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Memoria dibujada contra el olvido: la verdad histórica en El abismo del olvido

Entre las muchas formas de mirar hacia el pasado, la novela gráfica se ha convertido en una de las más poderosas. Su capacidad para combinar imagen y palabra permite abordar episodios complejos de la historia con una fuerza emocional y narrativa difícil de alcanzar por otros medios. En tiempos como los actuales, en los que el debate sobre la memoria histórica continúa abierto, obras como El abismo del olvido de Paco Roca y Rodrigo Terrasa se revelan no solo como propuestas artísticas, sino como auténticos ejercicios de memoria colectiva.

La novela gráfica se adentra en uno de los capítulos más dolorosos de la historia contemporánea española: las consecuencias humanas de la Guerra Civil Española y la larga sombra de la represión posterior. Pero lo hace alejándose del relato abstracto o puramente histórico para centrarse en historias concretas, en nombres propios y en vidas marcadas por la pérdida. Y aquí reside uno de los aspectos más importantes de la obra: lo que se cuenta no es ficción, sino una historia real basada en testimonios, archivos y hechos documentados.

El abismo del olvido reconstruye acontecimientos que sucedieron realmente y que afectaron a personas reales. No se trata de una dramatización imaginada, sino de la narración de una memoria histórica que durante décadas permaneció enterrada —en ocasiones literalmente— bajo el silencio y el miedo. En este sentido, la novela gráfica funciona casi como una crónica ilustrada que rescata del olvido a quienes nunca debieron desaparecer de la historia.

Uno de los aspectos más impactantes de la obra es la paradoja que plantea su propio formato. Durante mucho tiempo, el cómic —o la novela gráfica— fue considerado un género menor, asociado a la infancia o al entretenimiento ligero. Sin embargo, el trabajo de Paco Roca demuestra una vez más que el lenguaje de la ilustración puede abordar con enorme sensibilidad temas de gran profundidad histórica y humana. Las viñetas de El abismo del olvido no suavizan el drama; al contrario, lo hacen más tangible. La aparente sencillez de su estilo amplifica el peso emocional de la historia.

El relato gira en torno a varias figuras clave que encarnan la lucha contra el olvido. Entre ellas destaca Pepica Celda, una mujer que, incluso en una edad muy avanzada, mantuvo viva una determinación casi inquebrantable: recuperar los restos de su padre, fusilado tras la guerra, para poder enterrarlos junto a los de su madre. Su historia no es simbólica ni metafórica: es una historia real, documentada, que representa a miles de familias españolas que durante décadas convivieron con la ausencia, la incertidumbre y la imposibilidad de despedirse de sus muertos.

Pepica es retratada como algo más que una víctima del pasado. En la obra se convierte en un símbolo de la perseverancia de quienes nunca dejaron de buscar justicia. A pesar de los años y del desgaste del tiempo, no renunció a su objetivo: devolver a su padre al lugar que le correspondía, junto a su familia. Su lucha demuestra que la memoria histórica no se sostiene solo en archivos o discursos políticos, sino en la obstinación íntima de quienes se negaron a aceptar el olvido.

Junto a ella aparece otra figura fundamental de esta historia real: Leoncio Badía, un maestro republicano que, tras la guerra, fue obligado a trabajar como sepulturero. Desde esa posición impuesta por las circunstancias, Badía protagonizó una forma silenciosa de resistencia. Arriesgando su propia vida, intentó preservar la dignidad de los cuerpos enterrados en las fosas comunes y, siempre que podía, ayudaba a las familias a identificar o localizar a sus seres queridos.

La historia de Leoncio Badía resulta especialmente conmovedora porque muestra cómo, incluso en los momentos más oscuros, hubo personas que se negaron a aceptar la deshumanización de los vencidos. Su labor como sepulturero de “los suyos” fue un gesto de dignidad en medio de la represión y el miedo. Gracias a testimonios y documentos históricos, la obra reconstruye su figura con un respeto absoluto hacia su memoria.

El trabajo de investigación de Rodrigo Terrasa es uno de los pilares de la novela gráfica. La obra está construida sobre una sólida base documental que combina archivos, entrevistas y reconstrucción histórica. Este rigor permite que el relato tenga una fuerza reveladora poco habitual, hasta el punto de que la lectura resulta, en muchos momentos, más esclarecedora que numerosos documentales sobre el tema.

La obra también aborda el contexto político y social que rodeó durante décadas la búsqueda de los desaparecidos. En particular, se menciona la importancia de la Ley de Memoria Histórica de 2007, que permitió a muchas familias iniciar procesos de exhumación para recuperar los restos de sus familiares. Durante años, mientras las víctimas del bando franquista habían podido recibir sepultura y reconocimiento, miles de republicanos permanecieron enterrados en fosas comunes sin identificación.

La aprobación de esta ley supuso para muchas familias una oportunidad tardía de cerrar heridas. Gracias a ella, comenzaron a abrirse fosas y a recuperarse cuerpos que llevaban más de setenta años esperando ser reconocidos. En ese contexto, la historia de Pepica adquiere una dimensión aún más conmovedora. Tras toda una vida de lucha, logró finalmente recuperar los restos de su padre.

El momento en que su objetivo se cumple no se presenta como un triunfo heroico, sino como un acto profundamente humano: devolver a un padre a su familia. Pepica tuvo la fortuna de ver cumplido ese deseo en los últimos años de su vida, algo que muchas otras familias nunca pudieron experimentar.

Desde el punto de vista artístico, Paco Roca vuelve a demostrar por qué es una de las voces más importantes de la novela gráfica española contemporánea. Su estilo, sobrio y reconocible, evita el dramatismo excesivo y apuesta por una narración visual clara y directa. El uso de flashbacks permite alternar pasado y presente con naturalidad, sumergiendo al lector en la historia sin perder nunca el hilo narrativo.

Las viñetas están construidas con una sensibilidad especial hacia los silencios y los gestos. Muchas veces son las miradas, los paisajes o los espacios vacíos los que transmiten la emoción de la historia. Esta contención narrativa resulta especialmente efectiva para abordar temas tan delicados como el duelo, la memoria o la dignidad de los muertos.

En última instancia, El abismo del olvido funciona como una recapitulación de algunos de los episodios más oscuros de la historia reciente de España. Pero, sobre todo, da voz a quienes durante décadas fueron obligados a callar: las viudas, las madres, las hijas y las familias que vivieron marcadas por la ausencia. Mujeres a las que se les negó incluso el derecho a llorar públicamente a sus seres queridos.

Por eso esta novela gráfica no es solo una obra sobre el pasado, es también una advertencia sobre el presente. Recordar no significa reabrir heridas, sino reconocerlas para que no vuelvan a repetirse. El olvido, en cambio, puede convertirse en una forma de injusticia prolongada.

El abismo del olvido es, en definitiva, una obra dura, profundamente conmovedora y necesaria. Una lectura que interpela al lector y le obliga a mirar de frente una parte de la historia que durante demasiado tiempo permaneció enterrada. Paco Roca y Rodrigo Terrasa no solo han creado una novela gráfica de gran valor artístico: han construido también un homenaje a las víctimas y a quienes nunca dejaron de buscarlas.

Y quizá ahí reside su mayor importancia: en recordarnos que, mientras estas historias reales sigan contándose, el olvido nunca podrá imponerse del todo.

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Hierba: la memoria silenciada de las mujeres de consuelo.

Cambiar de género literario a veces nos permite acercarnos a historias que, de otro modo, quizá nunca leeríamos. Hierba, la novela gráfica de la autora surcoreana Keum Suk Gendry-Kim, publicada en España por Reservoir Books, es uno de esos libros que no solo cuentan una historia: obligan al lector a mirar de frente un capítulo incómodo del pasado.

