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Vivir mientras tanto: Maruja Torres frente al tiempo, la pérdida y las ganas de seguir.

Cuanta más gente se muere, más ganas de vivir tengo ha sido mi primer contacto literario con Maruja Torres, y no podría haber elegido un libro más representativo de lo que es —y ha sido— su voz pública y privada. Periodista, escritora y cronista de una época, Torres pertenece a esa generación de mujeres que abrieron camino en un mundo cultural y mediático profundamente masculinizado, y cuya trayectoria vital se confunde con la historia reciente de este país.

Este libro funciona como una especie de balance vital, escrito desde la vejez, pero no desde la resignación. Maruja Torres mira hacia atrás, revisa su vida, sus relaciones, sus pérdidas y sus aprendizajes con una lucidez incómoda y una rebeldía intacta. Creo que ahí cumple con creces su cometido: mostrarnos su carácter indomable, su opinión firme sobre el estado del mundo y, sobre todo, sus ganas de seguir viviendo pese al desgaste físico, emocional y social que conlleva el paso del tiempo.

Su aportación cultural es innegable, pero hay algo especialmente valioso en este libro: la visibilización de la vejez femenina sin edulcorantes. No desde la figura de la anciana dócil o silenciosa, sino desde una mujer que sigue deseando, opinando, viajando, enfadándose, usando redes sociales, quedando con gente más joven y negándose a desaparecer del espacio público. En ese sentido, la obra tiene un valor político evidente: hablar de la vejez —y especialmente de la vejez femenina— sigue siendo incómodo, casi tabú.

Maruja Torres no esquiva temas que suelen considerarse inapropiados a ciertas edades: el sexo, la atracción, la salud, el deterioro físico, la relación con generaciones más jóvenes, el miedo a la dependencia o la soledad. Pero también habla del reverso necesario: el no dejar de disfrutar, el seguir viajando, el mantener vínculos, el resistirse a una vida reducida a la espera. Hay en sus páginas una defensa clara del derecho a seguir viviendo plenamente, incluso cuando el cuerpo empieza a fallar.

Ahora bien, el tono intimista de la obra es un arma de doble filo. Por un lado, genera cercanía y honestidad; por otro, parece olvidar en algunos momentos que estamos ante un texto publicado, un producto que necesita estructura y ritmo. Hay temas que se reiteran en exceso, reflexiones que vuelven una y otra vez con ligeras variaciones, y eso hace que, en ciertos tramos, la lectura se vuelva pesada o redundante.

No es tanto un problema de lo que cuenta, sino de cómo se dosifica. La voz de Maruja es potente, reconocible, sin concesiones, pero esa misma fuerza puede resultar agotadora cuando no se acompaña de una mayor contención. Aun así, su estilo se sostiene gracias a la honestidad brutal con la que se expone, incluso cuando el texto se vuelve incómodo o áspero.

Hay fragmentos especialmente duros, como los dedicados a amigos que ya no están, a las ausencias que se acumulan con los años, o a las preguntas sin respuesta sobre qué habría hecho distinto con su madre. En estos pasajes, el libro abandona cualquier pose y se adentra de lleno en la soledad, el arrepentimiento, el miedo al tiempo que queda y a lo que ya no se puede recuperar. Son momentos que duelen, pero que dotan al conjunto de una profundidad emocional que justifica la lectura.

Maruja Torres no escribe para agradar ni para consolar. Escribe para decir lo que piensa, incluso cuando eso la expone, incluso cuando puede resultar incómoda. Y ahí reside buena parte del valor de este libro. No es una obra amable, ni pretende serlo. Es un testimonio de alguien que ha vivido mucho, que ha perdido mucho y que, aun así, se niega a renunciar a las ganas de seguir adelante.

Recomendaría Cuanta más gente se muere, más ganas de vivir tengo a lectores con espíritu inquieto, a quienes se preguntan por el sentido de la vida más allá de los grandes discursos, y especialmente a quienes no quieren mirar la vejez como un castigo, sino como una etapa más —compleja, dura, pero también llena de lucidez— del recorrido vital.

Este libro no ofrece respuestas cerradas ni consuelos fáciles. Ofrece una mirada frontal al paso del tiempo y una invitación clara: aceptar la edad como una compañera, no como una enemiga. Quizá ahí esté su mayor acierto.

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«La mala costumbre» de Alana S. Portero: crecer siendo quien eres en un mundo que no te espera.

Llegué a La mala costumbre de Alana S. Portero casi por casualidad. No porque no me la hubieran recomendado —de hecho, probablemente sea una de las novelas más mencionadas en las listas de lecturas de 2025—, sino porque, a veces, tanta insistencia genera una distancia inconsciente. Sin embargo, hubo un detonante definitivo: escuchar a la propia autora narrar fragmentos de su obra, ponerle voz a su vida, a su memoria, a sus heridas. A partir de ese momento, ya no hubo escapatoria posible. Cada palabra se volvió necesaria.

Alana S. Portero nació en Madrid en 1978. Es escritora, poeta, dramaturga, investigadora teatral y activista trans. Su obra siempre ha estado atravesada por la memoria, el cuerpo, la identidad y la clase social. La mala costumbre, su primera novela, es un relato profundamente autobiográfico que bebe de la experiencia personal sin convertirse en un testimonio plano. Aquí hay literatura, mirada, construcción narrativa y una conciencia política que nunca se impone, pero lo impregna todo.

La novela nos sitúa en los barrios obreros del sur de Madrid, a finales del siglo XX. Un espacio marcado por la precariedad, la violencia estructural, la dureza del día a día y, al mismo tiempo, por la solidaridad, los afectos y una humanidad que se abre paso incluso en los contextos más hostiles. Desde ahí, acompañamos a Alana —primero como niño, después como adolescente y finalmente como mujer— en un proceso de crecimiento que no se ajusta a los márgenes de lo permitido.

Desde muy pequeña, la protagonista sabe que hay algo en ella que no encaja. No sabe ponerle nombre, no sabe explicarlo, pero lo siente con una claridad que asusta. Anhela ser algo que le aterra y que, al mismo tiempo, ama por encima de todo: ser una mujer. La novela nos ofrece esa mirada infantil con una sensibilidad desarmante. Desde los ojos de esa niña dulce y atenta, asistimos al descubrimiento de un mundo profundamente hostil, donde esconderse se convierte en una forma de supervivencia.

El miedo atraviesa toda la infancia de Alana: miedo a ser vista, a ser señalada, a ser castigada. Pero también hay admiración. Una admiración constante hacia las mujeres que la rodean: su madre, sus vecinas, las mujeres del barrio que sostienen hogares, trabajos mal pagados y familias enteras sin reconocimiento alguno. La mala costumbre no es una novela sobre la transición de la autora —o no solo—, es sobre crecer observando, aprendiendo y resistiendo en un mundo que no estaba pensado para ti.

En ese sentido, la obra funciona como un alegato en honor a las mujeres. A todas. A las madres trabajadoras que sostienen la vida con manos agotadas. A las mujeres trans que, durante décadas, se vieron empujadas a la prostitución como única salida posible y que, aun así, crearon redes de cuidado, afecto y protección entre ellas. Hay una mirada profundamente respetuosa hacia estas figuras, lejos de la victimización fácil o el morbo. Aquí hay memoria y gratitud.

Uno de los grandes aciertos de la novela es la forma en que retrata a los hombres que forman parte de la vida de Alana. No hay caricaturas ni juicios simplistas. Su padre aparece como un hombre de su tiempo, incapaz de comprender del todo, pero capaz de amar a su manera. Un amor torpe, limitado, pero real. Su hermano, por otro lado, se presenta como una figura protectora, “la hermosura de un halcón”, fuerte y sensible al mismo tiempo. Y también están los primeros amores, descubiertos con una mezcla de fascinación, miedo y ternura.

La mala costumbre es un relato duro. No esquiva la violencia, el rechazo, la pobreza ni el dolor psicológico de crecer sintiéndote un error. Pero también es una novela profundamente necesaria. No desde la pedagogía explícita, sino desde la experiencia encarnada. Por eso no sorprende que haya sido la novela favorita de tantas personas: porque no busca gustar, sino decir la verdad.

