
Entre las muchas formas de mirar hacia el pasado, la novela gráfica se ha convertido en una de las más poderosas. Su capacidad para combinar imagen y palabra permite abordar episodios complejos de la historia con una fuerza emocional y narrativa difícil de alcanzar por otros medios. En tiempos como los actuales, en los que el debate sobre la memoria histórica continúa abierto, obras como El abismo del olvido de Paco Roca y Rodrigo Terrasa se revelan no solo como propuestas artísticas, sino como auténticos ejercicios de memoria colectiva.
La novela gráfica se adentra en uno de los capítulos más dolorosos de la historia contemporánea española: las consecuencias humanas de la Guerra Civil Española y la larga sombra de la represión posterior. Pero lo hace alejándose del relato abstracto o puramente histórico para centrarse en historias concretas, en nombres propios y en vidas marcadas por la pérdida. Y aquí reside uno de los aspectos más importantes de la obra: lo que se cuenta no es ficción, sino una historia real basada en testimonios, archivos y hechos documentados.
El abismo del olvido reconstruye acontecimientos que sucedieron realmente y que afectaron a personas reales. No se trata de una dramatización imaginada, sino de la narración de una memoria histórica que durante décadas permaneció enterrada —en ocasiones literalmente— bajo el silencio y el miedo. En este sentido, la novela gráfica funciona casi como una crónica ilustrada que rescata del olvido a quienes nunca debieron desaparecer de la historia.
Uno de los aspectos más impactantes de la obra es la paradoja que plantea su propio formato. Durante mucho tiempo, el cómic —o la novela gráfica— fue considerado un género menor, asociado a la infancia o al entretenimiento ligero. Sin embargo, el trabajo de Paco Roca demuestra una vez más que el lenguaje de la ilustración puede abordar con enorme sensibilidad temas de gran profundidad histórica y humana. Las viñetas de El abismo del olvido no suavizan el drama; al contrario, lo hacen más tangible. La aparente sencillez de su estilo amplifica el peso emocional de la historia.
El relato gira en torno a varias figuras clave que encarnan la lucha contra el olvido. Entre ellas destaca Pepica Celda, una mujer que, incluso en una edad muy avanzada, mantuvo viva una determinación casi inquebrantable: recuperar los restos de su padre, fusilado tras la guerra, para poder enterrarlos junto a los de su madre. Su historia no es simbólica ni metafórica: es una historia real, documentada, que representa a miles de familias españolas que durante décadas convivieron con la ausencia, la incertidumbre y la imposibilidad de despedirse de sus muertos.
Pepica es retratada como algo más que una víctima del pasado. En la obra se convierte en un símbolo de la perseverancia de quienes nunca dejaron de buscar justicia. A pesar de los años y del desgaste del tiempo, no renunció a su objetivo: devolver a su padre al lugar que le correspondía, junto a su familia. Su lucha demuestra que la memoria histórica no se sostiene solo en archivos o discursos políticos, sino en la obstinación íntima de quienes se negaron a aceptar el olvido.
Junto a ella aparece otra figura fundamental de esta historia real: Leoncio Badía, un maestro republicano que, tras la guerra, fue obligado a trabajar como sepulturero. Desde esa posición impuesta por las circunstancias, Badía protagonizó una forma silenciosa de resistencia. Arriesgando su propia vida, intentó preservar la dignidad de los cuerpos enterrados en las fosas comunes y, siempre que podía, ayudaba a las familias a identificar o localizar a sus seres queridos.
La historia de Leoncio Badía resulta especialmente conmovedora porque muestra cómo, incluso en los momentos más oscuros, hubo personas que se negaron a aceptar la deshumanización de los vencidos. Su labor como sepulturero de “los suyos” fue un gesto de dignidad en medio de la represión y el miedo. Gracias a testimonios y documentos históricos, la obra reconstruye su figura con un respeto absoluto hacia su memoria.
El trabajo de investigación de Rodrigo Terrasa es uno de los pilares de la novela gráfica. La obra está construida sobre una sólida base documental que combina archivos, entrevistas y reconstrucción histórica. Este rigor permite que el relato tenga una fuerza reveladora poco habitual, hasta el punto de que la lectura resulta, en muchos momentos, más esclarecedora que numerosos documentales sobre el tema.
La obra también aborda el contexto político y social que rodeó durante décadas la búsqueda de los desaparecidos. En particular, se menciona la importancia de la Ley de Memoria Histórica de 2007, que permitió a muchas familias iniciar procesos de exhumación para recuperar los restos de sus familiares. Durante años, mientras las víctimas del bando franquista habían podido recibir sepultura y reconocimiento, miles de republicanos permanecieron enterrados en fosas comunes sin identificación.
La aprobación de esta ley supuso para muchas familias una oportunidad tardía de cerrar heridas. Gracias a ella, comenzaron a abrirse fosas y a recuperarse cuerpos que llevaban más de setenta años esperando ser reconocidos. En ese contexto, la historia de Pepica adquiere una dimensión aún más conmovedora. Tras toda una vida de lucha, logró finalmente recuperar los restos de su padre.
El momento en que su objetivo se cumple no se presenta como un triunfo heroico, sino como un acto profundamente humano: devolver a un padre a su familia. Pepica tuvo la fortuna de ver cumplido ese deseo en los últimos años de su vida, algo que muchas otras familias nunca pudieron experimentar.
Desde el punto de vista artístico, Paco Roca vuelve a demostrar por qué es una de las voces más importantes de la novela gráfica española contemporánea. Su estilo, sobrio y reconocible, evita el dramatismo excesivo y apuesta por una narración visual clara y directa. El uso de flashbacks permite alternar pasado y presente con naturalidad, sumergiendo al lector en la historia sin perder nunca el hilo narrativo.
Las viñetas están construidas con una sensibilidad especial hacia los silencios y los gestos. Muchas veces son las miradas, los paisajes o los espacios vacíos los que transmiten la emoción de la historia. Esta contención narrativa resulta especialmente efectiva para abordar temas tan delicados como el duelo, la memoria o la dignidad de los muertos.
En última instancia, El abismo del olvido funciona como una recapitulación de algunos de los episodios más oscuros de la historia reciente de España. Pero, sobre todo, da voz a quienes durante décadas fueron obligados a callar: las viudas, las madres, las hijas y las familias que vivieron marcadas por la ausencia. Mujeres a las que se les negó incluso el derecho a llorar públicamente a sus seres queridos.
Por eso esta novela gráfica no es solo una obra sobre el pasado, es también una advertencia sobre el presente. Recordar no significa reabrir heridas, sino reconocerlas para que no vuelvan a repetirse. El olvido, en cambio, puede convertirse en una forma de injusticia prolongada.
El abismo del olvido es, en definitiva, una obra dura, profundamente conmovedora y necesaria. Una lectura que interpela al lector y le obliga a mirar de frente una parte de la historia que durante demasiado tiempo permaneció enterrada. Paco Roca y Rodrigo Terrasa no solo han creado una novela gráfica de gran valor artístico: han construido también un homenaje a las víctimas y a quienes nunca dejaron de buscarlas.
Y quizá ahí reside su mayor importancia: en recordarnos que, mientras estas historias reales sigan contándose, el olvido nunca podrá imponerse del todo.