En este caso, la obra se centra en las mujeres de consuelo coreanas, víctimas de la explotación sexual sistemática organizada por el ejército imperial japonés durante la primera mitad del siglo XX. A través de una historia individual, la autora reconstruye el sufrimiento de miles de mujeres que durante décadas quedaron sepultadas bajo el silencio.

La protagonista de Hierba es una de esas mujeres. Su vida, marcada por la pobreza desde la infancia, termina cruzándose con uno de los episodios más brutales de la ocupación japonesa de Corea. Durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército japonés estableció una red de burdeles militares donde miles de mujeres —muchas de ellas coreanas— fueron obligadas a servir como esclavas sexuales para los soldados. A estas mujeres se las denominó “mujeres de consuelo”, un eufemismo que suaviza una realidad profundamente violenta. Muchas fueron engañadas con promesas de trabajo, otras directamente secuestradas. La mayoría eran adolescentes. Muchas nunca regresaron a sus hogares y las que sobrevivieron cargaron durante décadas con el peso del estigma social, el trauma y el abandono institucional.

Hierba narra precisamente la vida de una de esas supervivientes coreanas, llamada Ok-sun, basándose en testimonios reales recogidos durante años. El relato no busca representar la guerra en su dimensión militar, sino en su dimensión humana: el modo en que la violencia histórica se incrusta en la vida de una persona y la transforma para siempre.

Lo más impactante de la obra es que, pese a tratar un tema tan brutal, la autora evita en todo momento el sensacionalismo. El dolor aparece retratado con una enorme sobriedad. Los trazos de Gendry-Kim son simples, casi austeros, pero tremendamente expresivos. Los fundidos a negro, los silencios entre viñetas y la economía de líneas consiguen transmitir el peso emocional de la historia sin necesidad de mostrar explícitamente la violencia. Esa decisión estética es, probablemente, una de las grandes virtudes de la obra. En lugar de recrearse en el sufrimiento, la autora deja espacio al lector para comprenderlo. El silencio se convierte en una herramienta narrativa tan poderosa como las palabras.

Por su parte, Ok-sun no es una heroína en el sentido tradicional del término. No hay épica en su vida, sino supervivencia. Su historia es la de una mujer que intenta seguir viviendo después de haber sido atravesada por la violencia, el abandono y la humillación. La lucha de estas mujeres coreanas por el reconocimiento y las disculpas oficiales del gobierno japonés sigue vigente. Aún hoy sigue siendo un tema sensible en las relaciones entre Corea y Japón. Muchas supervivientes reclamaron justicia hasta el final de sus vidas. Algunas lograron contar su historia públicamente; otras murieron sin haber recibido nunca un simple mensaje de arrepentimiento.

En ese sentido, la lectura de Hierba inevitablemente invita a pensar en otros procesos de memoria histórica. En España, por ejemplo, la entrada en vigor de la Ley de Memoria Histórica en 2007 abrió el camino para la exhumación de fosas comunes de la Guerra Civil y la dictadura franquista. Aquella ley supuso un intento de reconocer públicamente a quienes habían sido enterrados en el olvido durante décadas. Sin embargo, como sucede en la historia de la protagonista de Hierba, muchas víctimas nunca llegaron a ver justicia. Algunas fueron olvidadas por haber sido republicanas. Otras, simplemente, por haber sido mujeres.

La memoria histórica siempre llega tarde para alguien.

Uno de los aspectos más desgarradores del libro es precisamente ese: el modo en que el mundo sigue avanzando mientras las víctimas permanecen atrapadas en el pasado. La protagonista de Hierba parece moverse por la vida con la sensación de no haber conocido nunca algo tan simple como la felicidad. No porque no lo desee, sino porque la historia se lo arrebató demasiado pronto.

Gendry-Kim construye este retrato con una enorme sensibilidad. A lo largo de la novela gráfica, el lector va descubriendo no solo los acontecimientos traumáticos de la vida de la protagonista, sino también su infancia, sus sueños y la forma en que poco a poco todo eso fue desapareciendo.

La obra termina funcionando como algo más que una biografía ilustrada. Es un acto de memoria.

En lo formal, Hierba demuestra también el enorme potencial narrativo de la novela gráfica. El uso del blanco y negro, los contrastes, los espacios vacíos y los silencios visuales crean una atmósfera que acompaña perfectamente el relato. Cada página parece respirar con la historia. La sencillez del trazo no es pobreza estética, sino todo lo contrario: una decisión consciente que permite que el peso emocional recaiga en la experiencia humana. El lector no se distrae con artificios visuales; permanece dentro de la historia.

Otro aspecto importante es la dimensión divulgativa del libro. Obras como Hierba cumplen una función fundamental en el presente: rescatar historias que durante mucho tiempo quedaron fuera del relato oficial. La historia de las mujeres de consuelo coreanas no siempre ha sido conocida fuera de Asia, y sin embargo constituye uno de los episodios más dolorosos del siglo XX.

La novela gráfica se convierte aquí en una herramienta de memoria y de educación histórica. Leerla no es solo una experiencia literaria; también es un acto de reconocimiento.

En definitiva, Hierba es una obra profundamente conmovedora y necesaria. La autora Keum Suk Gendry-Kim consigue construir un relato desgarrador sin caer en el morbo, apoyándose en una narrativa visual sobria y poderosa.

La historia de las mujeres de consuelo coreanas sigue siendo una herida abierta en la memoria histórica de Asia. Libros como este permiten que esas voces, durante tanto tiempo silenciadas, vuelvan a ser escuchadas.

Porque la memoria, como la hierba que da título a la obra, siempre encuentra la forma de crecer incluso en los terrenos más devastados.

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«Piranesi» de Susanna Clarke: El eco infinito de los laberintos

¿Qué nos atrae tanto de los laberintos? ¿Por qué esa fascinación casi primitiva por los espacios cerrados, los corredores interminables y las arquitecturas imposibles que parecen diseñadas no para orientarnos, sino para perdernos? Tal vez porque el laberinto no es solo un lugar físico, sino una metáfora del pensamiento, de la memoria y de la identidad. En Piranesi, de Susanna Clarke, regresamos simbólicamente a la guarida del Minotauro, pero lo hacemos desde una perspectiva radicalmente distinta: no como víctimas, ni como héroes armados, sino como testigos de una mente que habita el enigma con naturalidad.

El protagonista —que se hace llamar Piranesi— vive en lo que denomina simplemente la Casa. No sabemos dónde está, ni qué es exactamente, ni cuáles son sus límites reales. Solo sabemos que se trata de una estructura colosal, una especie de mansión infinita formada por salas interminables, estatuas innumerables, columnas, escaleras y mareas que suben y bajan con un ritmo casi sagrado. Es un mundo cerrado, cercado y, sin embargo, vastísimo. Un espacio tan opresivo como sublime.

Piranesi no parece angustiado por su situación. Muy al contrario: la acepta con serenidad. Dedica sus días a estudiar la Casa, a registrar en diarios minuciosos cada detalle que observa, cada cambio en las mareas, cada estatua, cada osamenta humana que encuentra dispersa por las salas. Hay en su mirada una inocencia luminosa, una candidez que contrasta profundamente con el escenario en el que vive. Para él, la Casa no es una prisión, sino un universo digno de veneración.

Solo hay otra presencia humana en ese mundo: alguien a quien llama el Otro. Este personaje introduce una tensión sutil pero constante. El Otro parece tener objetivos concretos, intereses ocultos, búsquedas que trascienden la contemplación reverente del protagonista. Y es en esa diferencia donde comienza a abrirse una grieta en la aparente calma de la narración.