La ambientación y los saltos vitales están construidos con una precisión emocional admirable. A lo largo de la historia, van apareciendo figuras secundarias que, lejos de ser anecdóticas, se convierten en pilares fundamentales del proceso de Alana. Guerreras caídas, mujeres bellísimas y rotas, travestis que sobreviven como pueden en un mundo emponzoñado, y que, sin saberlo, ofrecen a esa niña aterrorizada una imagen posible de futuro. Estas presencias desgarran por dentro y, al mismo tiempo, reconcilian con la humanidad.

La pluma de Alana S. Portero es poética sin caer en lo excesivo. Hay una sensibilidad constante que nos permite asomarnos tanto a la mente de esa niña que se observa reflejada en las travestis de su infancia con miedo y fascinación, como a la adulta que, años después, les agradecerá haber existido. Esa doble mirada —la del terror y la del reconocimiento— es uno de los núcleos más potentes del libro.

Además, La mala costumbre habla de clase. De cómo la pobreza limita las opciones, de cómo la falta de recursos estrecha los márgenes de libertad, de cómo no todas las transiciones son iguales ni tienen los mismos apoyos. El contexto no es un decorado: es una fuerza que condiciona cada decisión, cada silencio y cada herida.

Esta novela debería releerse cada cierto tiempo. No solo para recordar cuánto se ha avanzado, sino también para no olvidar todo lo que aún queda por hacer. Porque, a pesar de las barreras, del odio y de la violencia, siempre hay motivos para vivir siendo uno mismo. Y porque existir, para algunas personas, sigue siendo un acto de resistencia.

La mala costumbre no es una lectura cómoda. Tampoco pretende serlo. Es una obra que cala hasta los huesos, que deja poso y que obliga a mirar de frente realidades que muchas veces preferimos ignorar. Pero también es una celebración de la vida, de la identidad y de la dignidad de quienes, incluso en los entornos más hostiles, se atreven a decir: aquí estoy.

Y eso, en sí mismo, ya es literatura imprescindible.

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¿Cuántos libros hacen falta para ser lector? Sobre los retos lectores y la obsesión por la cantidad

¿Tiene sentido ponerse el reto de leer muchos libros al año? La pregunta, que hace apenas una década podría parecer anecdótica, hoy ocupa un lugar central en la conversación literaria dentro de las redes sociales. Con el auge de plataformas como Instagram, TikTok o YouTube, y con la consolidación de lo que ahora denominamos bookstagram o booktok, la lectura ha encontrado un nuevo espacio de visibilidad, comunidad y diálogo. Sin embargo, junto a este fenómeno positivo, también han surgido dinámicas que merecen ser observadas con espíritu crítico.

El bookstagram nació como una comunidad lectora en línea donde compartir recomendaciones, impresiones y amor por los libros. Fotografías cuidadas, estanterías estéticamente ordenadas y citas subrayadas comenzaron a poblar los feeds. Con el tiempo, esa pasión compartida fue mutando en algo más complejo: la necesidad de mantenerse vigente, de ser visible, de generar contenido constante y, en muchos casos, de ofrecer cifras por encima de experiencias. Leer dejó de ser solo un acto íntimo para convertirse también en una métrica.

Conviene aclararlo desde el principio: este artículo no pretende demonizar los retos lectores. Yo misma me he propuesto objetivos de lectura en más de una ocasión. De hecho, actualmente me interesa especialmente adquirir libros de segunda mano, siempre que consiga ir reduciendo esa lista interminable de novelas pendientes que aguardan en mis estanterías. Los retos, bien entendidos, pueden ser una herramienta motivadora, una excusa para organizar lecturas o descubrir nuevos géneros. El problema surge cuando el reto deja de ser un juego personal y se convierte en una exigencia pública.

¿Qué está ocurriendo exactamente en redes con el número de libros leídos? Para entenderlo, conviene remontarse a una plataforma clave: Goodreads. Goodreads es una red social para lectores que permite registrar lecturas, escribir reseñas, puntuar libros y, sobre todo, marcar objetivos anuales de lectura. Su famoso reto de “libros leídos al año” se ha convertido en un referente, y para muchas personas, en un escaparate.

Aquí aparece una pregunta inevitable: ¿cuántos libros es “normal” leer al año? La respuesta, por supuesto, es profundamente subjetiva. Depende del tiempo disponible, del tipo de lectura, del momento vital y de la relación personal con los libros. En mi caso, suelo proponerme una cifra moderada —alrededor de quince libros— que algunos años supero con creces y otros no alcanzo. Y no pasa absolutamente nada.

Sin embargo, basta con navegar unos minutos por redes para encontrarse con cifras que resultan, como mínimo, desconcertantes: jóvenes que afirman leer 180, 200 o incluso 365 libros en un año. Esto implica, en el último caso, una media de un libro al día. Si aceptamos estas cifras como ciertas, estamos ante personas que viven prácticamente para leer, o al menos para vender la idea de que leen sin descanso. Y aquí surge una cuestión incómoda: ¿se ha convertido la lectura en una obligación? ¿Se está perdiendo la capacidad de disfrute en favor de la productividad?

Cuando la cantidad prima sobre la calidad, el riesgo es evidente. Leer rápido, acumular títulos, pasar páginas sin asimilar lo leído puede generar la ilusión de conocimiento sin la experiencia real de la lectura. No todos los libros requieren el mismo tiempo ni el mismo grado de atención, pero convertirlos en una carrera puede vaciar de sentido un acto que, históricamente, ha sido refugio, pausa y pensamiento.

Otro aspecto que merece atención es quiénes son los verdaderos beneficiarios de esta moda. La industria literaria, sin duda, sale reforzada. El consumo masivo de libros, impulsado por tendencias virales, book hauls cada vez más desproporcionados y novedades constantes, alimenta un mercado que rara vez invita a la reflexión pausada. Los libros destinados a un público joven son cada vez más caros, las ediciones más vistosas, y la presión por estar “al día” empuja a comprar más de lo que se puede leer.

Esta lógica consumista no solo afecta al bolsillo, sino también a la salud mental. Diversos estudios en psicología y neurociencia han señalado que la exposición constante a comparaciones sociales en redes puede aumentar los niveles de ansiedad y estrés. Aplicado al ámbito lector, esto se traduce en culpa por no leer “lo suficiente”, frustración por no cumplir objetivos autoimpuestos y la sensación de quedarse atrás. Leer, paradójicamente, empieza a generar angustia.

Además, la obsesión por las cifras puede invisibilizar otras formas igualmente válidas de relacionarse con la literatura: la relectura, la lectura lenta, el abandono consciente de libros que no conectan con nosotros, o incluso los periodos de sequía lectora. Todo ello queda fuera del relato triunfalista de los números.

Y, sin embargo, no todo es negativo. Vivimos un momento extraordinario en cuanto a visibilidad cultural. Nunca antes se había hablado tanto de libros, de autoras olvidadas, de editoriales independientes. Comprar en librerías locales, asistir a clubes de lectura, compartir opiniones y socializar gracias a la cultura es, sin duda, algo maravilloso. El problema no es leer mucho, sino convertir la lectura en otro engranaje del rendimiento constante.

Quizá ha llegado el momento de replantearnos la pregunta inicial. No cuántos libros hacen falta para ser lector, sino qué buscamos cuando leemos. Si la respuesta tiene que ver con el disfrute, el pensamiento crítico y el encuentro con otras voces, entonces la cifra es irrelevante. Porque la lectura no debería ser otro negocio del que solo salimos perdiendo, sino un espacio de libertad que cada cual habita a su propio ritmo.

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«El mortal inmortal» de Mary Shelley: La eternidad como condena.

Cuando pensamos en Mary Shelley, el primer título que acude a la mente es casi siempre Frankenstein. No es casual: la novela ha eclipsado buena parte de su producción literaria y ha fijado una imagen muy concreta de la autora en el imaginario colectivo. Sin embargo, para comprender de verdad la profundidad intelectual, filosófica y emocional de Shelley, es imprescindible detenerse en sus relatos. En ellos encontramos, de forma concentrada y afilada, muchas de las obsesiones que marcaron su vida y su escritura.

