con admirable exactitud, pero antes de que vuelva a su merecido sueño, tengo una información más que pedirle. ¿Fue solo por deseo de la señorita Ripley, o en algún sentido por instigación de Madame Sara, que a la joven se le permita llevar el collar de perlas la noche del baile? Por supuesto, niñera, ¿ha oído hablar del collar de perlas?

El rostro de Rebecca Curt mostraba que sin duda lo había hecho.

—Veo que conoces esa historia tan interesante. Ahora, responde a mi pregunta. La petición de usar el collar mañana por la noche fue sugerida por Madame, ¿no es así?

—¡Ah, sí, sí! —exclamó la mujer, desbordada por una repentina excitación—. ¡A ese punto todo lo demás se había resuelto, todo, todo!

—Gracias, con eso basta. Entiendes que desde hoy estás completamente a mi servicio. Mientras me sirvas fielmente, estarás a salvo.

—Haré lo mejor que pueda, señor —respondió ella, en tono modesto, con la mirada fija en el suelo.

En el momento en que estuvimos solos, Vandeleur se volvió hacia mí.

—Las cosas se están simplificando —dijo.

—No lo entiendo —respondí—. Debería decir que abundan las complicaciones, y las alarmantes.

—Sin embargo, lo tengo claro, Druce. No te conviene estar tanto tiempo fuera de la cama, pero para que puedas descansar plácidamente cuando regreses a tu habitación, te diré con franqueza cuál será mi plan mañana. El plan más sencillo sería contárselo todo a Rowland, pero por diversas razones no me conviene. Me interesa la niña, y si decide ocultar su secreto (por ahora, recuerda, no lo sabe, pero a la pobre niña seguro que se lo contará todo mañana), no pienso interferir. En segundo lugar, estoy deseando tenderle una trampa a Madame.

—Ahora entiendo —dije—.

—Dos cosas son evidentes —continuó Vandeleur—. El objetivo de Madame Sara al venir aquí es robar las perlas. Su plan es aterrorizar a la pequeña signora para que se las dé y así no se vean las diabólicas palabras escritas en el cuello de la niña. Como la signora debe llevar un vestido escotado mañana por la noche, solo puede ocultar las palabras con el rojo… Carbunco. Madame solo le dará el carbunco si, a cambio, le entrega las perlas. ¿Lo ves?

—Sí, lo entiendo —respondí lentamente.

Se irguió hasta alcanzar su esbelta estatura y sus ojos se llenaron de risa contenida.

—El cuello de la niña ha sido dañado con nitrato de plata. Sin embargo, hasta que no sea expuesto a los rayos azules de luz, las siniestras palabras no aparecerán en su blanca garganta. Una vez que aparezcan, serán indelebles. ¡Escucha! La señora, con toda su astucia, olvidó algo. Existe un antídoto contra la acción del nitrato de plata. Este no es otro que nuestro viejo amigo, el cianuro de potasio. Mañana, la enfermera, bajo mis instrucciones, llevará a la pequeña paciente a una habitación cuidadosamente preparada con la odiosa luz roja y le lavará el cuello con una solución de cianuro de potasio, justo donde están escritas las palabras siniestras. El nitrato de plata se neutralizará y las letras nunca aparecerán.

—Pero la niña no lo sabrá —comentó—. El terror de la cruel historia de Madame la invadirá, y cambiará las perlas por la cruz.

—No lo creo, pues estaré allí para evitarlo. Ahora, Druce, te he dicho todo lo necesario. Vete a la cama y duerme plácidamente.

La mañana siguiente amaneció gris y sombría, pero la feroz tormenta de la noche anterior había pasado. Sin embargo, los estragos en el majestuoso y antiguo parque eran muy evidentes; algunos árboles habían sido arrancados de raíz, y los robles más imponentes habían perdido sus mejores ramas.

La pequeña señorita Ripley no apareció en absoluto ese día. No me sorprendió su ausencia: había llegado el momento en que, sin duda, Madame consideró necesario revelarle su terrible plan a la infeliz niña. En medio de la alegre casa llena de gente, nadie la extrañaba especialmente; incluso Rowland estaba ocupado con asuntos importantes y tenía poco tiempo para dedicarle a su futura esposa. El salón de baile, decorado con flores naturales, era un espectáculo hermoso.

Vandeleur y yo caminábamos de un lado a otro por la larga sala. Rowland estaba muy entusiasmado, haciendo sugerencias, modificando esta y aquella decoración.

—Por favor, tenga bien iluminado el salón de baile —dijo Vandeleur—. En una sala como esta, tan grande y con tantas puertas que dan a pasillos y salas de estar, conviene que la luz sea lo más brillante posible. Disculpe mi sugerencia, Sr. Rowland, si hablo desde la perspectiva de un hombre familiarizado con los traicioneros negocios del crimen.