Porque si algo define la escritura de Susanna Clarke es su capacidad para instalar al lector en una posición de desventaja. Sabemos lo mismo que Piranesi. Vemos lo que él ve. Creemos lo que él cree. Sin embargo, a diferencia de él, intuimos el peligro. Percibimos que algo no encaja, que esa armonía perfecta tiene fisuras invisibles. La autora juega con nuestra percepción con una maestría inquietante: la extrañeza se filtra lentamente, como la marea que inunda las salas inferiores de la Casa.

Clarke se mueve con soltura en el territorio de lo bizarro, pero no desde la extravagancia gratuita, sino desde la precisión atmosférica. No necesita grandes giros ni sobresaltos estridentes para generar inquietud. La tensión nace del silencio, de la repetición, de la rutina cuidadosamente descrita. El lector empieza a sospechar que ese mundo no es lo que parece mucho antes de que la narración lo confirme.

Es imposible no tomarle cariño a Piranesi. Su bondad es desarmante. La forma en que honra a los muertos cuyos esqueletos encuentra, el respeto casi religioso con el que nombra las salas, su gratitud constante hacia la Casa… Todo en él irradia una humanidad limpia, ajena a la malicia. Esa pureza emocional convierte la lectura en una experiencia profundamente empática. Y cuando la historia comienza a tornarse más cercana al thriller psicológico, la angustia se intensifica.

Porque sí: aunque Piranesi se inscribe dentro del género fantástico, su estructura evoluciona hacia el misterio y la intriga con una sutileza admirable. Lo que en un principio parece una ensoñación filosófica se transforma progresivamente en la exploración de un secreto. ¿Qué es realmente la Casa? ¿Quién es Piranesi? ¿Qué ocurrió antes de que comenzaran sus diarios? Cada respuesta abre nuevas preguntas, y el lector se encuentra tan perdido como cualquier visitante que intentara adentrarse en ese edificio infinito.

Uno de los mayores logros de la novela es su capacidad para combinar géneros sin fracturarse. Clarke entrelaza fantasía, filosofía, ciencia, terror y psicología con una naturalidad sorprendente. No se pierde el hilo en ningún momento, a pesar de que las entradas del diario —forma narrativa elegida— podrían haber fragmentado el ritmo. Al contrario: esa estructura episódica refuerza la sensación de laberinto textual. Cada anotación es como una sala más que exploramos, con la incertidumbre de no saber qué encontraremos tras la siguiente puerta.

Hay ecos evidentes del mito del Minotauro, pero también resonancias de Borges, de la literatura metafísica, incluso de cierta tradición gótica que convierte el espacio arquitectónico en reflejo del estado mental. La Casa es un personaje más. Respira, se inunda, se ilumina, se oscurece. Es amenaza y refugio al mismo tiempo. Y en esa ambigüedad radica su poder simbólico.

Lo verdaderamente inquietante es que, a medida que avanzamos, comprendemos que el aislamiento no es solo físico. Es también un aislamiento narrativo. A Piranesi le falta historia. Le falta pasado. Su identidad está erosionada, reducida a la contemplación del presente. Y cuando el pasado comienza a emerger, lo hace como una marea peligrosa que amenaza con desestabilizar la paz cuidadosamente construida.

La prosa de Clarke es elegante, precisa, casi quirúrgica. No abusa de adornos innecesarios, pero logra construir imágenes mentales de una nitidez extraordinaria. Es fácil visualizar las estatuas colosales, los pasillos inundados, las escaleras que se pierden en la bruma. La Casa adquiere una dimensión casi cinematográfica. No resulta descabellado imaginar una adaptación audiovisual que se atreva a trasladar ese universo a la pantalla, aunque el verdadero desafío sería capturar su atmósfera introspectiva sin traicionar su esencia.

Lo fascinante es que, pese a la densidad conceptual, la novela nunca se vuelve inaccesible. Clarke dosifica la información con inteligencia, permite que el lector intuya, sospeche, reconstruya. No subestima nuestra capacidad de interpretación, pero tampoco nos abandona en el caos. Hay un equilibrio delicado entre misterio y revelación que mantiene la atención de principio a fin.

En última instancia, Piranesi no es solo una historia sobre un hombre atrapado en un laberinto arquitectónico. Es una reflexión sobre la memoria, la identidad y la necesidad de significado. Sobre cómo construimos nuestra realidad a partir de los fragmentos que recordamos —o que decidimos olvidar—. Y sobre el poder de la imaginación para convertir el encierro en trascendencia.

Quizá eso explique nuestra fascinación por los laberintos. No porque queramos escapar de ellos, sino porque intuimos que, en su centro, siempre hay algo que nos revela quiénes somos realmente.

Piranesi es una obra delicada y perturbadora, filosófica y emocionante, extraña y profundamente humana. Una novela que demuestra que la fantasía puede ser un vehículo para explorar las zonas más íntimas de la conciencia sin necesidad de artificios grandilocuentes.

Muy recomendable.

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Lo ético en una adaptación: cuando el arte olvida su responsabilidad. ¿Qué está pasando con Cumbres Borrascosas?

Aprovechando la reciente y polémica adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas dirigida por Emerald Fennell, considero necesario exponer mi punto de vista como comunicadora audiovisual que dedicó su tesis al estudio de las adaptaciones literarias en el cine y en el teatro. Más allá de los gustos personales, del éxito comercial o del impacto mediático, existe un debate de fondo que rara vez se aborda con la profundidad que merece: la ética en la adaptación artística.

¿Por qué ha surgido un rechazo tan generalizado hacia esta película protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi? Los defensores de la cinta suelen atribuir las críticas al fanatismo de los lectores de la novela original, acusándolos de un excesivo apego al texto y de una resistencia casi dogmática ante cualquier reinterpretación. Sin embargo, reducir el debate a una mera cuestión de fidelidad superficial es una simplificación peligrosa. No estamos hablando solo de cambiar escenas, actualizar diálogos o adaptar ritmos narrativos al lenguaje cinematográfico: hablamos de vaciar por completo el sentido de una obra y transformarla en algo radicalmente opuesto, conservando únicamente su nombre como reclamo comercial.

Aquí es donde la cuestión ética cobra especial relevancia. Cuando se adapta una obra literaria, no solo se trabaja con una historia: se dialoga con el pensamiento, la crítica social y la sensibilidad de su autor. En el caso de Cumbres borrascosas, la novela de Emily Brontë, la transformación es tan extrema que apenas queda rastro del espíritu original. No se trata simplemente de reinterpretar, sino de desmantelar por completo la crítica que Brontë construyó, para ofrecer, en su lugar, una lectura edulcorada, romántica y profundamente distorsionada.

Porque Cumbres borrascosas no es una historia de amor. Mucho menos una exaltación de la pasión romántica o una explosión de erotismo narrativo. Es un relato oscuro, áspero, incómodo, donde el amor se presenta como una fuerza destructiva, obsesiva y profundamente tóxica. Heathcliff y Catherine no son amantes trágicos idealizados, sino personajes atravesados por el resentimiento, la frustración social, el abandono y la violencia emocional. Convertir su relación en un romance apasionado no es reinterpretar: es traicionar el núcleo conceptual de la obra.

La novela de Brontë es, ante todo, una crítica feroz a las estructuras sociales, al clasismo, a la opresión emocional y al modo en que los entornos hostiles deforman la identidad. Es un estudio psicológico adelantado a su tiempo, una obra incómoda que desmitifica la idea del amor redentor. Sin embargo, esta adaptación cinematográfica parece optar por el camino contrario: estetizar el sufrimiento, embellecer la violencia emocional y romantizar lo que en el texto original es perturbador.

El problema no radica únicamente en el cambio, sino en el mensaje que se transmite al espectador. Cuando se altera de manera tan profunda el sentido de una obra, se corre el riesgo de generar una lectura completamente errónea de su propósito. El espectador que no conozca la novela saldrá del cine creyendo haber visto una historia romántica intensa, cuando en realidad ha sido privado de la complejidad moral, psicológica y social que convirtió a Cumbres borrascosas en un clásico.

Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿dónde queda lo ético?

La ética en la adaptación no consiste en copiar palabra por palabra el texto original. El cine es un medio distinto, con códigos propios, limitaciones temporales, exigencias comerciales y un público heterogéneo. Es lógico y necesario modificar, sintetizar, reorganizar e incluso reinterpretar. Nadie cuestiona la legitimidad de estas transformaciones. Lo problemático aparece cuando el proceso deja de ser una adaptación para convertirse en una apropiación oportunista.

Resulta legítimo inspirarse en una obra, tomar su atmósfera, su esencia o ciertos elementos narrativos para construir algo nuevo. Lo que no parece éticamente defendible es utilizar el título y la fama de una novela para vender un producto que apenas guarda relación con ella. En ese punto, el cine deja de dialogar con la literatura y comienza a explotarla.

No es una cuestión de purismo, sino de honestidad intelectual. Si una historia solo comparte dos minutos de similitud con una novela de dos horas de metraje, ¿es justo seguir llamándola adaptación? ¿No sería más honesto presentarla como una obra inspirada libremente en ciertos elementos? Llamarla Cumbres borrascosas implica asumir una responsabilidad narrativa, cultural y simbólica que esta película parece eludir.

Además, existe un fenómeno especialmente preocupante: la romantización de recuerdos adolescentes. Adaptar una obra basándose más en lo que se sintió al leerla a los catorce años que en su lectura adulta y crítica es una práctica peligrosa. La emoción inicial, intensa y visceral, no siempre coincide con la complejidad real del texto. Construir una película a partir de ese recuerdo idealizado suele desembocar en versiones simplificadas, estéticamente atractivas, pero conceptualmente vacías.

La belleza visual, el cuidado estético o la fotografía deslumbrante no pueden funcionar como coartada para justificar la pérdida de profundidad narrativa. Una película puede ser hermosa y, al mismo tiempo, profundamente vacía. Y en este caso, el resultado parece ser un cascarón visualmente impactante, pero históricamente poco riguroso y conceptualmente contradictorio.

Por supuesto, el mercado cinematográfico es feroz. Las productoras necesitan títulos reconocibles, nombres potentes y marcas culturales consolidadas. Adaptar clásicos garantiza visibilidad, interés mediático y un público potencial amplio. Sin embargo, este contexto económico no debería servir como excusa para desdibujar el legado cultural de una obra hasta convertirlo en irreconocible.

La adaptación responsable implica comprender profundamente el texto original, identificar su núcleo conceptual y trasladarlo al nuevo medio con respeto, aunque se modifiquen estructuras, personajes o contextos. Cambiar no es traicionar. Vaciar de sentido, sí.

Este debate recuerda inevitablemente al dilema filosófico del barco de Teseo: si reemplazamos todas las piezas de un barco, una a una, ¿sigue siendo el mismo barco? Si transformamos completamente los personajes, el tono, el mensaje, la intención y el conflicto central de una obra, ¿sigue siendo la misma historia solo porque conserva el título?

El problema es que, en el ámbito cultural, el nombre tiene un poder enorme. Funciona como garantía, como promesa y como contrato implícito con el espectador. Cuando ese contrato se rompe, no estamos ante una simple decepción artística, sino ante una quiebra ética.

No se trata de oponerse al riesgo creativo, ni de exigir adaptaciones literales. Se trata de reclamar honestidad narrativa y respeto cultural. El arte tiene derecho a reinterpretar, pero también tiene la responsabilidad de no tergiversar hasta el punto de borrar la intención original. Porque cuando se reescribe el mensaje de un clásico, no solo se transforma una historia: se altera la manera en que generaciones futuras entenderán esa obra.

Adaptar es dialogar. No imponer. Es escuchar al texto, no silenciarlo. Y quizás ahí radica el verdadero conflicto: en un mercado dominado por la estética, la inmediatez y el impacto, la escucha profunda se ha vuelto un acto casi revolucionario.

Tal vez haya llegado el momento de replantearnos no solo cómo adaptamos, sino por qué adaptamos. Y, sobre todo, qué responsabilidad asumimos al hacerlo

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Agnes Grey: la revolución silenciosa de lo cotidiano

Tras el inminente estreno de la nueva adaptación de Cumbres Borrascosas, me tomo un momento para reivindicar quizá la obra menos conocida —y, sin embargo, más honesta y reveladora— de las hermanas Brontë: Agnes Grey, de Anne Brontë. Una novela discreta, íntima y profundamente humana, que no necesita de grandes giros ni villanos memorables para dejar una huella duradera en quien se adentra en sus páginas.

Anne Brontë fue, durante mucho tiempo, la hermana injustamente eclipsada. Charlotte y Emily acapararon la atención con obras de gran potencia emocional y dramática, mientras que Anne optó por un camino mucho más sobrio, realista y, en cierto modo, valiente. Su vida estuvo marcada por la precariedad, la enfermedad y la observación constante del sufrimiento ajeno. Hija de un clérigo anglicano, creció en un entorno austero, donde el peso de la moral, la religión y el deber era omnipresente. Tanto ella como sus hermanas trabajaron como institutrices, una experiencia que influyó decisivamente en la concepción de Agnes Grey. No es casual que la novela respire verdad en cada una de sus páginas: Anne no escribe desde la imaginación, sino desde la vivencia directa, desde la observación minuciosa de un mundo rígido, clasista y profundamente injusto con las mujeres sin recursos.

Y es precisamente ahí donde radica una de las grandes virtudes de esta obra: su poderosa crítica social. Agnes Grey pone el foco en el trato recibido por las institutrices, figuras atrapadas en una tierra de nadie. Demasiado cultas para ser consideradas sirvientas, pero sin el estatus suficiente para ser tratadas como miembros de la familia, viven sometidas a una constante humillación silenciosa. Anne retrata con una lucidez demoledora la soledad, la frustración y el desgaste emocional que conlleva este trabajo, despojándolo de cualquier romanticismo.

La novela sigue la vida de Agnes, una joven sensible, inteligente y con firmes convicciones morales, que decide trabajar como institutriz para aliviar la precaria situación económica de su familia. Su llegada a la primera casa, llena de ilusión y esperanza, pronto choca con una realidad amarga: niños maleducados, padres indulgentes hasta la negligencia, y un ambiente donde el clasismo y la soberbia marcan cada gesto. Allí, Agnes aprende a golpes que la bondad y la paciencia no siempre encuentran recompensa, y que la educación, cuando se vacía de valores, se convierte en un mero instrumento de estatus.

Posteriormente, su paso a una segunda familia supone un ligero alivio, aunque no una liberación completa. La protagonista va madurando, tanto como mujer como profesional, desarrollando una mirada más firme, menos ingenua, pero sin perder nunca su integridad. Ese crecimiento interior es, sin duda, uno de los grandes aciertos de la novela. Agnes no es una heroína grandilocuente; es una joven corriente, con miedos, dudas y contradicciones, que lucha por conservar su dignidad en un entorno que constantemente la menosprecia.

A diferencia de otras novelas victorianas, aquí no hay grandes villanos ni escenas diseñadas para contener el aliento. No hay duelos emocionales, ni pasiones arrebatadas, ni tragedias desbordadas. Y, sin embargo, el interés no decae. Anne Brontë logra algo mucho más difícil: mantenernos atrapados en la calma, en lo cotidiano, en los pequeños gestos que van construyendo una vida. Podríamos decir, sin temor a exagerar, que Agnes Grey se adelanta a lo que hoy llamaríamos literatura cozy: una narración que abriga, que reconforta, que nos invita a habitar un mundo donde la emoción surge de la observación atenta y del pulso constante de lo humano.