El mortal inmortal es uno de esos textos clave. No solo por su calidad literaria, sino porque condensa algunas de las preguntas fundamentales que atraviesan toda la obra de Shelley: la relación entre mortalidad e inmortalidad, la soledad como castigo, el peso de las decisiones tomadas desde la soberbia juvenil y la imposibilidad de escapar de las consecuencias de nuestros actos. En este sentido, leer sus relatos no es un complemento a su obra mayor, sino una vía privilegiada para entenderla.

La edición de Avenauta —dentro de su colección Obras de mujeres, con traducciones realizadas por mujeres e ilustraciones firmadas también por mujeres— resulta especialmente significativa. No se trata solo de una elección editorial coherente, sino de una forma de reivindicar la mirada femenina en un canon que históricamente ha relegado a autoras como Shelley a una lectura parcial o simplificada. En este volumen se recogen tres relatos indispensables: El mortal inmortal, La transformación y El inglés reanimado, textos que permiten adentrarse en el lado más filosófico y reflexivo de la autora.

En El mortal inmortal, Shelley plantea una de sus ideas más inquietantes: la inmortalidad no como don, sino como condena. A través de la figura de un joven estudiante de alquimia que, casi por accidente, ingiere un elixir destinado a vencer a la muerte, la autora explora el aislamiento absoluto que conlleva vivir eternamente. El protagonista contempla cómo el mundo avanza, cómo las personas que ama envejecen y mueren, mientras él permanece inalterable. La inmortalidad, lejos de ofrecer plenitud, se convierte en una experiencia de pérdida constante.

Este planteamiento conecta de manera directa con Frankenstein. La criatura, aunque no es inmortal en sentido estricto, está condenada a una existencia solitaria, marcada por el rechazo y la incomprensión. En ambos casos, Shelley reflexiona sobre el precio de desafiar los límites naturales y sobre la arrogancia humana que pretende dominar la vida y la muerte sin asumir sus consecuencias. La diferencia es que, en el relato, todo aparece destilado, sin la complejidad estructural de la novela, lo que hace que el impacto filosófico sea inmediato.

La transformación aborda otra faceta recurrente en la obra de Shelley: la soberbia de la juventud y la idealización del amor. Aquí nos encontramos con un joven enamorado cuya vanidad y ceguera emocional lo conducen a una metamorfosis que funciona tanto en sentido literal como simbólico. Shelley pone en cuestión la idea del amor como fuerza redentora cuando está contaminado por el ego y el deseo de posesión. El relato se convierte así en una reflexión amarga sobre la identidad, la apariencia y el autoengaño.

Por su parte, El inglés reanimado introduce un elemento que roza lo grotesco y lo científico a partes iguales. La historia parte de un error aparentemente inocente: desenterrar a un hombre congelado desde hace doscientos años con la intención de devolverlo a la vida. Una vez más, Shelley coloca al ser humano frente a los límites de su conocimiento y de su ética. La curiosidad científica, desprovista de reflexión moral, se revela como una fuerza peligrosa, capaz de alterar no solo cuerpos, sino también conciencias.

En los tres relatos aparece un elemento común: la inocencia inicial de los protagonistas. Ya sea el estudiante de alquimia, el joven enamorado o el científico imprudente, todos parten de una posición de ingenuidad, confianza o exceso de fe en sus propias capacidades. Shelley parece advertirnos de los peligros de esa inocencia cuando no va acompañada de responsabilidad. La juventud, con su mezcla de entusiasmo y soberbia, se convierte en un terreno fértil para el error.

No es casual que Mary Shelley sea considerada una de las grandes precursoras de la ciencia ficción. Pero reducir su obra a una cuestión de género sería injusto. Shelley es, ante todo, una escritora de la tragedia humana. Sus relatos están impregnados de una sensibilidad romántica que se manifiesta tanto en los escenarios —paisajes sublimes, atmósferas melancólicas— como en la intensidad emocional de los personajes. La magia, la ciencia y la filosofía conviven en su escritura de forma natural, sin jerarquías.

Resulta especialmente admirable la manera en que Shelley mezcla sentimientos profundamente humanos —el amor, la ambición, la vanidad, el deseo de trascendencia— con escenarios de una belleza poética extraordinaria. Sus textos no solo plantean dilemas intelectuales, sino que apelan constantemente a la emoción del lector. La soledad de sus personajes no es abstracta: se siente, se arrastra, pesa.

Leer estos relatos desde una perspectiva contemporánea provoca, además, una reflexión inevitable sobre la figura de la propia autora. Shelley escribió estos textos siendo muy joven, en un contexto profundamente opresivo para una mujer con inquietudes intelectuales. Aun así, su obra plantea debates de una madurez sorprendente: la ética de la ciencia, el sentido de la vida, el miedo a la muerte, el aislamiento, la responsabilidad moral. Cuesta no preguntarse cómo una mente tan joven fue capaz de anticipar discusiones que siguen vigentes hoy.

En este sentido, sus relatos funcionan casi como laboratorios de ideas. Shelley experimenta con conceptos, los somete a tensión y observa sus consecuencias. No hay moralejas simplistas ni soluciones reconfortantes. Al contrario, sus historias suelen desembocar en finales amargos, coherentes con una visión del mundo profundamente lúcida y, en muchos casos, desoladora.

Por todo ello, El mortal inmortal y los relatos que lo acompañan son lecturas fundamentales para comprender la dimensión real de Mary Shelley. No solo como autora de Frankenstein, sino como pensadora, como escritora romántica y como figura clave en la historia de la literatura. Leer a Shelley —siempre— es una experiencia enriquecedora. Sus textos incomodan, interpelan y obligan a mirar de frente preguntas que preferiríamos esquivar.

Volver a sus relatos es recordar que la literatura puede ser, al mismo tiempo, bella y perturbadora, poética y profundamente crítica. Y que, en manos de Mary Shelley, incluso la eternidad puede convertirse en una forma extrema de soledad.

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Habitar el miedo: «La maldición de Hill House» de Shirley Jackson.

Quería comenzar el año volviendo a una de las obras fundamentales del terror psicológico y doméstico: La maldición de Hill House, de Shirley Jackson. No es una elección casual. Jackson es una autora a la que regreso con frecuencia, y esta novela, en particular, ha marcado de forma decisiva mi relación con el género de casas embrujadas. Después de leer Hill House, resulta difícil no mirar con otros ojos cualquier historia que tenga una casa como epicentro del horror.

Shirley Jackson entendió como pocas autoras que el miedo más duradero no nace de lo grotesco ni de lo explícito, sino de aquello que se insinúa. En La maldición de Hill House no encontramos monstruos deformes, escenas sangrientas ni asesinos acechando en la oscuridad. El terror que inspira esta novela es mucho más sutil y, por ello, más eficaz. Es un miedo que se filtra poco a poco, que se instala en la mente del lector y que no necesita alzar la voz para imponerse.

Aunque la historia gira en torno a cuatro personajes que llegan a la mansión como parte de un experimento dirigido por el doctor Montague, la verdadera protagonista de la novela es la mansión. Hill House no funciona como un simple escenario: es una entidad con voluntad propia, una presencia constante que condiciona cada movimiento, cada pensamiento y cada emoción de quienes la habitan. Jackson consigue algo extraordinario: que el lector sienta la casa, que se pierda en ella y que llegue a experimentar la misma desorientación que sus personajes.

La arquitectura de Hill House, diseñada por Hugh Crain, su primer propietario, es clave en la construcción del terror. Pasillos largos y angulosos, habitaciones que no parecen encajar, puertas que se cierran solas, espacios que generan una sensación constante de desequilibrio. Nada está exactamente donde debería estar. Esa geometría torcida crea una atmósfera asfixiante, claustrofóbica, en la que resulta imposible sentirse a salvo. Hill House no solo encierra a sus habitantes: los confunde, los desorienta y los somete.