—¿Tienes miedo de que esta noche alguien intente robarte el collar? —preguntó Rowland de repente.

—No hablaremos de eso —respondió Vandeleur—. Si sigues mi sugerencia, no tendrás nada que temer.

Rowland se encogió de hombros y dio instrucciones a varios hombres que daban los toques finales. Se esperaba la llegada de casi cien invitados, y la casa estaba abarrotada. Rowland inauguraría el baile con la pequeña Antonia.

No hubo cena tardía ese día, y cuando se acercaba la noche, Vandeleur me buscó.

—Druce, vístete lo más temprano que puedas y baja a encontrarte conmigo en el estudio del anfitrión.

Lo miré con asombro, pero no le pregunté nada. Vi que estaba intensamente excitado, con su rostro frío y severo, expresión que siempre mostraba cuando estaba más conmovido.

Me apresuré a ponerme el traje de etiqueta y bajé. Vandeleur estaba en el estudio hablando con Rowland. Los invitados comenzaban a llegar, los músicos afinaban, y el ambiente de prisa y fiesta se extendía por todo el lugar. Estábamos a punto de intervenir cuando oímos el roce de las cortinas; en el pasillo exterior apareció la pequeña Antonia, vestida para su primer baile. Vestía un delicado encaje blanco, con cuello y brazos al descubierto. Su entrada era sorprendente y llamaba la atención incluso entre quienes estaban especialmente atentos a ella. Su rostro, cuello y brazos eran casi tan blancos como su vestido, y sus ojos oscuros estaban muy dilatados. Su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro como una sombra. En medio de la blancura, una gran cruz roja brillaba en su garganta como fuego vivo.

Rowland lanzó una exclamación y se quedó inmóvil; Vandeleur y yo contuvimos la respiración. ¿Qué revelarían los próximos minutos?

Fue la expresión del rostro de Antonia lo que despertó nuestros temores. Avanzó como una ciega, extendiendo una mano ligeramente hacia adelante. Ciertamente no nos vio a Vandeleur ni a mí, pero al acercarse a Rowland, la ceguera desapareció de sus ojos. Lanzó un grito agudo y amargo, y se arrojó a sus brazos.

—Bésame una vez antes de separarnos para siempre. Bésame solo una vez antes de separarnos —dijo.

—Mi querida pequeña —respondió Rowland—, ¿qué significa esto? No estás bien. Antonia, deja de temblar. Antes de separarnos, querida… pero no hay pensamiento de separación. Déjame mirarte.

La sostuvo a distancia, mirándola críticamente.

—Ninguna chica podría verse más dulce, Antonia —dijo—, y ahora has venido por el toque final: las hermosas perlas. Pero ¿qué es esto, querida? ¿Por qué arruinas tu blanco cuello con algo tan incongruente? Déjame quitártelo.

Se llevó la mano al cuello, cubriendo la cruz carmesí. Entonces sus ojos se encontraron con los de Vandeleur, y pareció reconocer su presencia por primera vez.

—Puedes quitarlo sin peligro —susurró.

Rowland lo miró con asombro; su mirada parecía decir: «Déjanos», pero Vandeleur no se movió.

—Tenemos que acabar con esto —me dijo.

Mientras tanto, el brazo de Rowland rodeaba el cuello de Antonia y su mano buscaba el broche del hilo dorado que mantenía la cruz en su lugar.

—Un momento —dijo Antonia—.

Retrocedió un paso; el temblor de su voz desapareció y cobró fuerza. Su miedo dio paso a la dignidad.

—Querida mía —dijo—, había cedido a la tentación. El terror me debilitó, el miedo a perderte me acobardó, pero no vendré a ti con un pecado en mi conciencia; no te ocultaré nada. Sé que ahora no querrás que me convierta en tu esposa; sin embargo, sabrás la verdad.

—¿Qué quieres decir, Antonia? ¿Qué significan tus extrañas palabras? ¿Estás loca? —preguntó Rowland.

—No, ojalá lo fuera —respondió ella—. No soy tu compañera; no puedo deshonrar tu honor. Madame dijo que podía ocultarse, que esto —tocó la cruz— lo ocultaría. Por esto debía pagar, sí, pagar un precio vergonzoso. Accedí, pues el terror era cruel. Pero vine aquí, te miré a la cara y no pude. Madame recuperará su cruz roja como la sangre, y lo sabrás todo.

Con un gesto feroz, se arrancó la cruz del cuello y la arrojó al suelo.

—¡Las perlas por esto! —exclamó—. Las perlas fueron el precio; pero prefiero que lo sepas. Llévame a la luz más brillante y lo verás por ti mismo.

El rostro de Rowland era indescriptible. La cruz roja yacía en el suelo; los ojos de Antonia estaban fijos en los suyos. No era una niña a la que se pudiera seguir la corriente; era una mujer, y la desesperación la volvía loca.