El ritmo de la historia es pausado, casi confesional. Acompañamos a Agnes a lo largo de una parte importante de su vida, como si leyéramos fragmentos de su diario más íntimo. Esa cercanía genera un vínculo especial entre lectora y protagonista, una complicidad que se va tejiendo página a página. No necesitamos que ocurra nada extraordinario para seguir leyendo; nos basta con su voz, honesta, clara y serena.

Uno de los ejes más interesantes de la novela es la crítica al sistema social de castas imperante en la Inglaterra victoriana. Anne muestra, sin estridencias, cómo el estatus social se impone sobre la felicidad, la empatía y los valores humanos. Los niños malcriados que Agnes debe educar no son más que el reflejo de unos padres negligentes, obsesionados con las apariencias y el poder, incapaces de inculcar principios básicos de respeto y compasión. El resultado es un retrato social incómodo, pero profundamente certero.

El ámbito religioso atraviesa toda la obra de forma natural, no como imposición dogmática, sino como parte esencial del universo moral de la protagonista. La fe de Agnes no es rígida ni asfixiante, sino un sostén interior, una guía ética que la ayuda a mantenerse firme en sus convicciones. Este trasfondo cobra especial relevancia en su historia de amor con el vicario Weston, una relación construida desde la admiración mutua, la ternura y la complicidad espiritual. Lejos de las pasiones tormentosas tan habituales en la literatura romántica de la época, este romance se desarrolla con una delicadeza exquisita, ofreciendo un retrato del amor sereno, paciente y profundamente respetuoso. Es una historia preciosa, que crece despacio, casi sin que nos demos cuenta, y que mantiene al lector atento, con el corazón templado y expectante.

Mención aparte merece el personaje de Rosalie, quizá uno de los más complejos y trágicos de la novela. Joven, rica, hermosa y consciente de su poder, juega con los sentimientos ajenos como quien se entretiene con un pasatiempo inocente. Sin embargo, su destino acaba siendo una jaula dorada. La libertad que tuvo al alcance de la mano, junto a un hombre de clase inferior pero auténticamente enamorado, se desvanece bajo el peso de las convenciones sociales. Rosalie termina atrapada en un matrimonio que detesta, víctima de las mismas normas que antes utilizaba a su favor. Anne construye así un arco narrativo que va del rechazo a la compasión, revelando cómo incluso los personajes más frívolos son, en última instancia, prisioneros de un sistema que no permite desviaciones.

Y si hay una figura que brilla con especial fuerza, esa es la madre de Agnes. Mujer firme, valiente e independiente, que prioriza la dignidad y el bienestar emocional por encima de la seguridad económica, representa uno de los retratos femeninos más avanzados de su tiempo. En un mundo hostil para las mujeres, ella se erige como ejemplo de integridad y fortaleza, ofreciendo a su hija un modelo de vida basado en el respeto propio y la coherencia moral.

Agnes Grey es, en esencia, una obra sencilla, pero no simple. Bajo su aparente modestia se esconde una profunda reflexión sobre la identidad, el trabajo, la dignidad femenina y las estructuras sociales que perpetúan la desigualdad. Es un espejo fiel de su época, pero también un texto sorprendentemente actual. La precariedad laboral, el desprecio hacia ciertas profesiones, la lucha por mantener la integridad en entornos adversos, siguen resonando hoy con inquietante claridad.

Puede que no tenga la intensidad arrolladora de Cumbres Borrascosas ni el romanticismo combativo de Jane Eyre, pero posee algo igual de valioso: una verdad serena, honesta, que se instala en el lector y permanece. Leer Agnes Grey es sentarse junto al fuego en una tarde de invierno, escuchar una historia contada en voz baja y dejarse envolver por su calidez. Una novela que no busca deslumbrar, sino acompañar, y que precisamente por eso se convierte en una experiencia tan profundamente reconfortante como inolvidable.

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Cumbres borrascosas: el amor como obsesión, la venganza como herencia

Podríamos quedarnos enumerando todos los puntos que alejan Cumbres borrascosas de la novela romántica tal y como suele entenderse, pero me parece más honesto y acertado situarla directamente en otro lugar: el del drama psicológico, la obsesión y la venganza. Porque si algo hace Emily Brontë en su única novela es dinamitar cualquier expectativa de amor idealizado para ofrecernos, en su lugar, un relato incómodo, feroz y profundamente humano.

Antes de entrar en la obra, resulta casi inevitable preguntarse por la historia que hay detrás de su creación. Hablar de Cumbres borrascosas es hablar también de las hermanas Brontë y de unas vidas marcadas por la tragedia, el aislamiento y la pérdida. Emily, Charlotte y Anne crecieron en un entorno severo, con una madre ausente desde muy pronto y un hermano brillante pero consumido por las adicciones. En ese contexto opresivo, la escritura se convirtió en refugio y en forma de resistencia. No es casual que las tres publicaran bajo seudónimos masculinos: Currer, Ellis y Acton Bell. Era la única manera de que sus obras —Jane Eyre, Agnes Grey y la novela que nos ocupa— fueran leídas sin el prejuicio inmediato hacia la autoría femenina.

Cumbres borrascosas, firmada por Ellis Bell, no fue bien recibida en su momento. Se la acusó de carecer de decoro cristiano, de presentar personajes moralmente reprobables y de regodearse en emociones violentas. Y, sin embargo, esa fue precisamente su mayor virtud: Emily Brontë no escribió para tranquilizar al lector, sino para enfrentarlo a lo que no quería ver.

Lo que diferencia esta novela de muchas de sus coetáneas no es solo la ausencia de un amor idílico —prácticamente inexistente— sino su acercamiento a un romanticismo mucho más oscuro, casi primitivo, que renuncia a cualquier concesión al consuelo. Aquí no hay promesas de redención ni finales edificantes. Hay rencor, dependencia emocional, violencia heredada y una pasión que no salva, sino que devora.

Quizá por eso Cumbres borrascosas sigue incomodando tanto. Lo hizo en su tiempo, dejando a los lectores helados en sus casas, y lo hace hoy, cuando la admiramos como la obra maestra que es. Incomoda porque rompe con los arquetipos literarios clásicos: no hay héroes, solo personajes profundamente dañados que, en ocasiones, encarnan el rol de víctima sin dejar de ser verdugos. No busquemos aquí atisbos de redención ni castigos ejemplares. Emily Brontë no juzga; expone.

El personaje de Heathcliff es, sin duda, uno de los más complejos y perturbadores de la literatura universal. Su motor vital no es únicamente el odio, sino la satisfacción que encuentra en la venganza. En ese sentido, recuerda lejanamente a Edmond Dantès en El conde de Montecristo, no por el desarrollo de la historia, sino por la fuerza que impulsa su destino. Sin embargo, donde Dantès conserva una cierta legitimidad moral, Heathcliff se mueve en un terreno mucho más turbio, dominado por la obsesión y el resentimiento.

¿Quiere esto decir que no existe amor entre Cathy y Heathcliff? Aquí entramos en un terreno inevitablemente subjetivo. ¿Qué es el amor para cada lector? ¿Existe el destino? ¿Hay almas destinadas a encontrarse, en esta vida o en otra? Emily Brontë deja estas preguntas abiertas y se niega a ofrecer respuestas cerradas. En mi lectura, el vínculo entre ambos está marcado por una toxicidad emocional que los alimenta y los mantiene vivos, como un fuego que se aviva constantemente con carbón, aun sabiendo que acabará consumiéndolo todo.

Esa relación no es el fin último de la novela, sino el detonante de algo mayor: un desarrollo demoledor y destructivo que no busca heredar únicamente una mansión, sino convertir Cumbres borrascosas en un contenedor de traumas generacionales. La casa no es solo un escenario; es un símbolo, un espacio donde el dolor se transmite, se enquista y se perpetúa.