La oscuridad, los largos corredores y los ángulos imposibles construyen un espacio que parece resistirse a ser comprendido. La casa no se muestra de forma directa ni agresiva; no necesita hacerlo. Su poder reside en la insinuación, en los pequeños detalles que se repiten, en esa sensación constante de que algo no encaja del todo. Shirley Jackson no describe el miedo: lo provoca.

Frente a esta atmósfera opresiva, los personajes llegan a Hill House con una mezcla de curiosidad e inocencia. Han sido convocados por el doctor Montague para participar en un experimento aparentemente inofensivo. La premisa es sencilla: convivir durante una semana en la mansión, tomar notas y observar posibles manifestaciones paranormales. No hay grandes exigencias, más allá de respetar los horarios impuestos por la señora Dudley, la encargada de la casa, y seguir unas normas básicas de convivencia.

Ese contraste entre la aparente normalidad del experimento y la naturaleza inquietante del lugar es uno de los grandes aciertos de la novela. Al principio, Hill House parece simplemente un espacio extraño, incómodo, pero controlable. Sin embargo, a medida que avanzan los días, la convivencia con la casa se vuelve cada vez más tensa. Se instaura una monotonía inquietante, una rutina marcada por el miedo. No deben salir al anochecer. No deben ir solos. Las noches se llenan de ruidos inexplicables, de golpes en las paredes, de pasos en los pasillos. Alguien llama a la puerta. ¿Puede entrar?

Jackson maneja con maestría el ritmo de la narración. No hay una escalada brusca del horror, sino una progresión lenta y constante. Cada día que pasa en Hill House añade una capa más de inquietud. El lector, al igual que los personajes, comienza a dudar de todo: de lo que ve, de lo que oye y, finalmente, de lo que piensa.

Dentro de esta dinámica, el personaje de Eleanor adquiere una relevancia especial. Su evolución a lo largo de la novela es una de las claves para entender el verdadero poder de Hill House. Eleanor llega a la mansión cargando con un pasado marcado por la soledad, la culpa y la falta de pertenencia. Es una mente vulnerable, una persona que nunca ha tenido un lugar propio. Y Hill House lo sabe.

Aquí reside la verdadera magia —y crueldad— de la novela. Jackson nos presenta el pasado trágico de la casa, pero deja claro que no son los grandes acontecimientos los que conducen a la locura, sino los pequeños detalles: una frase mal interpretada, una sensación fugaz, una emoción que se confunde con otra. A medida que avanzamos en la lectura, comenzamos a cuestionarnos qué es real y qué es producto de la influencia del lugar. ¿Está ocurriendo algo sobrenatural o es la mente de Eleanor la que está cediendo?

La prosa de Shirley Jackson acompaña perfectamente este proceso. Hay en su escritura un tono casi poético, una cadencia que envuelve al lector y lo conduce, desde las primeras páginas, hacia un final que parece anunciado desde el principio. La sensación de fatalidad está presente desde el inicio, como si el destino de los personajes estuviera sellado antes incluso de cruzar el umbral de Hill House.

En este equilibrio precario irrumpe un elemento disruptivo: dos personajes que alteran la monotonía del grupo y actúan como catalizadores del desenlace. Su presencia rompe el frágil equilibrio que se había establecido entre los investigadores y acelera el drama final. Jackson demuestra aquí su habilidad para utilizar a los personajes no solo como individuos, sino como fuerzas narrativas que empujan la historia hacia su conclusión inevitable.

Uno de los temas centrales de La maldición de Hill House es la vulnerabilidad de la mente. Jackson plantea una idea inquietante: no todo el mundo puede entrar en Hill House sin consecuencias. La inocencia, la fragilidad emocional y la necesidad de un hogar se convierten en puertas abiertas para la influencia de la casa. Hill House no ataca a todos por igual; elige a quienes están más expuestos.

El resultado es una obra profundamente inquietante, que habla del miedo no solo como fenómeno sobrenatural, sino como experiencia psicológica. La maldición de Hill House es una novela sobre la soledad, la identidad y el deseo de encontrar un lugar al que pertenecer, incluso cuando ese lugar es profundamente hostil.

En conjunto, estamos ante una obra maravillosa para los amantes del género. Un clásico del terror que demuestra que no hace falta recurrir al exceso para provocar miedo. Shirley Jackson construye un horror elegante, inteligente y duradero, que sigue funcionando décadas después de su publicación. La maldición de Hill House no se limita a asustar: se instala en la mente del lector y permanece ahí, como la propia casa, mucho después de haber cerrado el libro.

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«Ethan Frome» de Edith Wharton: el peso de las decisiones impuestas

Hay libros breves que funcionan como pequeñas grietas: se leen en pocas horas, pero dejan una sensación persistente, incómoda, difícil de sacudirse. Ethan Frome, de Edith Wharton, pertenece a esa categoría de novelas que, sin alardes ni extensiones innecesarias, consiguen un impacto profundo y duradero. Es también uno de esos títulos que permiten descubrir —o redescubrir— a una autora a la que solemos asociar de forma casi exclusiva con La edad de la inocencia, pero cuya obra es mucho más amplia, oscura y comprometida de lo que a veces se reconoce.

Edith Wharton nació en el seno de una familia acomodada de Nueva York y pasó gran parte de su vida en entornos privilegiados, muy alejados de la pobreza rural y la escasez material que retrata en Ethan Frome. Sin embargo, esa distancia vital no resta veracidad a su mirada; al contrario, subraya su capacidad para observar y denunciar los efectos devastadores de determinadas estructuras sociales, especialmente aquellas que afectan de forma directa a la libertad individual y, en particular, a la vida de las mujeres. Wharton fue una autora profundamente crítica con los convencionalismos, con los matrimonios por conveniencia y con las ataduras que condenaban a muchas personas —y muy especialmente a las mujeres— a una existencia de dependencia, resignación y silencioso sufrimiento.

En este sentido, resulta significativo que Ethan Frome fuera una obra que, según la propia autora, sus amistades intentaron disuadirla de publicar. A primera vista, la novela podía parecer indecorosa: una historia que giraba en torno al deseo, la insatisfacción conyugal y una relación que se mueve en los márgenes del adulterio. Sin embargo, esa lectura superficial no hace justicia al verdadero alcance del texto. Lejos de ser un relato escandaloso, Ethan Frome es una obra de gran densidad moral y psicológica, que analiza con crudeza las consecuencias de las decisiones impuestas por la tradición, la presión social y la falta de alternativas reales.

La novela se presenta, en su estructura, como una historia enmarcada. Un narrador externo —un forastero que llega al pequeño y aislado pueblo de Starkfield— se siente intrigado por la figura maltrecha y silenciosa de Ethan Frome. Hay algo en su presencia, en su cuerpo marcado y en su actitud resignada, que despierta una curiosidad inevitable. A partir de ese encuentro fortuito, Wharton juega con las expectativas del lector: primero sugiere una serie de interpretaciones, para luego romperlas mediante una regresión en el tiempo que revela la verdadera historia de Ethan y las circunstancias que lo condujeron a ese presente desolador.

Uno de los grandes logros de Ethan Frome es precisamente su capacidad para generar impacto a pesar de su brevedad. Wharton no necesita largas digresiones ni tramas complejas; le basta con un puñado de escenas, un entorno hostil y unos personajes atrapados en roles psicológicos muy definidos. La tragedia que se despliega ante el lector es, en apariencia, sencilla, pero su carga emocional es devastadora.

Ethan Frome es presentado como un hombre profundamente infantilizado. Tras haber dedicado su juventud al cuidado de sus padres, queda atrapado en una vida que no eligió del todo, marcada por la soledad, la pobreza y la sensación constante de haber llegado tarde a todo. Su matrimonio con Zeena no nace del amor, sino de la necesidad: la búsqueda de una figura que lo cuide, que le dé una estructura, que lo salve de quedarse solo. Ethan no es un héroe romántico ni un rebelde; es, más bien, el retrato de alguien que nunca aprendió a desear para sí mismo algo distinto.

