Hablar de Virginia Woolf es adentrarse en una de las voces más refinadas y vanguardistas de la literatura británica del primer tercio del siglo XX. Nacida en Londres en 1882, formada en un hogar donde la educación, la lectura y la conversación intelectual eran alimento cotidiano, Woolf creció rodeada de bibliotecas, referentes literarios y debates que moldearon su sensibilidad. Desde joven tuvo acceso a los clásicos ingleses, a la filosofía, a la historia y a la poesía, un bagaje que más tarde confluiría en ese estilo suyo tan inconfundible: fluido, introspectivo, atento a los matices del pensamiento y a las pulsaciones de la conciencia.
Autora de obras esenciales como La señora Dalloway, Al faro, Orlando o Las olas, Woolf transformó la narrativa moderna gracias a su exploración del flujo de la conciencia, su ruptura con la linealidad tradicional y su profunda atención a los símbolos como engranajes secretos que sostienen la experiencia interior. Su prosa no describe: ilumina. No avanza: respira. Y en ese respirar se construye un tipo de literatura donde el tiempo es elástico, los objetos participan del alma humana y el lenguaje adquiere una dimensión casi musical.
Aunque sus cuentos no alcanzaron la misma celebración que sus novelas, quizá porque muchos fueron escritos en etapas tempranas o concebidos como esbozos narrativos, en ellos ya se advierte la sutil trama que organiza su obra entera: un lirismo que se desliza entre las sombras, una sensibilidad que convierte lo cotidiano en símbolo, y una búsqueda constante de nuevas formas para decir lo indecible.
Una casa encantada pertenece a esa constelación. En su brevedad, el relato se expresa con el virtuosismo de una pieza de cámara. Una pareja, dos parejas, la hierba del jardín, un cristal que es la muerte, las manzanas, las rosas, un latido que parece venir de lo profundo de la casa. Sugerencias, preguntas, voces que se funden en un murmullo que susurra y calla. Una casa que es, más que escenario, la metáfora de una escritura entre penumbras, donde lo incierto y lo silenciado constituyen una arquitectura propia.
En este pequeño relato, Woolf ensaya una sucesiva metáfora del lenguaje: lo espectral no es solo la presencia de los fantasmas, sino la representación misma del tiempo, del legado, del amor que persiste en aquello que se deja atrás. Como en La señora Dalloway, no hay una continuidad tradicional en la trama; lo que domina es la sensación, la atmósfera, ese modo casi poético de entrar en una escena que se sueña más que se narra. Uno no “sigue” la historia; la respira. Intuye lo que ocurre, pero en realidad lo que importa es el sentimiento, la vibración sutil del instante.
Aquí, sin embargo, la atmósfera se mueve en un registro que no solemos asociar a Woolf: una apariencia de cuento de terror, o al menos la insinuación de que caminamos por habitaciones donde algo inquietante se desliza. Pero ¿hasta qué punto estamos en un relato de terror? Quizá no del todo. Tal vez lo que se despliega sea, más bien, un poema de fantasmas donde asoman el amor en la soledad, el misterio, las manzanas convertidas en símbolo, el tiempo que se escapa, lo que queda detrás como un eco.
No es casual que algo de la atmósfera de Henry James —a quien Woolf admiraba profundamente— parezca deslizarse entre sus líneas: el uso del silencio, de la sugerencia, de lo no dicho como auténtico motor narrativo. El cuento fue publicado en Monday or Tuesday en 1921, y, curiosamente, existe una versión libre para el cine, A Ghost Story (2017), dirigida por David Lowery, que retoma parte de ese espíritu: lo que perdura, lo que se transforma, lo que se recuerda cuando todo lo demás ya no está.
En 1941, Virginia Woolf se suicidó en Sussex, vencida por las depresiones que la acompañaron durante toda su vida. Pero dejó una obra atravesada por una luz particular, por esa capacidad suya de convertir lo íntimo en universal y de hacer del lenguaje un territorio donde lo visible y lo invisible conviven.
Una casa encantada es, quizás, la prueba de que incluso en lo más breve sabía construir un mundo entero. Un mundo de símbolos, latidos y murmullos que, como los fantasmas del relato, siguen deambulando mucho después de cerrar la última página.