Reconozco —y aquí entra una parte más personal de mi lectura— que la primera mitad de la obra me mostró una resistencia considerable. La rudeza extrema de los personajes, la acumulación de conflictos y la violencia emocional constante llegaron a saturarme. Todo parecía un exceso de barbarie cuyo sentido último no terminaba de comprender. Sin embargo, a medida que el plan narrativo se despliega ante el lector, la concepción de la novela da un giro y revela su verdadera naturaleza. Nada es gratuito; todo está orientado hacia un desenlace que resignifica el sufrimiento previo.

Mención especial merece la estructura narrativa, uno de los grandes aciertos de la obra. La historia comienza prácticamente cuando ya está acabada, con la llegada del señor Lockwood a Cumbres. A partir de ahí, Nelly Dean actúa como narradora de unos hechos que ha presenciado durante años, aportando una voz aparentemente cercana y fiable, aunque no exenta de matices y silencios. Esta combinación de perspectivas, junto con el cierre en tiempo presente, dota a la novela de un tono casi fantasmal, rozando lo lírico, que refuerza su atmósfera opresiva y su ambigüedad moral.

Cumbres borrascosas es, en definitiva, una obra a la que hay que rendirse por completo, sin exigirle consuelo ni mostrarle resistencia. Exige una lectura con la mente y el corazón abiertos, dispuestos a aceptar que no todas las historias están hechas para agradar, ni todos los sentimientos para redimir. Emily Brontë escribió una novela incómoda, feroz y adelantada a su tiempo, y quizá por eso sigue siendo tan necesaria hoy.

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¿Dónde se nos fue la atención? Arte, ocio y la dificultad de detenernos.

Recuerdo a mi yo de niña esperando, casi religiosamente, el episodio diario de mi serie favorita. También a mi yo adolescente devorando una saga de cuatro libros en un solo fin de semana, sin sentir cansancio, sin mirar el reloj, sin la necesidad constante de estímulos paralelos. Hoy, cuando pienso en el ocio, la palabra que más se repite no es disfrute, sino estrés. La sensación de no tener tiempo suficiente parece haberse instalado incluso en aquello que debería servir precisamente para lo contrario: descansar.

Pero ¿ese es realmente el problema? ¿La falta de tiempo? ¿O hay algo más profundo ocurriendo en nuestra manera de consumir arte y entretenimiento?

Cada vez es más habitual escuchar a personas decir que no consiguen mantener la atención al ver una película, que abandonan series a mitad de capítulo o que necesitan mirar el móvil constantemente mientras leen, escuchan música o incluso conversan. Las series actuales, con capítulos cada vez más largos y narrativas pensadas para el consumo continuado, lejos de facilitar la atención, parecen exigir un esfuerzo que muchos sienten que ya no pueden sostener.

Existe una ansiedad previa al consumo cultural que antes no estaba tan presente: la idea de “encerrarse” durante dos horas en una sala de cine sin saber si la película merecerá la pena genera rechazo. ¿De dónde nace ese miedo? ¿Es el temor a perder el tiempo? ¿Tiempo para qué exactamente? ¿O es, más bien, la incapacidad creciente de sostener la atención sin estímulos constantes?

Diversos estudios recientes apuntan a una disminución generalizada de la capacidad de atención sostenida, especialmente en entornos urbanos y digitalizados. Factores como el estrés crónico, la sobreexposición a pantallas, el consumo constante de contenidos breves y altamente estimulantes —redes sociales, vídeos cortos, notificaciones— influyen directamente en la manera en que nuestro cerebro procesa la información. No se trata únicamente de distracción: es una reconfiguración de nuestros hábitos cognitivos.

Vivimos entrenados para la interrupción. Cada notificación, cada desplazamiento de pantalla, cada estímulo nuevo nos enseña a abandonar rápidamente aquello que no produce una recompensa inmediata. El problema aparece cuando trasladamos ese mismo patrón al arte, que rara vez ofrece gratificación instantánea. El arte exige tiempo, espera, atención, incluso aburrimiento. Y eso, hoy, resulta incómodo.

El cine, la música, la pintura o el teatro no están pensados para ser consumidos fragmentariamente. Sin embargo, cada vez más personas reconocen que ven películas en varias partes, aceleran audios o abandonan libros tras pocas páginas no porque no les interesen, sino porque “no consiguen entrar”. La experiencia estética se ve sustituida por una relación utilitaria con el ocio: si no engancha rápido, se descarta.

¿Y qué ocurre con la lectura? Durante años se ha alertado sobre la supuesta pérdida del hábito lector, aunque los datos son más complejos. Se lee, sí, pero de otra forma. La lectura digital, los textos breves y fragmentados, los hilos, los resúmenes y las reseñas sustituyen, en muchos casos, a la lectura prolongada. Según diversas investigaciones, la lectura en pantalla favorece el escaneo rápido frente a la comprensión profunda, lo que afecta a la capacidad de concentración y memoria a largo plazo.

Esto no significa que estemos dejando de leer, sino que estamos modificando el modo en que lo hacemos. El problema surge cuando trasladamos esa lectura fragmentaria a textos que requieren inmersión, silencio y continuidad. No es extraño que muchas personas confiesen sentirse incapaces de leer novelas largas, aunque no tengan dificultades con otros formatos escritos.

Ante este panorama, la pregunta es inevitable: ¿estamos perdiendo la capacidad de disfrute? ¿Estamos condenados a formatos cada vez más cortos, rápidos y caóticos?

La respuesta no es tan pesimista como podría parecer. No todo son datos negativos. Cada vez más personas son conscientes de este problema y empiezan a cuestionar su relación con el ocio y con la atención. Es importante señalar que esta dificultad para concentrarse no siempre está asociada a trastornos como el TDAH, aunque sí puede agravar los síntomas en quienes lo padecen. En muchos casos, se trata de un efecto acumulativo del entorno en el que vivimos.

Como respuesta a esta saturación digital, están surgiendo movimientos de retorno a actividades presenciales, manuales y colectivas. Clubes de lectura, talleres de cerámica, clases de pintura, yoga, pilates, retiros sin pantallas. No es una moda casual: hay una necesidad real de recuperar espacios de atención compartida, de sociabilizar sin intermediarios digitales, de volver a habitar el tiempo de otra manera.

La gente echa de menos convivir. Echa de menos experiencias que no puedan pausarse, acelerarse o abandonarse con un clic. En estos espacios, la atención no se fragmenta: se sostiene colectivamente. Y eso tiene un impacto directo en cómo volvemos a relacionarnos con el arte.

También desde el ámbito profesional —psicólogos, neurocientíficos, educadores— se han propuesto estrategias sencillas para recuperar la atención en el ocio: limitar el uso del móvil durante actividades culturales, entrenar la atención progresivamente, aceptar el aburrimiento inicial como parte del proceso, elegir conscientemente qué consumir en lugar de hacerlo de forma impulsiva. No se trata de eliminar lo digital, sino de poner límites.

Aprender a prestar atención es, en cierto modo, reaprender a disfrutar. El arte no compite con la inmediatez porque no juega en ese terreno. El arte es un respiro. Y como todo respiro, necesita espacio y tiempo para existir.

Quizá no se trate de volver a ser quienes éramos, sino de asumir que nuestra relación con el ocio ha cambiado y que debemos reconstruirla de forma consciente. Defender la atención no es un gesto elitista ni nostálgico; es una forma de cuidado. Porque cuando dejamos de prestar atención al arte, también dejamos de prestárnosla a nosotros mismos.

Y en un mundo que nos empuja constantemente a pasar rápido, detenerse sigue siendo un acto profundamente subversivo.

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Vivir mientras tanto: Maruja Torres frente al tiempo, la pérdida y las ganas de seguir.