Zeena, por su parte, encarna una figura compleja y profundamente incómoda. Su hipocondría, su rigidez y su aparente frialdad no pueden leerse únicamente como rasgos individuales, sino como el resultado de un sistema que la condena a un único rol posible: el de cuidadora. Incluso cuando su salud parece quebrarse, Zeena no escapa de esa función; su identidad está tan ligada a ella que resulta imposible separarla de su malestar. Wharton no la presenta como una villana, sino como otro engranaje más de una maquinaria social que no ofrece salidas.

Frente a ellos aparece Mattie, el rayo de luz que llega desde fuera y altera la frágil cotidianidad de los Frome. Su juventud, su vitalidad y su mera presencia despiertan en Ethan una conciencia dolorosa de todo lo que no ha vivido. Mattie no es solo un objeto de deseo: representa la posibilidad de otra vida, de un futuro distinto, de una elección que ya no parece posible. Sin embargo, esa esperanza es tan breve como intensa, y su irrupción no trae redención, sino un conflicto aún más profundo.

Más allá del triángulo emocional, Ethan Frome aborda una serie de temas tabú para su época. No se limita al amor frustrado o al deseo contenido, sino que se adentra en cuestiones como la traición, la mentira, la culpa y, de manera especialmente perturbadora, el pecado de la muerte. La crítica social está siempre presente, no como un discurso explícito, sino como un trasfondo constante que condiciona cada decisión, cada silencio y cada renuncia.

Lo que hace que esta historia resulte tan triste no es solo su desenlace, sino la sensación de inevitabilidad que la atraviesa. Los personajes no parecen avanzar hacia su destino; más bien, se deslizan hacia él, atrapados en una sucesión de malas decisiones tomadas no por maldad, sino por falta de libertad. La vida que retrata Wharton es una vida marcada por la negatividad, el pesimismo y la resignación, donde el entorno rural, lejos de ofrecer refugio, actúa como una prisión emocional.

Si tuviera que señalar un aspecto negativo —y a diferencia de muchos lectores, no me refiero al final— sería la forma en que se construyen los sentimientos de Mattie en determinados momentos. Su intensidad resulta, en ocasiones, demasiado abrupta e inesperada, y esa brusquedad emocional parece estar al servicio de justificar la inquietante resolución de la historia más que de un desarrollo psicológico plenamente orgánico. No arruina la novela, pero sí introduce una ligera disonancia en un relato que, por lo demás, está cuidadosamente contenido.

Aun así, Ethan Frome funciona como un poderoso manifiesto sobre la inestabilidad mental, los sentimientos reprimidos y la crueldad de un destino moldeado por normas sociales inflexibles. Wharton demuestra una enorme capacidad para condensar en pocas páginas una tragedia humana de gran calado, sin caer en el melodrama ni en la sentimentalidad fácil. Su mirada es fría, precisa y profundamente humana.

En definitiva, Ethan Frome es una novela breve pero contundente, una tragedia rural que no deja indiferente y que invita a reflexionar sobre las consecuencias de vivir sin posibilidad de elección. No es una lectura amable ni reconfortante, pero sí una obra valiosa para comprender la dimensión más oscura y comprometida de Edith Wharton, así como las heridas silenciosas que dejan las vidas atrapadas en lo que nunca pudieron ser.

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«No me gusta mi cuello», de Nora Ephron: entre la lucidez y los cánones de belleza.

Tengo que hacer un pequeño alegato a favor del ensayo.
He leído grandes textos que no han necesitado demasiadas páginas para ser contundentes, certeros y profundamente honestos con su mensaje. Quizá por eso el ensayo me parece el género perfecto para transicionar entre lecturas de ficción: permite cambiar de ritmo sin abandonar la reflexión, y ofrece una mirada directa —a veces incómoda— sobre el mundo y sobre quien escribe.

Y es desde ahí desde donde me acerco a No me gusta mi cuello, de Nora Ephron.

Antes de entrar en el libro, me parece importante situarlo dentro de una tradición más amplia: la de los ensayos escritos por mujeres, donde la experiencia personal se convierte en materia literaria y política a partes iguales. Pienso en autoras que han sabido hablar del cuerpo, de la edad, del trabajo, del amor o del fracaso sin pedir permiso, usando la ironía como arma y la lucidez como refugio. Nora Ephron pertenece, sin duda, a esa estirpe.

Venía de leer la última obra de Maruja Torres, y no estoy segura de que haya sido la mejor preparación previa… o quizá sí, precisamente por contraste. Estamos hablando de dos mujeres coetáneas, de edades similares, vinculadas al mundo de la comunicación y las letras, pero con contextos vitales tan distintos que resulta imposible no compararlas. Y en esa comparación, inevitablemente, una empatía pesa más que la otra.

Centrándonos ya en Nora Ephron, No me gusta mi cuello es una colección de ensayos breves donde la autora reflexiona sobre el paso del tiempo, el cuerpo femenino, la memoria, la vida profesional y las contradicciones propias de envejecer siendo mujer en una sociedad obsesionada con la juventud. Ephron escribe desde los sesenta años, con la mirada de alguien que ha vivido toda su vida en los grandes núcleos urbanos de Estados Unidos y que ha sido testigo directo de acontecimientos que hoy forman parte de la historia reciente del país.

Eso es, sin duda, uno de los aspectos más interesantes del libro: el punto de vista. Leer a una mujer que ha atravesado décadas clave del siglo XX, que ha trabajado en el periodismo, el cine y la escritura de guiones, y que reflexiona sobre ello con humor y cinismo, tiene un indudable valor testimonial.

Hay capítulos especialmente llamativos, como aquel en el que habla de la crisis de la vivienda en los años 80 y 90 en Nueva York. Nora se queja de no poder mantener su piso de ocho habitaciones, y aunque el texto está atravesado por una evidente autocrítica —ella misma es consciente de lo que está diciendo—, es imposible no leerlo hoy, desde España, sin que duela. La comparación es inevitable, incluso incómoda. Y ahí el ensayo funciona casi como documento: no tanto por lo que dice, sino por lo que revela de una época y de una mentalidad.

Sin embargo, hay aspectos del libro que me generan conflicto. Y creo que es importante nombrarlos.

Resulta curioso —y en cierto modo decepcionante— comprobar cómo Nora Ephron, referente para muchas mujeres, figura clave del guion cinematográfico y abanderada de la libertad femenina (especialmente en lo que respecta al divorcio y la independencia), sigue siendo profundamente víctima de los cánones de belleza. A lo largo del libro, el culto al cuerpo aparece de forma constante: el miedo a engordar, la obsesión con el cuello, las cremas, el pelo, las estrategias para ocultar el paso del tiempo.

Ephron llega a contar cómo se consideraba “obesa” por ganar diez kilos durante su etapa universitaria en los años sesenta —una época ya de por sí complicada para las mujeres—, y aunque el relato se presenta con humor, no deja de evidenciar una herida que nunca termina de cerrar. Lo que más me inquieta no es tanto que lo cuente, sino que esa esclavitud del cuerpo siga operando en su discurso décadas después, casi de forma inconsciente.

Desde esa narrativa aparentemente ligera e irónica, el mensaje que subyace me resulta, en algunos momentos, profundamente negativo, aunque se disfrace de realismo. Me hace replantearme hasta qué punto el humor puede funcionar como mecanismo de defensa sin convertirse, al mismo tiempo, en una forma de perpetuar ciertos estereotipos.

A nivel personal, no puedo evitar ver en Nora Ephron a una mujer blanca, privilegiada, profundamente marcada por los códigos culturales norteamericanos. Esto no invalida su experiencia, pero sí condiciona la lectura. Su mirada es valiosa, sí, pero también limitada. Y creo que el libro gana cuando se lee desde esa distancia crítica.

Dicho esto, No me gusta mi cuello tiene momentos brillantes. Su tono cínico al hablar de su vida, de sus errores y contradicciones, resulta honesto y, en ocasiones, muy lúcido. Como ejercicio comparativo —con otras autoras, con otros contextos, con nuestra propia experiencia— es una lectura enriquecedora.