Sara Mendoza
Una casa encantada
Virginia Woolf
A cualquier hora que despertaras, una puerta se cerraba. Iban de habitación en habitación, de la mano, levantando aquí, abriendo allá, asegurándose: una pareja fantasmal.
«Aquí lo dejamos», dijo ella.
«Ah, pero aquí también», añadió él.
«Está arriba», murmuró ella.
«Y en el jardín», susurró él.
«Silencio», dijeron, «o los despertaremos».
Pero no era que nos despertaran. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», diría uno, y así seguiría leyendo una o dos páginas. «Ahora lo han encontrado», pensaría seguro, deteniendo el lápiz en el margen. Y entonces, cansado de leer, podría levantarse y ver con sus propios ojos: la casa vacía, las puertas abiertas, solo las palomas torcaces rebosantes de satisfacción y el zumbido de la trilladora que llegaba desde la granja. «¿Para qué vine aquí? ¿Qué quería encontrar?». Tenía las manos vacías. «¿Quizá esté arriba entonces?». Las manzanas estaban en el desván. Y así, abajo otra vez: el jardín quieto como siempre, solo el libro se había deslizado entre la hierba.
Pero lo habían encontrado en el salón. No es que uno pudiera verlos jamás. Los cristales reflejaban manzanas, rosas; todas las hojas eran verdes en el cristal. Si se movían en el salón, la manzana solo se volvía amarilla. Sin embargo, un momento después, si se abría la puerta, extendido por el suelo, colgado de las paredes, suspendido del techo… ¿qué? Mis manos estaban vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los pozos más profundos del silencio, la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro enterrado; la habitación…». Y el pulso se detuvo en seco. Oh, ¿era ese el tesoro enterrado?
Un momento después, la luz se había apagado. ¿En el jardín, entonces? Pero los árboles tejían oscuridad para un rayo de sol errante. Tan bello, tan raro, fríamente hundido bajo la superficie, el rayo que buscaba siempre ardía tras el cristal. La muerte era el cristal; la muerte estaba entre nosotros: alcanzó primero a la mujer, hace cientos de años, saliendo de la casa, sellando todas las ventanas; las habitaciones quedaron a oscuras. La dejó; la dejó y fue al norte, fue al este, vio las estrellas girar en el cielo del sur; buscó la casa de nuevo y la encontró hundida bajo los Downs. «A salvo, a salvo, a salvo», latía alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo».
El viento ruge por la avenida. Los árboles se inclinan y se doblan a un lado y a otro. Los rayos de luna salpican y se derraman violentamente bajo la lluvia. Pero el haz de luz de la lámpara cae directo desde la ventana. La vela arde rígida e inmóvil. Deambulando por la casa, abriendo las ventanas, susurrando para no despertarnos, la pareja fantasmal busca su alegría.
«Aquí dormimos», dice ella.
Él añade: «Besos sin número».
«Despertando por la mañana…»
«Plata entre los árboles…»
«Arriba…»
«En el jardín…»
«Cuando llegó el verano…»
«En invierno, nevando…»
Las puertas se cierran a lo lejos, golpeando suavemente como el latido de un corazón.
Se acercan; se detienen en la puerta. El viento amaina, la lluvia se desliza plateada por el cristal. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a ninguna dama extendiendo su manto fantasmal. Sus manos protegen la linterna.
«Mira», susurra. «Profundamente dormidos. Amor en sus labios».
Inclinados, sosteniendo su lámpara de plata sobre nosotros, nos observan larga y profundamente. Hacen una pausa. El viento sopla recto; la llama se inclina ligeramente. Los rayos de luna cruzan el suelo y la pared, y al encontrarse, tiñen los rostros inclinados: los rostros meditabundos; los rostros que escrutan a los durmientes y buscan su alegría oculta.
«A salvo, a salvo, a salvo», late con orgullo el corazón de la casa.
«Largos años…», suspira.
«Me encontraste de nuevo».
«Aquí», murmura, «durmiendo; leyendo en el jardín; riendo, rodando manzanas en el desván. Aquí dejamos nuestro tesoro…».
Al agacharme, su luz levanta mis párpados.
«¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!», late con fuerza el pulso de la casa.
Despierto y grito:
«¿Oh, es este tu tesoro enterrado? La luz en el corazón».