Cuanta más gente se muere, más ganas de vivir tengo ha sido mi primer contacto literario con Maruja Torres, y no podría haber elegido un libro más representativo de lo que es —y ha sido— su voz pública y privada. Periodista, escritora y cronista de una época, Torres pertenece a esa generación de mujeres que abrieron camino en un mundo cultural y mediático profundamente masculinizado, y cuya trayectoria vital se confunde con la historia reciente de este país.

Este libro funciona como una especie de balance vital, escrito desde la vejez, pero no desde la resignación. Maruja Torres mira hacia atrás, revisa su vida, sus relaciones, sus pérdidas y sus aprendizajes con una lucidez incómoda y una rebeldía intacta. Creo que ahí cumple con creces su cometido: mostrarnos su carácter indomable, su opinión firme sobre el estado del mundo y, sobre todo, sus ganas de seguir viviendo pese al desgaste físico, emocional y social que conlleva el paso del tiempo.

Su aportación cultural es innegable, pero hay algo especialmente valioso en este libro: la visibilización de la vejez femenina sin edulcorantes. No desde la figura de la anciana dócil o silenciosa, sino desde una mujer que sigue deseando, opinando, viajando, enfadándose, usando redes sociales, quedando con gente más joven y negándose a desaparecer del espacio público. En ese sentido, la obra tiene un valor político evidente: hablar de la vejez —y especialmente de la vejez femenina— sigue siendo incómodo, casi tabú.

Maruja Torres no esquiva temas que suelen considerarse inapropiados a ciertas edades: el sexo, la atracción, la salud, el deterioro físico, la relación con generaciones más jóvenes, el miedo a la dependencia o la soledad. Pero también habla del reverso necesario: el no dejar de disfrutar, el seguir viajando, el mantener vínculos, el resistirse a una vida reducida a la espera. Hay en sus páginas una defensa clara del derecho a seguir viviendo plenamente, incluso cuando el cuerpo empieza a fallar.

Ahora bien, el tono intimista de la obra es un arma de doble filo. Por un lado, genera cercanía y honestidad; por otro, parece olvidar en algunos momentos que estamos ante un texto publicado, un producto que necesita estructura y ritmo. Hay temas que se reiteran en exceso, reflexiones que vuelven una y otra vez con ligeras variaciones, y eso hace que, en ciertos tramos, la lectura se vuelva pesada o redundante.

No es tanto un problema de lo que cuenta, sino de cómo se dosifica. La voz de Maruja es potente, reconocible, sin concesiones, pero esa misma fuerza puede resultar agotadora cuando no se acompaña de una mayor contención. Aun así, su estilo se sostiene gracias a la honestidad brutal con la que se expone, incluso cuando el texto se vuelve incómodo o áspero.

Hay fragmentos especialmente duros, como los dedicados a amigos que ya no están, a las ausencias que se acumulan con los años, o a las preguntas sin respuesta sobre qué habría hecho distinto con su madre. En estos pasajes, el libro abandona cualquier pose y se adentra de lleno en la soledad, el arrepentimiento, el miedo al tiempo que queda y a lo que ya no se puede recuperar. Son momentos que duelen, pero que dotan al conjunto de una profundidad emocional que justifica la lectura.

Maruja Torres no escribe para agradar ni para consolar. Escribe para decir lo que piensa, incluso cuando eso la expone, incluso cuando puede resultar incómoda. Y ahí reside buena parte del valor de este libro. No es una obra amable, ni pretende serlo. Es un testimonio de alguien que ha vivido mucho, que ha perdido mucho y que, aun así, se niega a renunciar a las ganas de seguir adelante.

Recomendaría Cuanta más gente se muere, más ganas de vivir tengo a lectores con espíritu inquieto, a quienes se preguntan por el sentido de la vida más allá de los grandes discursos, y especialmente a quienes no quieren mirar la vejez como un castigo, sino como una etapa más —compleja, dura, pero también llena de lucidez— del recorrido vital.

Este libro no ofrece respuestas cerradas ni consuelos fáciles. Ofrece una mirada frontal al paso del tiempo y una invitación clara: aceptar la edad como una compañera, no como una enemiga. Quizá ahí esté su mayor acierto.

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«La mala costumbre» de Alana S. Portero: crecer siendo quien eres en un mundo que no te espera.

Llegué a La mala costumbre de Alana S. Portero casi por casualidad. No porque no me la hubieran recomendado —de hecho, probablemente sea una de las novelas más mencionadas en las listas de lecturas de 2025—, sino porque, a veces, tanta insistencia genera una distancia inconsciente. Sin embargo, hubo un detonante definitivo: escuchar a la propia autora narrar fragmentos de su obra, ponerle voz a su vida, a su memoria, a sus heridas. A partir de ese momento, ya no hubo escapatoria posible. Cada palabra se volvió necesaria.

Alana S. Portero nació en Madrid en 1978. Es escritora, poeta, dramaturga, investigadora teatral y activista trans. Su obra siempre ha estado atravesada por la memoria, el cuerpo, la identidad y la clase social. La mala costumbre, su primera novela, es un relato profundamente autobiográfico que bebe de la experiencia personal sin convertirse en un testimonio plano. Aquí hay literatura, mirada, construcción narrativa y una conciencia política que nunca se impone, pero lo impregna todo.

La novela nos sitúa en los barrios obreros del sur de Madrid, a finales del siglo XX. Un espacio marcado por la precariedad, la violencia estructural, la dureza del día a día y, al mismo tiempo, por la solidaridad, los afectos y una humanidad que se abre paso incluso en los contextos más hostiles. Desde ahí, acompañamos a Alana —primero como niño, después como adolescente y finalmente como mujer— en un proceso de crecimiento que no se ajusta a los márgenes de lo permitido.

Desde muy pequeña, la protagonista sabe que hay algo en ella que no encaja. No sabe ponerle nombre, no sabe explicarlo, pero lo siente con una claridad que asusta. Anhela ser algo que le aterra y que, al mismo tiempo, ama por encima de todo: ser una mujer. La novela nos ofrece esa mirada infantil con una sensibilidad desarmante. Desde los ojos de esa niña dulce y atenta, asistimos al descubrimiento de un mundo profundamente hostil, donde esconderse se convierte en una forma de supervivencia.

El miedo atraviesa toda la infancia de Alana: miedo a ser vista, a ser señalada, a ser castigada. Pero también hay admiración. Una admiración constante hacia las mujeres que la rodean: su madre, sus vecinas, las mujeres del barrio que sostienen hogares, trabajos mal pagados y familias enteras sin reconocimiento alguno. La mala costumbre no es una novela sobre la transición de la autora —o no solo—, es sobre crecer observando, aprendiendo y resistiendo en un mundo que no estaba pensado para ti.

En ese sentido, la obra funciona como un alegato en honor a las mujeres. A todas. A las madres trabajadoras que sostienen la vida con manos agotadas. A las mujeres trans que, durante décadas, se vieron empujadas a la prostitución como única salida posible y que, aun así, crearon redes de cuidado, afecto y protección entre ellas. Hay una mirada profundamente respetuosa hacia estas figuras, lejos de la victimización fácil o el morbo. Aquí hay memoria y gratitud.

Uno de los grandes aciertos de la novela es la forma en que retrata a los hombres que forman parte de la vida de Alana. No hay caricaturas ni juicios simplistas. Su padre aparece como un hombre de su tiempo, incapaz de comprender del todo, pero capaz de amar a su manera. Un amor torpe, limitado, pero real. Su hermano, por otro lado, se presenta como una figura protectora, “la hermosura de un halcón”, fuerte y sensible al mismo tiempo. Y también están los primeros amores, descubiertos con una mezcla de fascinación, miedo y ternura.