Pero no situaría este ensayo entre las lecturas fundamentales del género. Es interesante, sí. Agudo en ciertos pasajes. Revelador como documento de época. Pero no imprescindible.

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Donde lo cotidiano se quiebra: explorando «Cuentos oscuros» de Shirley Jackson

Acercarse a Shirley Jackson siempre es una experiencia fronteriza: o entras de lleno en su mundo o corres el riesgo de quedarte en la superficie, viendo solo una capa de rareza que, sin el contexto adecuado, puede confundirse con frialdad o incluso con falta de dirección. Pero es justamente esa ambigüedad —esa forma de deslizarse entre lo cotidiano y lo inquietante— lo que la convierte en una autora única, capaz de transformar la normalidad en el escenario más terrorífico posible.

Por eso digo que amar u odiar el trabajo de Shirley depende, en gran medida, de cuánto te interese comprender su universo, que es a la vez doméstico, social y profundamente psicológico. Cuentos oscuros, esta antología ilustrada por Carmen Segovia y coeditada por Minúscula, es una puerta de entrada muy particular a su obra: no reúne sus relatos más conocidos, pero sí aquellos que mejor permiten observar su personaje literario desde dentro. Como si, en vez de ofrecernos su cara más célebre, nos diera un álbum de fotografías privadas, lleno de matices sutiles y gestos que solo se revelan con atención.

Shirley Jackson fue, y sigue siendo, una de las grandes maestras del terror. Su nombre está asociado inevitablemente a La lotería, uno de los relatos más perturbadores del siglo XX, y a La maldición de Hill House, novela que redefinió el género de casas encantadas y que ha sido adaptada en múltiples formatos. Autores como Stephen King han confesado su admiración por ella: King dijo que todo aquel que escriba terror hoy le debe algo a Shirley Jackson. Y no exagera.

La pregunta es inevitable: ¿qué la hace tan especial?

Jackson creó una forma nueva de terror. Un terror que no depende de monstruos, sombras ni apariciones, sino del día a día. Un terror doméstico que nace de la rutina, del matrimonio, de las presiones sociales, de la vigilancia constante de los demás, de las convenciones y de la culpa. Su literatura demuestra que el miedo no necesita de lo sobrenatural para existir: basta con observar cómo actúan las personas cuando creen que nadie las ve… o cuando todo el mundo está mirando demasiado.

Era madre de cuatro hijos, ama de casa y mujer profundamente consciente de su contexto: una Norteamérica conservadora que, tras los años cuarenta y cincuenta, reforzaba la idea de que la felicidad residía en la obediencia, la apariencia y la estabilidad. Pero Shirley veía las grietas. Y las convertía en cuento.

Esta antología reúne once relatos que, pese a no ser los más famosos de su producción, contienen muchas de sus obsesiones: el peso del hogar, la identidad, la comunidad como arma de opresión, el matrimonio como jaula, la adolescencia convertida en un espacio de confusión, y la figura del outsider —ese personaje que está fuera de lugar incluso dentro de su propia vida. La edición, acompañada por las ilustraciones de Carmen Segovia, suma una capa visual interesante: líneas inquietas, miradas perdidas, escenas aparentemente normales que esconden tensión. Es una traducción gráfica del universo de Jackson.

Ahora bien, Cuentos oscuros no es necesariamente la mejor puerta de entrada para quienes nunca han leído a la autora. Su estilo, marcado por la ambigüedad, por los silencios y por los detalles que pasan desapercibidos a la primera, puede generar desconcierto. Hay lectores que se acercan esperando sustos o giros evidentes y se encuentran con un tipo de terror mucho más sutil y, en ocasiones, más cruel: el terror que se vive en la convivencia, en el juicio ajeno, en la culpa y en los pequeños rituales sociales que aceptamos sin cuestionar. Por eso, recomendaría —siempre que se pueda— leer antes La lotería o Siempre hemos vivido en el castillo para familiarizarse con su mirada.

Aun así, la antología ofrece material fascinante. Hablaré de algunos relatos que considero especialmente significativos dentro del conjunto, no tanto como resumen, sino como pequeñas ventanas desde las que asomarse a la mente de Jackson.

El primero que destacaría es “La posibilidad de hacer el mal”, protagonizado por Adela Strangeworth, una mujer de 71 años que ha vivido toda su vida en el mismo pequeño pueblo donde su familia lleva generaciones asentada. Desde la primera página percibimos que Adela se siente responsable de la paz de la comunidad, como si fuese la guardiana silenciosa de un equilibrio frágil. Pero en los relatos de Shirley nada es lo que parece: aquello que se presenta como preocupación genuina se convierte en un acto de control y manipulación. Jackson muestra con sutileza cómo alguien aparentemente amable y respetado puede convertirse en el centro mismo del mal, precisamente porque nadie sospecha de ella. Aquí el terror no está en lo que sucede, sino en cómo lo cotidiano se deforma bajo el pretexto de “hacer el bien”.

Otro relato crucial es “Louisa, por favor, vuelve a casa”, donde seguimos a una joven que toma la decisión de desaparecer, de abandonar su vida para explorar otra versión de sí misma. Jackson utiliza esta premisa para hablar de la identidad como un espacio de fragilidad extrema. La protagonista experimenta la libertad, la culpa y el desconcierto de saberse —por primera vez— fuera de los roles que otros han fijado para ella. Es un relato que se mueve entre la incomodidad y el vacío, mostrando ese tipo de terror que nace cuando uno se enfrenta a la pregunta: “¿Quién soy si dejo de ser lo que los demás esperan?”.

El tema del hogar como carga aparece también en relatos como “La buena esposa” o “Qué idea”, donde el matrimonio no es refugio, sino prisión. Jackson desmenuza con una precisión casi quirúrgica las dinámicas de poder, las expectativas sociales, las renuncias silenciosas que se disfrazan de amor y comprensión. Resulta inevitable leer estas historias sin pensar en la propia autora y en lo que significaba ser mujer, escritora y madre en una época que apenas dejaba espacio para una vida interior propia.

Y por supuesto, no puedo dejar fuera “Los del verano”, el relato que más me impresionó de toda la selección. Me recordó de inmediato a La lotería, no solo por el ambiente rural, sino por la forma en que Jackson aborda los pactos de silencio, la fuerza de las costumbres y ese sentido de comunidad que, lejos de proteger, actúa como mecanismo de castigo y sometimiento. Aquí la resignación se convierte en ritual, y lo desconocido —o lo incuestionado— pesa tanto que apenas necesitamos una explicación para sentir miedo. Es probablemente el relato más escalofriante de la antología, precisamente porque no recurre a ningún elemento sobrenatural: el horror es la propia gente.

En conjunto, Cuentos oscuros es una lectura profundamente recomendable, pero que exige atención plena. No es un libro para leer con prisa ni para buscar un entretenimiento fácil. Jackson juega con los pequeños detalles, con esos gestos que se desvanecen si parpadeas demasiado rápido. Cada línea tiene peso, cada silencio dice más de lo que parece. Leerla es un ejercicio activo: una invitación a mirar debajo de la superficie, a escuchar lo que se esconde tras las palabras correctas, los modales educados y las apariencias de normalidad.

Confieso que eché de menos algunos de sus relatos más conocidos —habría sido una antología perfecta con un par de ellos incluidos—, pero la experiencia final ha sido igualmente enriquecedora. Este libro permite conocer a la Shirley Jackson menos obvia, la que no busca impactar de inmediato, sino perturbar lentamente. La que no grita, sino que susurra hasta que, sin darte cuenta, te cala entera.

PD: Y sí, el libro gana muchísimo si lo lees con amigas. La incomodidad compartida pesa menos… pero también se disfruta más.

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“Haunting Adeline”: cuando la fascinación por lo oscuro choca con la ética lectora

Haunting Adeline (2021), de H. D. Carlton, no es simplemente un éxito viral de BookTok: es un fenómeno cultural que ha encendido uno de los debates más intensos de los últimos años sobre los límites del romance oscuro, la responsabilidad narrativa y la representación de la violencia. El libro se ha leído compulsivamente, rechazado visceralmente y analizado desde perspectivas feministas, literarias y psicológicas. Para entender por qué divide tanto, es esencial comprender tanto su historia como lo que esta historia significa en el contexto actual.