Cuando dijo: «Llévame a la luz más brillante», él la tomó de la mano y la condujo hasta donde los rayos de una potente luz eléctrica iluminaban la estancia.

—¡Mira! —exclamó Antonia—. ¡Mira! Madame lo escribió aquí, aquí.

Señaló su garganta. Las palabras estaban ocultas, pero la luz pronto las revelaría. Por fin, conocerían la verdad.

Hubo silencio. Antonia no dejaba de señalar su cuello. Rowland estaba fijo en él. Tras un lapso de agonía, Vandeleur dio un paso al frente.

—Señorita Antonia —exclamó—, ya ha sufrido bastante. Estoy en condiciones de aliviar sus terrores. Poco imaginaba, Rowland, que durante los últimos días me he tomado una libertad extrema con respecto a usted. He estado en su casa simple y exclusivamente en el ejercicio de mis cualidades profesionales. En el cumplimiento de mis deberes manifiestos, me topé con un secreto espantoso. La señorita Antonia iba a ser sometida a una cruel prueba. Madame Sara, por motivos propios, había ideado una de las tramas más diabólicas que jamás me ha tocado enfrentar.

—Pero he llegado a tiempo. Señorita Antonia, no tiene por qué temer nada. Su cuello no esconde ningún secreto espantoso. ¡Escuche! La he salvado. La enfermera, a quien Madame creía dedicada a su servicio, consideró prudente transferirse a mí. Bajo mis instrucciones, le lavó el cuello hoy con una preparación de cianuro de potasio. No sabe qué es, pero es una sustancia química que neutraliza el efecto de lo que esa horrible mujer ha hecho. No tiene nada que temer: su secreto está enterrado bajo su piel blanca.

—¿Pero cuál es el misterio? —preguntó Rowland—. Tus acciones, Antonia, y tus palabras, Vandeleur, son suficientes para volver loco a cualquiera. ¿De qué se trata? ¡Lo sabré!

—La señorita Ripley puede decírselo o no, como le plazca —respondió Vandeleur—. La infeliz niña iba a ser chantajeada, pues el objetivo de Madame Sara era conseguir el collar de perlas que valía un rescate real. La cruz debía entregarse a cambio del collar. Ese era su propósito, pero ha sido derrotada. No me haga preguntas, señor. Si esta joven decide contárselo, bien; pero si no, el secreto es suyo.

Vandeleur hizo una reverencia y retrocedió hacia mí.

—El secreto es mío —exclamó Antonia—, pero también será tuyo, George. No seré tu esposa con esta cosa espantosa entre nosotros. Puede que nunca vuelvas a hablarme, pero sabrás toda la verdad.

—¡Te lo aseguro! Es una chica valiente, y la respeto —susurró Vandeleur—. Vamos, Druce, nuestro trabajo con la señorita Antonia ha terminado.

Salimos de la habitación.

—Ahora a ver a Madame Sara —continuó mi amigo—. Iremos a sus aposentos. En su caso, las paredes oyen; sin duda ya conoce todo el desenlace. Pero la encontraremos enseguida: es probable que aún no haya escapado.

Subió corriendo las escaleras. Lo seguí. Recorrimos un pasillo tras otro. Por fin encontramos los aposentos de Madame. La puerta de su dormitorio estaba abierta de par en par. Rebecca Curt estaba de pie en medio de la habitación. Madame no estaba a la vista, pero todo apuntaba a una salida apresurada.

—¿Dónde está Madame Sara? —preguntó Vandeleur con voz perentoria.

Rebecca Curt se encogió de hombros.

—¿Ha bajado? ¿Está en el salón de baile? ¡Habla! —insistió Vandeleur.

La enfermera volvió a encogerse de hombros.

—Solo sé que Ahmed el Árabe entró aquí hace unos minutos —respondió—. Estaba alterado. Le dijo algo a Madame. Creo que había estado escuchando, fisgoneando, como dicen. Madame estaba convulsionada de ira. Juntó algunas cosas y desapareció. Quizás puedan atraparla.

El rostro de Vandeleur se puso blanco.

—Lo intentaré —dijo—. No me retrases, Druce.

Se escapó corriendo. No sé qué hizo inmediatamente, pero no regresó a Rowland’s Folly. Madame Sara tampoco fue capturada.

Pero, a pesar de su huida y de su crimen planeado, a pesar del momento de terror de la pequeña Antonia, el baile continuó alegremente, y la novia elegida lo inauguró con su futuro esposo. En su hermoso cuello brillaban las perlas, encantadoras en su suave fulgor.

Lo que le contó a Rowland nunca se supo; cómo tomó la noticia es un secreto entre Antonia y él. Pero una cosa es cierta: nadie fue más galante en su conducta, más ardiente en sus miradas de amor, que el dueño de Rowland’s Folly esa noche.

Se casaron el día señalado, y Madame Sara fue derrotada.