La mala costumbre es un relato duro. No esquiva la violencia, el rechazo, la pobreza ni el dolor psicológico de crecer sintiéndote un error. Pero también es una novela profundamente necesaria. No desde la pedagogía explícita, sino desde la experiencia encarnada. Por eso no sorprende que haya sido la novela favorita de tantas personas: porque no busca gustar, sino decir la verdad.

La ambientación y los saltos vitales están construidos con una precisión emocional admirable. A lo largo de la historia, van apareciendo figuras secundarias que, lejos de ser anecdóticas, se convierten en pilares fundamentales del proceso de Alana. Guerreras caídas, mujeres bellísimas y rotas, travestis que sobreviven como pueden en un mundo emponzoñado, y que, sin saberlo, ofrecen a esa niña aterrorizada una imagen posible de futuro. Estas presencias desgarran por dentro y, al mismo tiempo, reconcilian con la humanidad.

La pluma de Alana S. Portero es poética sin caer en lo excesivo. Hay una sensibilidad constante que nos permite asomarnos tanto a la mente de esa niña que se observa reflejada en las travestis de su infancia con miedo y fascinación, como a la adulta que, años después, les agradecerá haber existido. Esa doble mirada —la del terror y la del reconocimiento— es uno de los núcleos más potentes del libro.

Además, La mala costumbre habla de clase. De cómo la pobreza limita las opciones, de cómo la falta de recursos estrecha los márgenes de libertad, de cómo no todas las transiciones son iguales ni tienen los mismos apoyos. El contexto no es un decorado: es una fuerza que condiciona cada decisión, cada silencio y cada herida.

Esta novela debería releerse cada cierto tiempo. No solo para recordar cuánto se ha avanzado, sino también para no olvidar todo lo que aún queda por hacer. Porque, a pesar de las barreras, del odio y de la violencia, siempre hay motivos para vivir siendo uno mismo. Y porque existir, para algunas personas, sigue siendo un acto de resistencia.

La mala costumbre no es una lectura cómoda. Tampoco pretende serlo. Es una obra que cala hasta los huesos, que deja poso y que obliga a mirar de frente realidades que muchas veces preferimos ignorar. Pero también es una celebración de la vida, de la identidad y de la dignidad de quienes, incluso en los entornos más hostiles, se atreven a decir: aquí estoy.

Y eso, en sí mismo, ya es literatura imprescindible.

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¿Cuántos libros hacen falta para ser lector? Sobre los retos lectores y la obsesión por la cantidad

¿Tiene sentido ponerse el reto de leer muchos libros al año? La pregunta, que hace apenas una década podría parecer anecdótica, hoy ocupa un lugar central en la conversación literaria dentro de las redes sociales. Con el auge de plataformas como Instagram, TikTok o YouTube, y con la consolidación de lo que ahora denominamos bookstagram o booktok, la lectura ha encontrado un nuevo espacio de visibilidad, comunidad y diálogo. Sin embargo, junto a este fenómeno positivo, también han surgido dinámicas que merecen ser observadas con espíritu crítico.

El bookstagram nació como una comunidad lectora en línea donde compartir recomendaciones, impresiones y amor por los libros. Fotografías cuidadas, estanterías estéticamente ordenadas y citas subrayadas comenzaron a poblar los feeds. Con el tiempo, esa pasión compartida fue mutando en algo más complejo: la necesidad de mantenerse vigente, de ser visible, de generar contenido constante y, en muchos casos, de ofrecer cifras por encima de experiencias. Leer dejó de ser solo un acto íntimo para convertirse también en una métrica.

Conviene aclararlo desde el principio: este artículo no pretende demonizar los retos lectores. Yo misma me he propuesto objetivos de lectura en más de una ocasión. De hecho, actualmente me interesa especialmente adquirir libros de segunda mano, siempre que consiga ir reduciendo esa lista interminable de novelas pendientes que aguardan en mis estanterías. Los retos, bien entendidos, pueden ser una herramienta motivadora, una excusa para organizar lecturas o descubrir nuevos géneros. El problema surge cuando el reto deja de ser un juego personal y se convierte en una exigencia pública.

¿Qué está ocurriendo exactamente en redes con el número de libros leídos? Para entenderlo, conviene remontarse a una plataforma clave: Goodreads. Goodreads es una red social para lectores que permite registrar lecturas, escribir reseñas, puntuar libros y, sobre todo, marcar objetivos anuales de lectura. Su famoso reto de “libros leídos al año” se ha convertido en un referente, y para muchas personas, en un escaparate.

Aquí aparece una pregunta inevitable: ¿cuántos libros es “normal” leer al año? La respuesta, por supuesto, es profundamente subjetiva. Depende del tiempo disponible, del tipo de lectura, del momento vital y de la relación personal con los libros. En mi caso, suelo proponerme una cifra moderada —alrededor de quince libros— que algunos años supero con creces y otros no alcanzo. Y no pasa absolutamente nada.

Sin embargo, basta con navegar unos minutos por redes para encontrarse con cifras que resultan, como mínimo, desconcertantes: jóvenes que afirman leer 180, 200 o incluso 365 libros en un año. Esto implica, en el último caso, una media de un libro al día. Si aceptamos estas cifras como ciertas, estamos ante personas que viven prácticamente para leer, o al menos para vender la idea de que leen sin descanso. Y aquí surge una cuestión incómoda: ¿se ha convertido la lectura en una obligación? ¿Se está perdiendo la capacidad de disfrute en favor de la productividad?

Cuando la cantidad prima sobre la calidad, el riesgo es evidente. Leer rápido, acumular títulos, pasar páginas sin asimilar lo leído puede generar la ilusión de conocimiento sin la experiencia real de la lectura. No todos los libros requieren el mismo tiempo ni el mismo grado de atención, pero convertirlos en una carrera puede vaciar de sentido un acto que, históricamente, ha sido refugio, pausa y pensamiento.

Otro aspecto que merece atención es quiénes son los verdaderos beneficiarios de esta moda. La industria literaria, sin duda, sale reforzada. El consumo masivo de libros, impulsado por tendencias virales, book hauls cada vez más desproporcionados y novedades constantes, alimenta un mercado que rara vez invita a la reflexión pausada. Los libros destinados a un público joven son cada vez más caros, las ediciones más vistosas, y la presión por estar “al día” empuja a comprar más de lo que se puede leer.

Esta lógica consumista no solo afecta al bolsillo, sino también a la salud mental. Diversos estudios en psicología y neurociencia han señalado que la exposición constante a comparaciones sociales en redes puede aumentar los niveles de ansiedad y estrés. Aplicado al ámbito lector, esto se traduce en culpa por no leer “lo suficiente”, frustración por no cumplir objetivos autoimpuestos y la sensación de quedarse atrás. Leer, paradójicamente, empieza a generar angustia.

Además, la obsesión por las cifras puede invisibilizar otras formas igualmente válidas de relacionarse con la literatura: la relectura, la lectura lenta, el abandono consciente de libros que no conectan con nosotros, o incluso los periodos de sequía lectora. Todo ello queda fuera del relato triunfalista de los números.

Y, sin embargo, no todo es negativo. Vivimos un momento extraordinario en cuanto a visibilidad cultural. Nunca antes se había hablado tanto de libros, de autoras olvidadas, de editoriales independientes. Comprar en librerías locales, asistir a clubes de lectura, compartir opiniones y socializar gracias a la cultura es, sin duda, algo maravilloso. El problema no es leer mucho, sino convertir la lectura en otro engranaje del rendimiento constante.

Quizá ha llegado el momento de replantearnos la pregunta inicial. No cuántos libros hacen falta para ser lector, sino qué buscamos cuando leemos. Si la respuesta tiene que ver con el disfrute, el pensamiento crítico y el encuentro con otras voces, entonces la cifra es irrelevante. Porque la lectura no debería ser otro negocio del que solo salimos perdiendo, sino un espacio de libertad que cada cual habita a su propio ritmo.