De qué va realmente Haunting Adeline

La novela sigue a Adeline Reilly, una joven escritora que hereda la casa de su difunta abuela, un lugar cargado de secretos familiares y un pasado inquietante. Mientras Adeline investiga el diario de su bisabuela —una mujer atrapada en un romance prohibido y en una trama siniestra—, comienza a experimentar sucesos extraños en la casa: sombras, ruidos, sensación de ser observada. Lo que inicialmente parece un elemento paranormal pronto revela su verdadero origen.

Zade Meadows, un hacker brillante y vigilante clandestino que se dedica a combatir redes de trata de personas por medios violentos, se obsesiona con Adeline desde el primer momento en que la ve. A diferencia de otros protagonistas del romance oscuro, Zade no oculta su obsesión: la sigue, la observa, entra en su casa, le deja mensajes y controla su vida desde la sombra. No intenta ser un “caballero oscuro”; es un acosador explícito que justifica sus actos a través de su amor y de una supuesta misión de protección.

La tensión entre ambos se construye sobre una relación sin equilibrio ni consentimiento claro. Adeline siente miedo, repulsión, atracción y dependencia emocional, en una mezcla que la historia presenta como parte del magnetismo entre ambos. Al mismo tiempo, la trama paralela sobre tráfico sexual —que Zade combate con brutalidad— añade un componente de thriller, pero también una capa controversial por la forma en que la novela alterna trauma, erotismo y violencia sin transiciones delicadas.

Este argumento, que podría haber sido una exploración psicológica o gótica, se convierte en un terreno peligrosamente ambiguo: ¿estamos ante una historia de terror romántico, una fantasía oscura o una glamurización del abuso?

La autora detrás de la polémica

H. D. Carlton es una autora autopublicada que ha encontrado en el dark romance no solo un nicho, sino una marca personal. Sus obras exploran personajes moralmente grises, traumas intensos y situaciones extremas, todo envuelto en ritmo rápido y lenguaje accesible. Su éxito se debe, en gran parte, a la viralización en TikTok y a la fascinación de ciertos lectores por historias que “cruzan líneas”.

Sin embargo, su estilo ha sido criticado por su tendencia a usar violencia y trauma como recursos narrativos sin la profundidad emocional o ética que estos temas exigen. Para algunos, Carlton escribe ficción provocadora; para otros, ficción irresponsable. Y Haunting Adeline es el epicentro de esa dicotomía.

Entre la adicción y el rechazo: la respuesta del público

Pocas novelas contemporáneas han generado reacciones tan extremas. En TikTok y Goodreads abundan las reseñas que describen la lectura como “adictiva”, “intensa” o “aterradora en el buen sentido”. Muchos lectores celebran el personaje de Zade por su intensidad, su papel de “vigilante” y su aura de antihéroe.

Pero al otro lado del espectro, cientos de lectores expresan desagrado profundo. En foros como Reddit, algunos confiesan haber abandonado la lectura por sentir que el libro normaliza abiertamente la violencia sexual. Otros señalan que las escenas explícitas cruzan límites que el género suele manejar con más cuidado. También hay quien critica el estilo literario, considerándolo inmaduro o exageradamente sensacionalista, con diálogos que rozan lo caricaturesco.

Uno de los comentarios más repetidos es el desconcierto: muchos entran esperando un romance oscuro intenso y se encuentran con episodios de acoso presentados como erotismo, con poco espacio para la reflexión o el impacto emocional real.

Qué dicen los críticos literarios

Desde la crítica especializada y la blogosfera literaria, las observaciones más frecuentes giran en torno a tres aspectos:

  1. La construcción de personajes
    Aunque Zade y Adeline tienen potencial, muchos lectores señalan que Carlton no profundiza en su psicología. Más que complejos, los personajes parecen diseñados para provocar reacciones extremas, no para construir un arco emocional coherente. Adeline, en particular, se percibe a veces como reactiva y desconectada de su propio trauma.
  2. Problemas narrativos
    Reseñistas profesionales subrayan que la trama del diario de la bisabuela —que podría haber aportado dimensión y simbolismo— se desarrolla de manera superficial. El misterio se resuelve sin demasiada sorpresa, y la historia de terror gótico queda eclipsada por la dinámica tóxica entre los protagonistas.
  3. Estilo sensacionalista
    Varias críticas apuntan a que el libro parece escrito para impactar más que para construir significado. El uso de violencia gráfica y sexual, lejos de profundizar en el trauma, a menudo se percibe como un recurso estético.

La secuela: cuando la polémica se intensifica

Hunting Adeline, segunda parte de la duología, no solo no calma la controversia: la amplifica. Los lectores más críticos destacan que la secuela duplica la crudeza, prolonga la dinámica de poder desequilibrada e introduce con más fuerza elementos inspirados en teorías conspirativas, algunas vinculadas a QAnon. Esto ha generado preocupación entre expertos en medios, que alertan sobre cómo ciertas narrativas pueden reforzar creencias peligrosas cuando no están contextualizadas.

Además, aquellos que esperaban algún tipo de redención emocional o de resolución responsable encuentran que la historia continúa explorando fantasías extremas sin un contrapunto ético claro.

Lo que opinan los expertos: por qué este tipo de lecturas generan alarma

Para comprender por qué Haunting Adeline preocupa a especialistas en género, crítica literaria y psicología, hay que atender al contexto cultural. No se trata de censurar la ficción oscura —el dark romance tiene una larga tradición en la literatura—, sino de analizar cómo se construyen ciertas ideas sobre el deseo, el poder y el consentimiento.

La representación del consentimiento

Uno de los mayores motivos de preocupación es la confusión entre consentimiento y coacción. En la novela, Zade ignora límites explícitos, manipula situaciones y utiliza información privada obtenida sin permiso. Aunque Adeline sienta deseo hacia él, la narrativa no ofrece una reflexión sólida sobre lo que significa desear desde el miedo o el trauma. Este tratamiento ambiguo puede reforzar mitos peligrosos sobre el amor obsesivo como algo romántico.

Erotización del abuso

La línea entre ficción transgresora y romantización del abuso es delgada. Algunos expertos subrayan que la novela no ofrece un marco crítico, sino que estetiza la violencia como parte de la atracción erótica. Para lectores con formación psicológica, esto puede ser culturalmente dañino, sobre todo entre audiencias jóvenes que están formando sus referencias afectivas.

Uso superficial del trauma

La trama sobre trata de personas, tortura y explotación sexual podría haber sido un espacio poderoso para la denuncia o la empatía, pero muchos críticos señalan que en Haunting Adeline funciona sobre todo como telón de fondo sensacionalista. Esto trivializa experiencias reales y utiliza el horror del mundo como material de entretenimiento sin cuestionarlo.

Impacto social y viralidad

En un contexto donde BookTok influye en millones de lectores jóvenes, la responsabilidad cultural de las narrativas se vuelve más relevante. No se trata de prohibir, sino de comprender qué mensajes se transmiten cuando una historia sin filtros circula masivamente sin marco crítico.

Conclusión: ¿lectura peligrosa, provocadora o simplemente mal entendida?

Haunting Adeline es un libro que provoca. Para unos, excitación; para otros, rechazo profundo. Su mayor problema, según muchos especialistas, es la ambigüedad moral: presenta el acoso, la coacción y la violencia desde una estética seductora sin desactivar sus implicaciones éticas. La ficción no causa violencia directamente, pero sí moldea imaginarios, y este libro navega en un terreno simbólico delicado.

La fascinación por lo oscuro existe desde siempre. Pero cuando lo oscuro se presenta como deseo legítimo sin reflexión, el riesgo no está en leerlo, sino en no cuestionarlo.

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Virginia Woolf y la delicada arquitectura de «Una casa encantada»

Hablar de Virginia Woolf es adentrarse en una de las voces más refinadas y vanguardistas de la literatura británica del primer tercio del siglo XX. Nacida en Londres en 1882, formada en un hogar donde la educación, la lectura y la conversación intelectual eran alimento cotidiano, Woolf creció rodeada de bibliotecas, referentes literarios y debates que moldearon su sensibilidad. Desde joven tuvo acceso a los clásicos ingleses, a la filosofía, a la historia y a la poesía, un bagaje que más tarde confluiría en ese estilo suyo tan inconfundible: fluido, introspectivo, atento a los matices del pensamiento y a las pulsaciones de la conciencia.

Autora de obras esenciales como La señora Dalloway, Al faro, Orlando o Las olas, Woolf transformó la narrativa moderna gracias a su exploración del flujo de la conciencia, su ruptura con la linealidad tradicional y su profunda atención a los símbolos como engranajes secretos que sostienen la experiencia interior. Su prosa no describe: ilumina. No avanza: respira. Y en ese respirar se construye un tipo de literatura donde el tiempo es elástico, los objetos participan del alma humana y el lenguaje adquiere una dimensión casi musical.

Aunque sus cuentos no alcanzaron la misma celebración que sus novelas, quizá porque muchos fueron escritos en etapas tempranas o concebidos como esbozos narrativos, en ellos ya se advierte la sutil trama que organiza su obra entera: un lirismo que se desliza entre las sombras, una sensibilidad que convierte lo cotidiano en símbolo, y una búsqueda constante de nuevas formas para decir lo indecible.

Una casa encantada pertenece a esa constelación. En su brevedad, el relato se expresa con el virtuosismo de una pieza de cámara. Una pareja, dos parejas, la hierba del jardín, un cristal que es la muerte, las manzanas, las rosas, un latido que parece venir de lo profundo de la casa. Sugerencias, preguntas, voces que se funden en un murmullo que susurra y calla. Una casa que es, más que escenario, la metáfora de una escritura entre penumbras, donde lo incierto y lo silenciado constituyen una arquitectura propia.

En este pequeño relato, Woolf ensaya una sucesiva metáfora del lenguaje: lo espectral no es solo la presencia de los fantasmas, sino la representación misma del tiempo, del legado, del amor que persiste en aquello que se deja atrás. Como en La señora Dalloway, no hay una continuidad tradicional en la trama; lo que domina es la sensación, la atmósfera, ese modo casi poético de entrar en una escena que se sueña más que se narra. Uno no “sigue” la historia; la respira. Intuye lo que ocurre, pero en realidad lo que importa es el sentimiento, la vibración sutil del instante.

Aquí, sin embargo, la atmósfera se mueve en un registro que no solemos asociar a Woolf: una apariencia de cuento de terror, o al menos la insinuación de que caminamos por habitaciones donde algo inquietante se desliza. Pero ¿hasta qué punto estamos en un relato de terror? Quizá no del todo. Tal vez lo que se despliega sea, más bien, un poema de fantasmas donde asoman el amor en la soledad, el misterio, las manzanas convertidas en símbolo, el tiempo que se escapa, lo que queda detrás como un eco.

No es casual que algo de la atmósfera de Henry James —a quien Woolf admiraba profundamente— parezca deslizarse entre sus líneas: el uso del silencio, de la sugerencia, de lo no dicho como auténtico motor narrativo. El cuento fue publicado en Monday or Tuesday en 1921, y, curiosamente, existe una versión libre para el cine, A Ghost Story (2017), dirigida por David Lowery, que retoma parte de ese espíritu: lo que perdura, lo que se transforma, lo que se recuerda cuando todo lo demás ya no está.

En 1941, Virginia Woolf se suicidó en Sussex, vencida por las depresiones que la acompañaron durante toda su vida. Pero dejó una obra atravesada por una luz particular, por esa capacidad suya de convertir lo íntimo en universal y de hacer del lenguaje un territorio donde lo visible y lo invisible conviven.

Una casa encantada es, quizás, la prueba de que incluso en lo más breve sabía construir un mundo entero. Un mundo de símbolos, latidos y murmullos que, como los fantasmas del relato, siguen deambulando mucho después de cerrar la última página.

Sara Mendoza


Una casa encantada

Virginia Woolf

A cualquier hora que despertaras, una puerta se cerraba. Iban de habitación en habitación, de la mano, levantando aquí, abriendo allá, asegurándose: una pareja fantasmal.

«Aquí lo dejamos», dijo ella.
«Ah, pero aquí también», añadió él.
«Está arriba», murmuró ella.
«Y en el jardín», susurró él.
«Silencio», dijeron, «o los despertaremos».

Pero no era que nos despertaran. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», diría uno, y así seguiría leyendo una o dos páginas. «Ahora lo han encontrado», pensaría seguro, deteniendo el lápiz en el margen. Y entonces, cansado de leer, podría levantarse y ver con sus propios ojos: la casa vacía, las puertas abiertas, solo las palomas torcaces rebosantes de satisfacción y el zumbido de la trilladora que llegaba desde la granja. «¿Para qué vine aquí? ¿Qué quería encontrar?». Tenía las manos vacías. «¿Quizá esté arriba entonces?». Las manzanas estaban en el desván. Y así, abajo otra vez: el jardín quieto como siempre, solo el libro se había deslizado entre la hierba.

Pero lo habían encontrado en el salón. No es que uno pudiera verlos jamás. Los cristales reflejaban manzanas, rosas; todas las hojas eran verdes en el cristal. Si se movían en el salón, la manzana solo se volvía amarilla. Sin embargo, un momento después, si se abría la puerta, extendido por el suelo, colgado de las paredes, suspendido del techo… ¿qué? Mis manos estaban vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los pozos más profundos del silencio, la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro enterrado; la habitación…». Y el pulso se detuvo en seco. Oh, ¿era ese el tesoro enterrado?

Un momento después, la luz se había apagado. ¿En el jardín, entonces? Pero los árboles tejían oscuridad para un rayo de sol errante. Tan bello, tan raro, fríamente hundido bajo la superficie, el rayo que buscaba siempre ardía tras el cristal. La muerte era el cristal; la muerte estaba entre nosotros: alcanzó primero a la mujer, hace cientos de años, saliendo de la casa, sellando todas las ventanas; las habitaciones quedaron a oscuras. La dejó; la dejó y fue al norte, fue al este, vio las estrellas girar en el cielo del sur; buscó la casa de nuevo y la encontró hundida bajo los Downs. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo».

El viento ruge por la avenida. Los árboles se inclinan y se doblan a un lado y a otro. Los rayos de luna salpican y se derraman violentamente bajo la lluvia. Pero el haz de luz de la lámpara cae directo desde la ventana. La vela arde rígida e inmóvil. Deambulando por la casa, abriendo las ventanas, susurrando para no despertarnos, la pareja fantasmal busca su alegría.

«Aquí dormimos», dice ella.
Él añade: «Besos sin número».
«Despertando por la mañana…»
«Plata entre los árboles…»
«Arriba…»
«En el jardín…»
«Cuando llegó el verano…»
«En invierno, nevando…»

Las puertas se cierran a lo lejos, golpeando suavemente como el latido de un corazón.

Se acercan; se detienen en la puerta. El viento amaina, la lluvia se desliza plateada por el cristal. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a ninguna dama extendiendo su manto fantasmal. Sus manos protegen la linterna.

«Mira», susurra. «Profundamente dormidos. Amor en sus labios».

Inclinados, sosteniendo su lámpara de plata sobre nosotros, nos observan larga y profundamente. Hacen una pausa. El viento sopla recto; la llama se inclina ligeramente. Los rayos de luna cruzan el suelo y la pared, y al encontrarse, tiñen los rostros inclinados: los rostros meditabundos; los rostros que escrutan a los durmientes y buscan su alegría oculta.

«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa.
«Largos años…», suspira.
«Me encontraste de nuevo».
«Aquí», murmura, «durmiendo; leyendo en el jardín; riendo, rodando manzanas en el desván. Aquí dejamos nuestro tesoro…».

Al agacharme, su luz levanta mis párpados.
«¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late con fuerza el pulso de la casa.

Despierto y grito:
«¿Oh, es este tu tesoro enterrado? La luz en el corazón».